¿Es históricamente correcto afirmar que Huánuco “cumple años” cada 15 de agosto? El 15 de agosto de 1539 no nació Huánuco. Lo que ocurrió fue la fundación española de una ciudad dentro de un territorio que poseía una historia milenaria, sociedades organizadas, culturas, autoridades, caminos, centros administrativos y formas propias de ocupación territorial desde los tiempos ancestrales del hombre de Lauricocha. El 15 de agosto no puede ni debe interpretarse como el inicio de la existencia de Huánuco, por cuanto la presencia humana, política y cultural de Huánuco se pierde en la oscuridad de los tiempos.
¿QUIÉN FUNDÓ HUÁNUCO?
Los españoles no llegaron a un territorio vacío. Llegaron a un espacio con historia, ocupado en el valle del Huallaga por los chupachos y, en las fuentes del Marañón, por los guanucos, huacrachucos y otros pueblos que se incorporaron a los territorios del Tahuantinsuyo. Encontraron en la parte occidental la ciudadela incaica de Huánuco Pampa, uno de los más importantes centros administrativos incas del Chinchaysuyo; Tantamayo, Piruru, Susupillo, Garu, etc. Y en la parte oriental hallaron Kotosh, Shillacoto, Wairajirca, Huanacaure, etc. Entendamos que la civilización no llegó con los españoles.
Cuando hablamos de la fundación española, debe diferenciarse entre la región Huánuco, como espacio histórico, geográfico y cultural mucho más antiguo y extenso, y la ciudad española de Huánuco, establecida jurídicamente por los conquistadores. Por ello, decir simplemente “Fundación de Huánuco” puede generar la falsa impresión de que el territorio, la sociedad y la historia huanuqueña comenzaron en 1539, cuando lo correcto es hablar de la “fundación española de la ciudad de Huánuco”.
¿Qué conmemoramos exactamente el 15 de agosto: la fundación española realizada en Huánuco Viejo o el nacimiento de la actual ciudad asentada en el valle del Pilco? La historiografía tiene claramente establecido que la primera fundación española ocurrió el 15 de agosto de 1539 en Huánuco Viejo, a cargo de Gómez de Alvarado, por encargo de Francisco Pizarro. El segundo momento es la traslación de la ciudad al valle del Pilco, a cargo de Pedro Barroso; y el tercer momento es la refundación de la ciudad de Huánuco, a cargo del capitán Pedro de Puelles, por orden de Vaca de Castro. Estos tres momentos tienen como causa común la férrea resistencia andina del indomable Illatupac.
Según el Derecho indiano, la fundación española de una ciudad era un acto jurídico-político de constitución e implantación de una comunidad urbana. En ese sentido, la fundación española de Huánuco no creó Huánuco como realidad histórica; constituyó jurídicamente una ciudad española e incorporó su espacio al nuevo orden de España. Entonces, fundar jurídicamente la ciudad de Huánuco no fue equivalente a crear una sociedad desde cero. Ciertamente, la fundación significó instaurar cabildo, autoridades españolas, plaza, iglesia, solares, etc.; pero ese sistema colonial se estableció sobre la base de una sociedad huanuqueña ya preexistente.
¿CELEBRAR O CONMEMORAR?
Existe un desequilibrio de la memoria histórica cuando se celebra la fundación española sin reconocer las raíces originarias. Celebrar supone festejar y exaltar una valoración positiva; en cambio, conmemorar significa recordar colectivamente un acontecimiento significativo. Bajo ese contexto, la fundación española de la ciudad de Huánuco debe ser conmemorada, pero no glorificada ni celebrada. Gómez de Alvarado no fundó la historia de Huánuco; protagonizó la fundación española de una ciudad en un territorio que ya tenía historia.
Ahora bien, ¿es coherente celebrar jubilosamente la instauración del dominio colonial español y, posteriormente, celebrar con el mismo sentido patriótico la independencia que puso fin a ese dominio? Hay una abierta contradicción conceptual cuando ambos acontecimientos se presentan acríticamente como fiestas. Definitivamente, existe un doble discurso cuando, al mismo tiempo, se exalta la conquista y la fundación española como una gran hazaña y se invisibiliza a los indígenas y sectores populares que participaron en las luchas emancipadoras.
