El Perú no está ante una elección que entusiasme, sino ante una decisión marcada por el rechazo. Si cerca del 80% de peruanos no votó por ninguno de los candidatos que hoy disputan el poder, la segunda vuelta nace con una legitimidad herida. Más de 8 millones de ausentes y más de 3 millones de votos blancos o viciados no son una anécdota: son una advertencia nacional.
Diario Ahora sostiene que ningún ciudadano debe ser obligado moralmente a escoger entre dos opciones que no lo representan. Votar por miedo, por descarte o por resignación no fortalece la democracia. La debilita, porque convierte el sufragio en un trámite de supervivencia y no en una expresión libre de confianza política.
El sondeo callejero recogido en Huánuco muestra precisamente ese ánimo: desconfianza hacia Keiko Fujimori y Roberto Sánchez, cansancio frente a promesas repetidas y una sensación extendida de que el sistema electoral vuelve a encerrar al ciudadano entre opciones insuficientes.
Viciar el voto no es necesariamente lavarse las manos. Puede ser, en este contexto, una posición política clara: decir que ninguno merece gobernar en nombre de una mayoría que no lo eligió. Cuando el voto válido se concentra entre minorías organizadas y el desencanto queda fuera del cálculo político, el país termina gobernado por liderazgos débiles desde el origen.
La democracia no se salva aceptando cualquier oferta. Se defiende exigiendo mejores candidatos, partidos reales, propuestas serias y respeto por el elector. Si el voto viciado alcanzara niveles suficientes para anular una elección, el mensaje sería contundente: no basta pasar a segunda vuelta; también hay que representar al país.
No se trata de promover el caos ni de desconocer las reglas. Se trata de usar las reglas para expresar un rechazo legítimo. En una democracia madura, el voto blanco, nulo o viciado no debería ser despreciado como error, sino leído como síntoma de una enfermedad política más profunda.
El argumento del “mal menor” ha gobernado demasiadas campañas peruanas. Pero una ciudadanía condenada siempre a escoger al menos malo termina acostumbrándose a la mediocridad. Y un país que normaliza esa renuncia deja de votar por esperanza para votar por espanto.
Por eso, Diario Ahora considera que el voto viciado puede ser una salida democrática, consciente y digna para quienes no encuentran representación en ninguna candidatura. No es una orden ni una consigna; es una reflexión editorial desde el sentir ciudadano que hoy se escucha en las calles de Huánuco y del país.
La pregunta de fondo no es solo quién ganará. La pregunta urgente es cuánto tiempo más podrá sostenerse una democracia donde millones votan sin creer, se ausentan por hartazgo o anulan su voto porque nadie los representa. Ese es el verdadero resultado que el poder no debería ignorar.










