Como dice aquel popular meme de las redes sociales, no esperaba nada de ustedes y aun así consiguieron decepcionarme. Así es, estimado y culto lector, hemos llegado a los 100 primeros días del gobierno de la presidente Keiko Sofia Fujimori Higuchi. Con más pena que gloria y un toque de vergüenza, llegamos hasta aquí con un total de 0 decretos de urgencia por el fenómeno del Niño, en materia de seguridad y haciendo uso de lo único que le salió en 20 años, que fue el mero parlamentarismo, para tratar de sacar adelante unas facultades que, para varias, saben y parece que servirán de poco o nada para el país. En resumidas cuentas, 100 días de nada, pues.
Y es que casi 20 años haciéndonos la vida imposible a todos los peruanos saben a poco, cuando tu único y real mérito político ha sido ser la hija de Alberto Fujimori, un dictador que, para bien y mucho más para mal, llegó a transformar los cimientos de la política peruana. Con todo su neoliberalismo autoritario y corrupto, Alberto tenía un carácter que su retoña no muestra ni de asomo. Ni siquiera rodeada de las fuerzas armadas e impostando la voz como la mala del salón, es capaz de dar un toque de autoridad o miedo, sumado al último y triste viaje a El Salvador, en donde Nayib Bukele tuvo que decirle que su intención de replicar su modelo de seguridad era una tomadura de pelo.
Hacer que la mismísima Dina Boluarte suene como una especie de estadista al lado de Keiko nos habla del gran fracaso de una mujer que a los primeros días de su gestión estaba más preocupada en impulsar una carrera de influencer que hasta la fecha hace agua igual que sus índices de popularidad. Tanta será la frivolidad de esta señora que funge de presidenta de la república, que uno de sus primeros escándalos fue la cercanía que tuvo con el empresario argentino Damián Valenzuela en un conocido sauna de la capital, el mismo que tenía antecedentes por estafador y que apareció en una portada del semanario Hildebrand en sus Trece, hecho que incluso llegó a una demanda mamarrachera de la que ya nadie se acuerda.
Eso sí, para empezar nuestra agonía y meternos de lleno a estos 100 días, deberíamos decir que las designaciones de ministros son, desde el gobierno de Castillo, uno de los puntos más débiles que va teniendo esta gestión. Desde burbujito Beingolea a Cultura hasta la mucama de la embajada de los Estados Unidos, Carlos Espa a Relaciones Exteriores, cosas como la idoneidad y el carácter salieron disparados por la ventana ni bien el fujimorismo puso un pie en palacio de gobierno. Es más, fuera de detalles curiosos, de los 19 ministros designados por este gobierno, 15 cuentan con investigaciones pendientes por delitos de corrupción. Como era de esperarse, los diarios sobones, perdón, oficialistas como Perú 21 o Expreso, no han pedido salidas y mucho menos han hecho alguna crítica relativamente agresiva.
El mismo premier Luis Galarreta, para sorpresa de nadie, estuvo bajo sospechas de estar involucrado en delitos como lavado de activos u organización criminal en el mismo tiempo que el actual partido de gobierno era sindicado por la justicia. Una justicia de la que se han servido cooptando instituciones como la fiscalía de la nación y el tribunal constitucional de alfiles que los protegen y les dan la razón a cada delirio que escupen desde sus asientos parlamentarios. Y bueno, nunca es un mal momento para mandar un saludo a la diáspora peruana en el extranjero para que venga a nuestro país a disfrutar lo votado; por último, no creo que extrañen demasiado el estado de bienestar que los ha acogido. Estoy seguro, por supuesto, de que nos harán una visita tarde o temprano. Desde ya, los brazos abiertos para ellos.
No creo ser exageradamente negativo al decir que se ha hecho poco o nada, ya que, según algunas encuestas, por lo menos un 21 por ciento de la población refiere que existe esa percepción o incluso, siendo extremadamente generosos, una lentitud a la hora de ejecutar políticas públicas. Imagínense, estar fregando 20 años la paciencia para mostrar este nivel de ineptitud. Una parte de mí me dice que la misma Keiko jamás quiso realmente la presidencia, sino que su aspiración siempre fue jugar a la política de las sombras desde el parlamento. Ya saben, mover los hilos, culpar al gobierno de turno y no asumir ninguna consecuencia o responsabilidad por sus actos. Ahora, aprovechando la oleada derechista en América Latina, logro llegar a palacio y, como toda principiante que de por sí no tenía ningún plan para el país, improvisa y avanza como mejor o peor puede entre la realidad que significa gobernar un país tan diverso y problemático como es el Perú.
Ustedes recuerdan ese eslogan que siempre repitió su campaña electoral. Eso de "vuelve el orden". Pues no solamente no ha vuelto el orden, sino que se ha incrementado el desorden y las cifras de inseguridad y asesinatos. Según la encuestadora Datum, en estos primeros 100 días, un 68 por ciento asegura que no hay un trabajo claro en favor de la seguridad, frente a un 3 por ciento que señala lo contrario. Viendo los números en rojo, durante el primer trimestre de 2026 se superaron los 194.747 delitos registrados a nivel nacional según el Sistema de Denuncias Policiales (Sidpol). El país supera una tasa de 10,7 homicidios por cada 100.000 habitantes, cifra que excede el umbral considerado como epidemia. Se han reportado miles de denuncias por secuestro y atentados por extorsión y el número de menores de edad internados en centros juveniles por delitos graves o tenencia de armas se ha duplicado en los últimos cuatro años. Una maravilla por donde se lo mire.
Súmenle a eso el tiempo perdido que no se usó y que parece no querer usarse para enfrentar la crisis climática que se nos viene con el fenómeno del Niño y por el cual no se ha pedido absolutamente ningún decreto de urgencia. Más bien, se han entrampado en esta jugarreta parlamentaria con el pedido de facultades legislativas, infiltradas de paquetazos y pagos de favores a grandes empresas, las mismas que se han batallado en las cámaras de diputados y senadores y que han logrado dejar caer algunas máscaras como la del partido Obras de Ricardo Belmont. Quién hubiera pensado que el hombre que casi llega a enfrentarse al fujimorismo terminaría sus días dándole la razón al insulto con el que muchos lo trataron desde la fundación de RBC, el de un vil y rastrero estafador. Y qué decir del Buen Gobierno con la salida del impresentable de Gavidia y la renuncia de voceros importantes de Ahora Nación. Al parecer, la única oposición fuerte hasta este momento es la de JP, mal que le pese a muchos.
Por último, fuera de las rivalidades o desacuerdos políticos, uno sinceramente hubiera esperado que, en cuestiones que hubieran significado la mejoría y protección de la vida de los peruanos, las cosas se hubieran tomado más seriamente. Pero no, como dio a entender el diputado por Cusco de Ahora Nación, Cesar Holguin, en una entrevista el pasado lunes con Cesar Hildebrandt, señalo el carácter implícito del fujimorismo es el de beneficiar a unos cuantos amigotes, aun cuando eso signifique que miles de peruanos se vean perjudicados. Eso sí, no me cabe la menor duda de que muchas de estas cuestiones serán usadas en algún momento como excusa para justificar un giro autoritario en el gobierno. Cerrar la Cámara de Diputados parece ser uno de los objetivos a mediano y largo plazo y será un buen momento para volver a nuestros orígenes, o sea, a las calles.









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