Entonces nos preguntamos: ¿se debe festejar con el mismo ímpetu la fundación española de la ciudad de Huánuco y luego festejar la liberación de la dominación española? Dejémonos de hipocresías. Siendo coherentes, se debe simplemente conmemorar la fundación española de la ciudad de Huánuco porque forma parte de nuestra historia; pero lo que sí debemos celebrar y festejar es la independencia, porque representa nuestra soberanía y la fundación de la República. No perdamos de vista que cada acontecimiento tiene un significado histórico diferente.
UNA MEMORIA HISTÓRICA DESIGUAL
No debemos sustituir una memoria excluyente por otra. Huánuco tiene un pasado indígena, una herencia hispánica y una identidad republicana. Los tres forman parte de nuestra historia, pero en el discurso oficial no tienen la misma valoración. Son los nombres de los conquistadores los que aparecen en las calles, monumentos y ceremonias, mientras los protagonistas indígenas y populares, como Illatupac, Mariano Silvestre, Vicente Estacio o José Contreras, no reciben el mismo reconocimiento. Una memoria histórica democrática debiera ser igual para todos aquellos que participaron en la construcción histórica de Huánuco.
Después de la conquista surgió progresivamente una sociedad diferente. Hubo conquista, resistencia, imposición, dominación, negociación, convivencia, apropiación, mestizaje y transformación cultural. En la trayectoria histórica de Huánuco hay tres grandes procesos: el Huánuco prehispánico, el establecimiento español y la construcción de una sociedad huanuqueña mestiza. El rostro contemporáneo de Huánuco no es exclusivamente indígena ni exclusivamente español. Es producto histórico de una larga, conflictiva y creadora interacción.
HUÁNUCO MESTIZO
Una voz del Huánuco mestizo que escribe a España es aquella “Epístola de Amarilis a Belardo”, como expresión simbólica de la nueva realidad cultural. España trajo su lengua y su tradición literaria, pero Huánuco no permaneció como simple receptora. La “Epístola de Amarilis a Belardo” es una misiva del Perú mestizo hacia la España del Siglo de Oro. Pero ese otro rostro cultural mestizo se expresa mejor en la tradicional danza de “Los Negritos de Huánuco”, que permite mostrar que la identidad regional no procede únicamente de dos componentes —indígena y español—, sino también del componente africano y afroperuano.
En medio de los encuentros y desencuentros de las sociedades, debemos reconocer que el pasado indígena no exige renegar de España; pero reconocer el legado hispánico tampoco significa glorificar la conquista. No necesitamos elegir entre ser herederos de los Andes o herederos de España. Somos históricamente herederos de ambos mundos y de las múltiples poblaciones que participaron en su transformación cultural. Como diría mi maestro José Varallanos, somos cholos.
El 15 de agosto debería dejar de ser únicamente la fiesta de la hispanidad para convertirse en una jornada de memoria histórica de todos los huanuqueños. En lugar de una ceremonia centrada exclusivamente en Gómez de Alvarado, cada 15 de agosto debería recordarse las sociedades originarias; Huánuco Pampa y el período incaico; la conquista; la fundación española de 1539; las resistencias indígenas; el traslado y la refundación de la ciudad; el desarrollo de la sociedad colonial; los aportes indígenas, hispánicos, africanos y mestizos; la Revolución de Huánuco de 1812; la Independencia; y la construcción del Huánuco republicano.
El 15 de agosto de 1539 comenzó el capítulo europeo de nuestra historia milenaria. Lo que corresponde conmemorar es la fundación española de la ciudad, pero no el nacimiento histórico de Huánuco. La fundación española debe ocupar el lugar que legítimamente le corresponde en nuestra memoria, pero no como el punto cero de nuestra historia. Es un acontecimiento que debe ser recordado con sus luces y sombras, reconociendo el mundo andino que la precedió, las profundas transformaciones producidas por la conquista y la sociedad mestiza que surgió posteriormente. Conmemorar la fundación española con sentido crítico no divide nuestra identidad: nos permite comprenderla en toda su complejidad.









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