A 487 años de su fundación, el aniversario vuelve a dejar una pregunta incómoda: ¿quién responde por el desorden, los cobros y la falta de transparencia?
Huánuco cumplió 487 años y, otra vez, la celebración terminó dejando un sabor amargo. Una ciudad con historia, identidad y orgullo no merece que su fecha central se convierta en sinónimo de calles tomadas, comercio informal, desorden y dudas sobre el manejo económico de las actividades. El aniversario debería mostrarnos en nuestra mejor versión. Esta vez, lamentablemente, también dejó al descubierto viejos problemas que parecen haberse normalizado.
Desde Diario Ahora creemos que celebrar a Huánuco significa respetarla. Y respetarla comienza por ordenar la casa. Resulta difícil aceptar que los comerciantes informales vuelvan a ocupar calles y espacios públicos ante la aparente permisividad de quienes deberían garantizar orden. Más preocupante aún es que algunos de estos comerciantes hayan señalado que realizaron pagos para instalarse. Si hubo cobros, corresponde conocer quién los autorizó, cuánto se recaudó, bajo qué concepto y, sobre todo, adónde fue ese dinero.
La transparencia no puede aparecer solamente cuando alguien pregunta. Durante tres años consecutivos persisten cuestionamientos sobre cuánto ingresa y cuánto se gasta durante las festividades por el aniversario. Este año las dudas son todavía mayores. Se incrementó el precio de los stands y también se cobró por ingresar a actividades realizadas en el estadio. Para el 14 de agosto, según la información proporcionada, la entrada pasó de 30 a 50 soles.
Cobrar no es, por sí mismo, el problema. Una celebración demanda organización y recursos. El problema comienza cuando el ciudadano paga y después no encuentra una explicación clara, sencilla y pública sobre lo recaudado. Cada sol relacionado con una actividad organizada alrededor del aniversario debe poder seguirse desde su ingreso hasta su destino final. Esa debería ser una regla elemental, no una concesión de la autoridad de turno.
También preocupa el estado en que quedó el estadio. Durante las actividades se vendió cerveza y el gramado no habría recibido la protección adecuada. El resultado descrito es un campo deteriorado y espacios con basura. Si un escenario público termina afectado después de una festividad promovida o permitida por las autoridades, la celebración deja de ser únicamente fiesta: empieza a generar costos que finalmente pueden terminar asumiendo todos.
Y aquí aparece una responsabilidad política imposible de esquivar. Este es el último año de la gestión del alcalde Antonio Jara. Precisamente por ello, la Municipalidad de Huánuco tendría una oportunidad para cerrar su administración mostrando cuentas claras sobre estas festividades. No bastan fotografías, conciertos, escenarios llenos o discursos sobre el orgullo huanuqueño. También se gobierna explicando cuánto se cobró, cuánto se gastó, quién recibió los pagos y en qué condiciones quedaron los bienes públicos utilizados.
Terminada la música, desmontados los escenarios y apagadas las luces, queda una pregunta que la Municipalidad no debería dejar sin respuesta: ¿cuánto dejó realmente este aniversario, cuánto costó y quién rendirá cuentas por ello?










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