Bajo el título de “La primera campana que vibró en Huánuco anunciando la proclamación de la Independencia fue la del templo de San Sebastián, obsequiada al Señor de la Ascensión por el párroco don Manuel de Ayala el 10 de agosto de 1790”, publicado en 1934 en la revista Alas, editada por el Colegio Nacional Leoncio Prado, el abogado e historiador huanuqueño Ezequiel S. Ayllón rescata uno de los episodios más simbólicos de la historia regional: el primer repique de la campana del templo de San Sebastián, cuyo sonido anunció al pueblo de Huánuco la jura y proclamación de la Independencia del Perú, realizada en Lima el 28 de julio de 1821 y celebrada en Huánuco el 6 de agosto de dicho año.
La Iglesia de San Sebastián, conocida antiguamente con las advocaciones de San Pedro Nolasco y, posteriormente, de la Virgen del Tránsito, es uno de los templos más antiguos y emblemáticos de la ciudad de Huánuco. Diversas referencias históricas señalan que su construcción se remonta a 1702. Entre los bienes patrimoniales más importantes que conserva destaca la campana donada el 10 de agosto de 1790 al Señor de la Ascensión por el párroco don Manuel de Ayala, hermano del cura José de Ayala, uno de los protagonistas de la revolución huanuqueña de 1812 en Huamalíes. De acuerdo con Ezequiel S. Ayllón, esta campana adquirió un profundo significado histórico porque, según la tradición local, fue la primera en repicar para anunciar al pueblo de Huánuco el nacimiento de la República.
Ayllón relata que la trascendental noticia de la proclamación de la independencia del Perú, realizada por San Martín en Lima, fue llevada a Huánuco por los hermanos Fermín y Alejo Estacio, naturales del pueblo de Marías, entonces perteneciente a la provincia de Huamalíes, departamento de Huaylas. Según el autor, ambos patriotas habían presenciado personalmente las ceremonias con las que se declaró la independencia de la Corona española y, de regreso a su tierra natal, arribaron a Huánuco portando una carta del abogado huanuqueño Manuel Antonio Valdizán, dirigida al primer alcalde de Huánuco, Eduardo Lúcar y Torre, mediante la cual se le comunicaba oficialmente que el Perú había proclamado su independencia.
Antes de convertirse en los portadores de la noticia de la independencia del Perú, los hermanos Fermín y Alejo Estacio pertenecían a una familia vinculada con la historia de la emancipación peruana. Según cuenta Ayllón, el hermano mayor, Vicente Estacio, alcalde del pueblo de Marías, fue uno de los más decididos colaboradores de la Revolución de Huánuco de 1812. Estacio respaldó activamente el movimiento revolucionario encabezado por Juan José Crespo y Castillo, actuando en coordinación con los sacerdotes José de Ayala, cura de Chupán, y Tomás Narvarte, cura de Baños, así como con el alcalde de Chuquis, José Atanacio.
Según fuentes documentales, el 7 de marzo de 1812, Vicente Estacio dirigió la resistencia patriota en el combate librado en Marías contra las fuerzas realistas comandadas por el mayor de milicias Miguel Irazoque, enfrentamiento que culminó con numerosos muertos y heridos, el saqueo de Marías y Baños, y la captura de los sacerdotes Ayala y Narvarte, quienes posteriormente fueron condenados por la Real Audiencia de Lima a diez años de presidio. Perseguido por las autoridades españolas, Vicente Estacio logró escapar junto con José Atanacio.
La participación de la familia Estacio en la independencia del Perú no se limitó a los patriotas Vicente, Fermín y Alejo Estacio. Entre sus integrantes destacó también doña Manuela Estacio, distinguida dama huanuqueña que, según refiere Ezequiel S. Ayllón, desempeñó un papel de singular importancia en la causa emancipadora. Durante la permanencia del general José de San Martín en Lima, asumió la delicada y riesgosa misión de servir como enlace entre los patriotas de la sierra central y el Cuartel General del Ejército Libertador, trasladando comunicaciones cuya confidencialidad era esencial para el éxito del movimiento independentista.
Ayllón señala que, en varias oportunidades, Manuela Estacio estuvo a punto de ser descubierta por las autoridades realistas, exponiendo su vida a un destino semejante al del mártir José Olaya, quien fue ejecutado por mantener las comunicaciones secretas entre los patriotas y las fuerzas libertadoras. En reconocimiento a su extraordinario patriotismo, el general San Martín la declaró Benemérita de la Patria en grado heroico y le concedió una banda bicolor, distinción reservada para un selecto grupo de mujeres que se distinguieron por su valor, lealtad y sacrificio al servicio de la independencia del Perú.
Para sustentar su relato sobre el primer repique de la campana de San Sebastián, Ayllón afirma haber conservado en su poder un oficio fechado el 7 de agosto de 1821, suscrito por el cura del templo, Manuel de Herrera, dirigido al primer alcalde de Huánuco, Eduardo Lúcar. En el oficio, el sacerdote informa que el responsable del alboroto ocurrido el día anterior en el barrio de San Sebastián no fue el anciano sacristán Cristóbal Telechea, quien se encontraba enfermo, sino el patriota Fermín Estacio, quien, tras arribar de Lima, ingresó al campanario por un acceso lateral de la iglesia y, sin autorización, hizo repicar con fuerza la campana del Señor de la Ascensión.
Mientras la campana resonaba por toda la ciudad, Fermín Estacio proclamaba con entusiasmo: «¡Viva la Patria!», mostraba la carta que comunicaba la jura de la independencia y difundía entre los vecinos las noticias del triunfo de la causa libertadora encabezada por el general San Martín. El repique congregó a los habitantes del barrio y a numerosos transeúntes, convirtiéndose, según la tradición recogida por Ayllón, en el primer anuncio público de la independencia del Perú en Huánuco.
El oficio del cura Manuel de Herrera a Lúcar también revela un episodio cargado de simbolismo. Cuando intentaron hacerlo descender del campanario, Fermín Estacio se negó, afirmando que «la campana era del Señor de la Ascensión, no del sacristán», expresión que refleja la convicción con la que asumía la misión de comunicar a los huanuqueños la llegada de la libertad y el nacimiento de la nueva República.
Más que un simple instrumento litúrgico, la campana de San Sebastián se convirtió en la voz de Huánuco. Su repique no solo convocó a los fieles al culto divino, sino también a los ciudadanos al compromiso con la libertad. Al respecto, Ayllón concluye su crónica señalando lo siguiente: «La histórica campana, que fue la primera en Huánuco que, con su lenguaje de bronce, anunció a los fieles de la Patria la gloriosa efemérides, también se hizo oír en 1812, cuando Huánuco vertió su sangre en Huayopampa, Ambo y Ayancocha, y en 1820, cuando proclamó, solemnemente, en Cabildo Abierto, la Independencia Nacional».
Así como Lima conserva la Plaza Mayor como escenario de la proclamación realizada por San Martín, Huánuco atesora la campana de la Iglesia de San Sebastián como uno de los testimonios materiales más representativos de la llegada de la independencia a la ciudad. La crónica de Ezequiel S. Ayllón, decano fundador del Colegio de Abogados de Huánuco y amigo personal de Enrique López Albújar, no solo rescata un episodio olvidado de la memoria colectiva, sino que reivindica el papel desempeñado por Huánuco y por sus patriotas en el proceso emancipador peruano. La historia de aquella campana demuestra que la independencia no fue únicamente una obra gestada en Lima, sino una construcción colectiva en la que las provincias también hicieron oír su voz.







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