El título del libro contiene una palabra clave: propia, es decir suya; esto revela pertenencia, identidad e ímpetu del poeta por Huánuco. Cantos a la propia tierra hace un inventario selectivo e histórico de Huánuco desde sus orígenes hasta la actualidad. Es inevitable, salvando distancias y particularidades, asociar el libro de Samuel Cárdich con el monumental épico-lírico Canto general de Pablo Neruda. El poeta le canta a su tierra apreciada y siempre presente en su vida y su literatura, recurre a la oda para la exaltación y el entusiasmo, la elegía para referirse a lo que fue y solo es hoy memoria histórica y actitud social frente al progreso y el bienestar de Huánuco. La poesía de Cárdich no es solo belleza, artificio lingüístico, puritanismo literario, sino que exuda cuestionamiento, posición crítica y disensión legítima con el statu quo y el establishment. En los versos y estrofas de Cantos a la propia tierra, resplandecen la sinceridad y la claridad de sentimientos y pasiones.
Cárdich es un poeta que apuntala la belleza y, como añadido, la intencionalidad política; poetiza historia, geografía y cultura de Huánuco. En la presentación del libro, Ronald Mondragón advirtió que los poemas podrían agruparse según el tono lírico y la perspectiva poética. Los tres primeros poemas tienen secuencia temporal: asentamiento de hombres anónimos, sin lengua conocida, con deseos de territorio propio cerca de un río generoso, construcción de un templo sagrado y escultura del ídolo real y, finalmente, pueblo y sacerdotes enterrados con montículos de tierra. El Templo de los Brazos Cruzados es “cubículo ceremonial”, “habitación solemne”, “templo hecho sobre el templo más antiguo”, “altar del fuego domeñado”, “obra marchita y rota por el vehemente extravío”, “nave central”. Aparece Tantamayo donde aún sobreviven enhiestas al tiempo y al clima construcciones de laja y barro y Huanucopampa, estratégico centro administrativo del Chinchaysuyo, escenario de la fundación de Huánuco en 1539. En el poema “Testimonio de la piedra (Huánuco pampa)”, las piedras hablan nostálgicas del esplendor y decadencia de la ciudadela inca. “Aquí hubo fiestas apoteósicas, / cuenta la piedra, algazara, cuando el inca arribaba / a su casa remota, a su linaje, y lo esperaba la realeza, / el pueblo raso para darle el pláceme / de verlo apacible y lo llevaba en su anda / hasta la cima del ushnu / para que hable del imperio intacto”. Susupillo es “rascacielos del modo antiguo, rival acérrimo del tiempo”, “construcción ancestral hecha por obreros incógnitos”, “cortavientos de la eternidad”. El yo lirico le dice: “… me exalta tu traza portentosa, / tu desafío de piedra y de barro que no descansa / en su afán de seguir de pie, / para probar que la eternidad existe”. “Garu” (“casas de lajas y de barro / sentadas de modo disperso en las lomadas”) y “Huanacaure” (“Apu Huanacaure, divinidad que conservas / indemne la memoria tangible, tras siglos / de haber albergado en tus faldas / a una población anónima que desapareció sin noticia,”) completan la colección de centros arqueológicos prehispánicos.
En los poemas de la geografía natural, se distingue el objeto directo de poetización, el discurso de admiración, cuestionamiento a la indiferencia y apelación a la literatura oral. Yerupajá es la “montaña helada y magnífica”, “maravilla colocada en lo alto”, “tea luminosa”; en “Lauricocha” se mezcla la versión del poeta y la leyenda. “Laguna hecha de infortunio y trágico amor, / virgen intocada por dos guerreros que la desearon / con locura y fue transformada / por su padre en laguna azul para rescatarla del amante / salvaje que moría por hacerla suya”. “La bella que duerme” es la bella durmiente de Tingo María. “Ella duerme esperando el beso / que la despierte del sueño de siglos / que la aqueja y entreteje su silencio montuno, / su sueño sin horario: eterno e inmutable”. “Shanay timpishka (río que hierve)”, “hijo legítimo del sol, río sin volcán”, “río libertino, ardiente, que no tienes el trino de un ave”, “juego de la naturaleza, agua de fuego que no se enfría”. “El cóndor pasa” (“manojo sonoro e ilustre que en sus notas se halla / el cóndor y su altura, su apego a la soledad / y su ansiedad de pájaro indómito / que reta a diario el vacío desmesurado, y lo humilla”), “Casa de primavera” (“Fue mi ciudad la que capturó la primavera, / la ató férreamente en sus confines”) y “Huánuco” (“Tú que maduras la primavera en el corazón de los amantes (…) has decidido para siempre / ser un valle apacible, una comarca / donde la ilusión florece y has vuelto tu territorio / un oasis de música y silencio”) son cantos a la tierra del poeta, a quien le tributa versos de admiración y gratitud. En la sexta estrofa de este último texto, el poeta escribe cuestionando sobre la situación de Huánuco: “Sospecho que la lluvia que moja tus calles / y tus plazas, la tierra de tus campos, / caen también para deplorar tu continuo desamparo”. “Aguardiente” (“Fue un puñado de dueños de la tierra / mansa, de los campos de cultivo, / los que crearon el retardo, los que cerraron / en el campo las puertas del cambio / y truncaron el paso a la actualidad”) y “Exilio al porvenir” (“Cuando se disipe la noche de los años rotos, / yo te auguro la bonanza, tierra mía, / te auguro el cambio, no la urbe tumultuosa / sino la ciudad de la paz y la concordia”) es donde mejor se visibilizan la crítica social y cultural y las oportunidades históricas de Huánuco. “En danza del ande”, “los danzantes ciegos guiados por el lazarillo de la voz / de la música, por las cuerdas transidas / del arpa y el violín que expresan con locuacidad / el silencio del amanecer, / la heroica soledad de las alturas”. El shogpe es el “momento de la revelación”, “tradición del sortilegio”, “sanación del alma o del pecho herido”. “Quena”, “instrumento que apenas toca la boca”, “de la pena y de la queja”, “aerófono humilde”. “Aves y orquídeas (Monte potrero)”, “lugar donde uno se halla / en el corazón inquieto del asombro, / tan rodeado de cantos y de orquídeas, / que no se sabe por cuál escalera / subir al cielo de la gracia para intentar tocar / con el tacto de la mano ávida / o con los dedos del oído, el hechizo”.
Huánuco es la “casa de la primavera”, estación prodigiosa que “se pasea por las calles, pinta con hechizo las flores de setiembre y pone la melodía en la voz matinal de los gorriones” (“Casa de primavera”). En Cantos a la propia tierra, Samuel Cárdich se despoja del sujeto lírico intimista, del entorno y los vínculos familiares, del erotismo insinuante, de los versos ambientalistas y retratos de artistas, de la introspección existencial y espiritual, sin ignorar que el poeta es un ciudadano político e irreverente. La poesía de Samuel Cárdich tiene un amplio y variado registro temático, tonal y estilístico. Hora de silencio y Memoria del dolor son elegías que revelan intenso dolor y sufrimiento personal por la ausencia definitiva de la tía y la esposa. Blanco de hospital es autobiografía y profunda reflexión sobre la condición humana en una sociedad donde se cosifica la enfermedad y la dignidad del paciente, mientras que Heredar la Tierra es la defensa del medio ambiente. Huánuco brinca, como un chiuchi feliz, con los versos de Samuel Cárdich, su poeta.








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