El Apostata
La plazuela de Santo Domingo parecía vivir uno de esos días en que el tiempo se toma un descanso. Los jubilados discutían de política con la misma pasión con la que otros hablan de fútbol, las palomas caminaban con elegancia y los mototaxis seguían haciendo su concierto de bocinas.
Estaba sentado en una banca viendo pasar la vida, que es un oficio que debería enseñarse en la universidad, entonces llegó un muchacho, se sentó a mi lado y me preguntó: Profe ¿a usted le dan miedo los terremotos?
No, respondí enseguida, miré los árboles, la iglesia, a una niña que perseguía una paloma; después le dije: «No, muchacho, miedo no le tengo al terremoto, lo que me asusta es descubrir que en unos segundos no somos nada».
Dicen que hubo un terremoto fuerte. Sí, y cada vez que la tierra se sacude en cualquier rincón del mundo, no solo caen paredes, también se derrumban planes, cumpleaños que nunca llegarán y muchas camas amanecen vacías. Los sobrevivientes preguntan por sus familiares, las madres buscan a sus hijos y eso duele mucho. Imagina a una madre escarbando con las uñas porque debajo de una montaña de concreto está su hijo, imagina a un anciano sentado frente a lo que hace una hora era su casa y ahora es apenas un montón de ladrillos rotos, imagina perros ladrando, personas llamando a quienes jamás volverán a ver y el polvo metiéndose en tu garganta como si la tierra quisiera hacernos sentir su rabia.
El muchacho bajó la mirada, yo también. Entonces recordé una frase que debería estar escrita en todas las plazas del mundo: «Dios perdona siempre, el hombre a veces y la naturaleza nunca perdona», la repetí despacio como quien reza, porque Dios podrá perdonar nuestras soberbias, las personas podrán olvidar algunas heridas, pero la naturaleza lleva la cuenta y cuando cobra no acepta cuotas.
Nos creemos dueños del planeta, talamos árboles como si fueran estorbos y luego sembramos cemento, botamos basura a los ríos, convertimos las quebradas en basureros, le robamos espacio a los árboles para darle estacionamiento a los carros, quemamos cerros, matamos aves y después levantamos las manos al cielo preguntando por qué pasan las desgracias, como si no fuéramos los responsables.
El viento movió las hojas de los ficus de la plaza, por un momento pensé que los árboles nos estaban escuchando, ellos llevan siglos viendo pasar guerras, epidemias, inundaciones, terremotos y generaciones enteras de seres humanos convencidos de que son eternos y, sin embargo, siguen regalando sombra, sin pedir aplausos. Sentí vergüenza, nosotros, que nos creemos inteligentes, todavía no aprendemos a cuidar aquello que nos mantiene vivos. El muchacho se levantó, me dio la mano; «gracias, profe». No, las gracias no eran para mí, eran para la vida, que todavía nos permitía conversar bajo un árbol.
Lo vi alejarse por la plazuela, su figura se fue perdiendo entre la gente, yo permanecí sentado unos minutos más. Entonces imaginé a un niño buscando su pelota entre los escombros y encontrando, en cambio, la zapatilla de su padre; imaginé a una mujer abrazando una fotografía porque ya no le quedaba nadie a quien abrazar, a un viejo sentado sobre una piedra mirando el lugar donde durante cincuenta años preparó el café, imaginé juguetes cubiertos de polvo, una muñeca con un ojo roto esperando a una niña que jamás volvería por ella y sentí un dolor en el pecho, porque los terremotos no solo derriban edificios, también derriban recuerdos, rompen la rutina, parten familias y la tragedia siempre deja huérfanos de una madre, de un padre, de una casa, de una infancia, de una esperanza. Me levanté despacio, antes de irme acaricié el tronco del viejo árbol que daba sombra a la banca, su corteza era áspera, pero seguía viva. Pensé que tal vez aún estamos a tiempo de reconciliarnos con la tierra, de sembrar en lugar de destruir.
Mientras caminaba por las calles de Huánuco comprendí que el verdadero ruido de un terremoto no empieza cuando el suelo tiembla, empieza mucho antes, empieza cada vez que talamos un árbol por comodidad, cada vez que arrojamos basura a un río, cada vez que creemos que la naturaleza está obligada a soportar todos nuestros abusos y cuando decide respondernos no hay nada que lo pare solo queda el silencio, que pesa más que los pecados, ese silencio que, por las noches, sigue temblando dentro del corazón de quienes todavía no hemos vivido ese momento.
Las Pampas, 02 de julio del 2026








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