En Pachabamba nos recibieron con cohetes, uno va pensando que lo han invitado a conversar sobre literatura con unos escolares y resulta que lo reciben como si hubiera llegado el presidente de la República, ya quisieran muchos candidatos y autoridades tener ese recibimiento.
La responsable de semejante alboroto cultural fue la profesora Liz Moya Machado, docente del área de Desarrollo Personal Ciudadana y Cívica en la I.E. Alejo Huarauya Palomino de Pachabamba. Esta maestra se caracteriza, aparte de ser una buena maestra en su área, de elaborar y ejecutar proyectos culturales en favor de los estudiantes en los distintos centros educativos donde labora y esta fue la séptima vez. Siete veces, y con gusto la podemos llamar gestora cultural, ya que esta profesora lleva siete ediciones promoviendo la lectura. Eso se llama entusiasmo, terquedad bien empleada y ganas de hacer algo por los muchachos, aunque el mundo parezca empeñado en otras cosas.
Después de la bienvenida llegó el desayuno, un caldo de gallina de esos que te devuelven las ganas de vivir, te reconcilian con la humanidad y te hacen pensar que quizá todavía hay esperanza para este país, porque una cosa es hablar de literatura con el estómago vacío y otra muy distinta hacerlo después de haberle declarado la guerra a una presa de gallina.
Luego empezamos a hablar de libros, escritores y lecturas. Luis Mozombite habló sobre la literatura huanuqueña; Andrés explicó, con versos poéticos, la importancia de leer; Jorge Cabanillas nos llevó por los caminos de la fantasía y Luis Serrano Anticona habló de mitos y leyendas; cada uno puso lo suyo, como esos músicos que llegan con instrumentos diferentes, pero terminan tocando para el mismo público.
Mi persona habló sobre mi experiencia con la lectura. les conté mis cosas, les metí mi floro y traté de convencer a los muchachos de que leer no es un castigo inventado por los profesores para arruinarles la vida, que los libros sirven para viajar sin moverse, conocer gente sin pedirle permiso, vivir aventuras sin terminar en la comisaría y descubrir que el mundo es bastante más grande que la pantalla del celular.
Los muchachos se reían y eso me gustó, porque cuando uno habla ante los jóvenes y consigue que se rían, ya has logrado algo: por lo menos no están contando los minutos para que termine el discurso.
También hubo un concurso de declamación, con estudiantes de primaria y secundaria. Allí los protagonistas fueron los muchachos que se pararon delante del público para prestarles su voz a los poemas. Eso demuestra que la literatura no está hecha solamente para que los adultos se llenen la boca hablando de cultura; también está para que los jóvenes encuentren sus propias palabras y se atrevan a decirlas.
Al final llegaron los obsequios: ramos de rosas, una canasta de paltas y una caja con frutas de la zona. Nos homenajearon en vida, que es una costumbre que deberíamos practicar más seguido, porque aquí tenemos la manía de esperar a que alguien se muera para descubrir que era importante. Recién entonces aparecen los discursos, las lágrimas y los elogios, en Pachabamba hicieron algo mejor: nos recibieron con cariño cuando todavía podíamos agradecerlo.
Y como si faltara algo, terminamos firmando autógrafos. Uno comienza hablando de libros y acaba estampando su firma como si tuviera una fila de admiradores esperando que les deje constancia de su existencia. Por un momento me pregunté si debía cobrar, pero recordé que todavía no soy premio Nobel y que, además, me habían invitado el desayuno.
La jornada terminó con un buen almuerzo compartido con los docentes de la institución. Comimos, conversamos y nos fuimos con esa satisfacción que no se consigue todos los días, la de haber compartido algo que va más allá de una charla.
Regresamos con rosas, frutas y recuerdos, pero el mejor regalo fue comprobar que todavía hay profesores que se esfuerzan por acercar los libros a los estudiantes, muchachos dispuestos a escuchar y comunidades que celebran la cultura sin necesidad de que venga alguien importante de Lima a decirles cómo hacerlo.
Gracias, profesora Luz Moya, gracias, señor director Ludwin Trinidad, profesores Clodoaldo Espinoza, Ludgardo Céspedes, Ofelia Abal; así como a la profesora Verónica Ricapa quien condujo el programa y sintió que algo de su vida se está enturbiando, a Lissy Trinidad, quien fue la que compró las cosas para comer rico, a Héctor Pacheco quien elaboró unas fotos donde yo parezco Harry Potter; Andrés, ministro; Lucho, galán de cine; Jorge, Adolfo Becquer y Luis Anticona, abogado; gracias también a toda la plana docente y especialmente, gracias Pachabamba.
Las Pampas, 05 de noviembre del 2026









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