Los proyectos de inversión pública tienen que seguir un proceso regular. Una de las fases es la participación ciudadana, sin la cual no se sabría para qué y por qué el Estado gastaría recursos económicos. La opinión de los ciudadanos se tiene que escuchar y tomar en cuenta. Me adhiero a la protesta de los vecinos por el flagrante intento de arboricidio y la depredación ambiental y cultural de la Alameda. Espero que la sensatez y la transparencia del gobernador regional sean las mejores respuestas a la demanda pública. No vivo cerca de La Alameda, pero valoro el respeto del medio ambiente. Defender a capa y espada un territorio soberano de árboles es un deber moral y una responsabilidad social. La Alameda de la República -desde el Jr. Huallayco hasta el malecón Daniel Alomía Robles, en la ribera del río Huallaga, un total de cuatro cuadras, unos 400 metros de vía pavimentada- es un oasis ambiental, un poderoso pulmón natural, un destino de caminata y paseo personal y familiar, en el paisaje urbanístico de una “ciudad moderna” que ha crecido desordenadamente por los cuatro puntos cardinales y por los cerros tutelares de la ciudad. En la crónica “La Alameda”, Virgilio López Calderón escribe que La Alameda fue diseñada como una vía de ornato y límite norte de la ciudad por los fundadores de Huánuco -Pedro Barroso y Pedro Puelles-, cuyo nombre original ha sido Alameda del Patrocinio, que abarca desde las escalinatas de la parroquia del Patrocinio hasta el Pergacho, un tramo tranquilo del curso del Huallaga donde se bañaba la muchachada de entonces. Desde 1821 se le denomina Alameda de la República, mientras que el barrio se llama Patrocinio, donde en enero salen a las calles cofradías de negritos. Hasta aquí la nostalgia y la historia. La Alameda antecede de este a oeste a la empinada cuesta de Puelles que conduce a la capilla del Señor de Puelles. La explanada de Puelles, al igual que mis recuerdos de la infancia, fue sepultada irrecuperablemente por Real Plaza.
La Alameda de la República es de todos, de nadie en particular. El directo responsable, por mandato de la ley de gobiernos locales, del embellecimiento y seguridad de la ciudad con inversión pública es el alcalde, el primer vecino honorable que representa a los ciudadanos, no el gobernador regional, excepto que la “unidad ejecutora -el municipio provincial- haya sido transferida al gobierno regional. Eso no da licencia para talar 206 árboles cuya edad y estatura son astronómicamente superiores a las de las autoridades políticas de turno. La Alameda es un patrimonio cultural e histórico intangible; nadie puede alterar su arquitectura y concepción urbanística y colonial primigenias. Se puede mejorar y hermosearla más, sí, pero no a costa del salvajismo y la testarudez que, equivocadamente, exigen los parámetros de la modernidad y el desarrollo material. El desarrollo debe tomar en cuenta responsablemente la sostenibilidad ambiental y la mitigación de los daños y secuela de la flora, la fauna y la vida de los ciudadanos.
Los ciudadanos huanuqueños -ni tontos ni vivos ni mashcullos- no están -me incluyo- en contra de la inversión pública ni la generación de empleo para los sindicatos ni ganancia de empresas ferreteras, sino del cómo se impone autoritariamente, sin consulta ni exhibición de la maqueta de la remodelación de La Alameda, antes de empezar la ejecución del proyecto. Talar inmisericordemente árboles añosos es una locura, un brutal atentado medioambiental que se debe detener ahora mismo. Existen leyes expresas que protegen el medio ambiente y autoridades que las hacen cumplir. Sacrificar árboles es un imperdonable despropósito en el contexto del cambio climático, el efecto invernadero, el friaje atípico y la contaminación del aire por efectos del desmesurado parque automotriz. La Alameda con sus árboles frondosos, verdosos y viejos regulan el clima y la temperatura de la ciudad, en armonía con el río Huallaga y los vientos consuetudinarios. Las ciudades demandan de espacios saludables, parques y jardines y zonas verdes y recreativas. Esa es la tarea del alcalde. Un bosque y plantas ornamentales en la ciudad es una bendición de los jircas y una oxigenación natural. La Alameda se respeta; los árboles enfilados y firmes, desde hace siglos, no merecen maltrato ni el anuncio de su aniquilamiento. El cemento no da vida, los árboles sí; la fauna también reclama su hábitat silvestre. La modernidad tiene que encajar con la conservación del medio ambiente. ¿El proyecto de marras dispone del Certificado de Inexistencia de Restos Arqueológicos (CIRA) que otorga el Ministerio de Cultura? ¿Cuenta con el aval del municipio provincial? La Alameda no se negocia ni subasta en nombre del mejoramiento de la red de agua y desagüe.
La Alameda siempre ha sido un centro de concentración ciudadana, cultural, comercial e histórico; es un vestigio urbanístico de la colonia. La crónica “Los fresnos” de Virgilio López Calderón está ambientada en la Alameda. Bienvenida sea la inversión pública, pero con responsabilidad ambiental y consideración de la opinión ciudadana. La modernidad no puede enterrar la tradición y los espacios públicos de antaño. Preservar el patrimonio cultural es fortalecer las raíces de la identidad y pertenencia. Ya quisiéramos tener un Parque de la Identidad como en Huancayo o como en Lima la Alameda Chabuca Granda. En mi niñez, los abuelos paternos nos llevaban a los nietos de Cochachinche a Huácar para comprar víveres y, a la vez, comer pan con gaseosa El Carmen. Desde el puente de piedra se contemplaba un interminable callejón flanqueado por gigantescas casuarinas. Hoy ha desaparecido irreversiblemente; el pavimento lo fulminó. Solo faltan seis meses -la transferencia administrativa ya debe haber empezado- para que la gestión del gobernador regional culmine. Es entendible la urgencia de gastar el presupuesto del año fiscal. No se trata de gastar por gastar ni hacer inversión pública sin sustento técnico. Hay que hacer las cosas correctamente, dentro del marco legal y la participación ciudadana. Los proyectos de inversión pública identifican un problema, se hace un estudio de factibilidad, luego viene el expediente técnico socializado, aparece la licitación, se ejecuta la obra y resuelve las necesidades de los ciudadanos. Debe, en esos tramos, gozar de legitimidad y consenso. La ignorancia de las autoridades sobre la memoria histórica de Huánuco es estúpidamente atrevida. A los ilustres huanuqueños -José Varallanos, Esteban Pavletich, Walker Soberón, Javier Pulgar Vidal, Juan Ponce Vidal, Nicolás Vizcaya, Andrés Fernández Garrido y Virgilio López Calderón- ya les daría ganas de emerger de sus sepulcros para jalarles las orejas a las “intonsas autoridades” y encabezar las protestas contra el arboricidio y la depredación de la Alameda de la República. Los que aún estamos vivos tenemos la tarea de protestar y rechazar legítima e históricamente tal atrevimiento y desliz político desde la trinchera que ocupemos.








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