El área de Comunicación, según el Currículo Nacional del Ministerio de Educación, tiene tres competencias: Se comunica oralmente en su lengua materna; lee diversos tipos de textos escritos en lengua materna y escribe diversos tipos de textos en lengua materna. En esta conmovedora y fascinante muestra antológica de Nereida Apaza Mamani, junto con su curador, Miguel López, han elegido el mejor de los títulos: Lengua materna.
De entrada, es inevitable comparar Lengua materna, con el calostro, aquella iniciación de un recién nacido con sus vínculos afectivos y herencia materna. Nereida Apaza, suma a este comienzo al padre, quien, desde la docencia y la música, aportó en su imaginería, una parte, que bien pudo haber sido concebida desde la maternidad. Esta antológica, es entonces desde esta concepción, un relato de la andinidad de Nereida, donde padre y madre se funden en el ejercicio de Lengua materna. La artista, refuerza ello dedicando la exposición a: Edgar Teodoro Apaza Flores, su padre y en un despliegue materno, también a Sebastian Chuquimia Apaza, su hijo.

Nereida Apaza tocando sikuri en la sala ICPNA (Fotografía: Raúl Chuquimia).
Desde este carácter, la obra de Nereida, con este gesto, le da otro sentido al debate patriarcal. Ella a diferencia y oposición de la maternidad arguediana, vislumbra otra cara en este discurso. Se puede entender que, esa relación paterno-materna traspasa el ámbito personal para perderse en lo social, en la épica cultural andina. Entonces: Lenga materna, no es solamente su iniciación como hija, sino, es la recuperación de un camino ancestral, donde ella es una transmisora, heredera, a quien le toca contar esa historia con la suya, siendo madre. Con aciertos y yerros, Nereida, suma, construye y sana con su voz y gramática el camino de un país con heridas abiertas desde antiguo.
Cuando conocí a Nereida y Raúl, ellos, siempre que podían llegar a Lima, se alojaban en casa de Julia Codesido; entonces para mí, “Codesido” más que apellido, sonaba a nombre. Esa relación, considerando los sucesos actuales, nunca fueron fortuitos. Hoy día, escucho Nereida junto a Codesido.

Nereida Apaza y Miguel López, artista y curador (Fotografía: Raúl Chuquimia).
El color de los ojos de Nereida, son como como los charcos luego de la lluvia, reflejan en ellos, entre poesía y lágrima, el mundo que la envuelve. Hay mucho menoscabo en cómo se pregunta sobre su obra, ¿una artista de Arequipa con orígenes de Puno? como si dijeran que desde esos orígenes no puede darse una propuesta poderosa. Tal vez, como mujer y arequipeña, sea de las pocas con cobertura en Lima, pero su obra, es digna de colgarse en cualquier esfera.
Nereida no es un nombre reciente en la escena nacional, tiene merecidos premios en su haber, por eso sorprende el asombro con que se la mira, justificando una miopía frecuente en la escena capitalina. Esta muestra antológica, en un espacio emblemático de la escena centralista es más que merecido. Si bien el mercado del arte tiene sus “reglas”, que el 90% de las obras en exposición le pertenezcan, habla mal del ojo de los coleccionistas. Esta antológica vuelve a poner sobre el horizonte nacional esa incómoda pregunta: arte y mercado.

Raúl, Nereida y Sebastian Chuquimia Apaza (Fotografía: cortesía Raúl Ch.).
La obra “herida colonial”, una pared de sillar pintada a la acuarela, técnica tradicional arequipeña, se presentó en la cancillería bajo la curaduría de Manuel Munive con el título: ”Qhipnayr uñtasis sarnaqapxañani (Caminar con el futuro detrás y el pasado adelante).” Aquella individual, estuvo hermosamente planteada, con cada objeto montado con delicadeza y solemnidad donde el enorme sillar es vandalizado con la pregunta: ¿De qué lugar de Puno eres?
Nereida no ha construido esta obra a espaldas del mundo provinciano, menos pensando en la vitrina capitalina, sus objetos son el meditado y equilibrado encuentro entre su vivencia arequipeña, el compartir con su madre y padre y su cercanía a los procesos de sus congéneres en las provincias, así como sus viajes fuera de la patria.
La visualidad que se encuentra en los espacios de la sala Germán Krüger Espantoso, del ICPNA de Miraflores, es una oportunidad para la mirada capitalina. Escuchar una voz desde fuera de su comodidad, que dice que la historia del arte peruano, no sólo se escribe desde “algo así” como síndrome “Palais Concert”.
Nereida Apaza toma uno de sus cuadernos de su secundaria, con los traumas y anhelos que cada uno simboliza, esta vez con la novedad, que es estudiante y maestra. Suenan los Sikuris, como un ícaro abren y cierran heridas (Pozuzo, julio 2026).








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