El viernes 23 de octubre, 7 de la noche, en el municipio provincial, se presentó el reciente libro de poesía de Samuel Cárdich: Cantos a la propia tierra (Ediciones Condorpasa, 2026, 61 págs.); un lleno total, no había asiento ni espacio para algunos asistentes. En la mesa de honor, estuvimos el trinomio perfecto que demanda y envidia cualquier libro: el lector, el poeta y el crítico literario, este escribidor, Samuel Cárdich y Ronald Mondragón, respectivamente. La particularidad de la velada literaria es que leímos, los tres, poemas para deleite de la concurrencia. El poeta huanuqueño cumplió con una deuda pendiente: escribir un libro de poesía donde Huánuco es el eje temático, estilístico y con el tono apropiado. El primer poema “Templo de los brazos cruzados” (no “manos cruzadas”), empieza con un potente estruendo de versos que impacta en el lector: “Cubículo ceremonial que guarda aún los ecos / del rito ignoto, habitación solemne / donde las manos largas del viento o del enigma, / escriben aún los arcanos / de su historia, los hechos copiosos / de la antigua y oscura ciudad enterrada”. El poeta Samuel Cárdich convierte hechos históricos, restos arqueológicos y paisajes naturales en materia prima per se para la creación poética, sin alterar la esencia de la historia. La poesía no distorsiona la realidad ni blinda la verdad, no inventa, la recrea libremente.
Yo escribo lo que pienso y siento, no lo que quisieran escuchar. Ningún libro de poesía, escrito por poeta huanuqueño, sobre Huánuco, es comparable a esta catedral poética: Cantos a la propia tierra. Es su duodécimo libro de poesía. Samuel Cárdich es un poeta profesional cuyos mejores pergaminos son sus libros de poesía, cuentos y novelas. Es desventuradamente irrepetible, único, sin discípulos, pero con legiones de lectores. Un solo poeta, que siga la senda literaria de Samuel, garantizaría otro siglo más de poesía que merezca nuestro tiempo, interés, obsesión y deleite estético. Si enumeramos a los poetas que debemos leer, en estos momentos, los dedos de las manos sobran. Es que escribir poesía requiere más que ser lector y voluntad; demanda mucho talento, dedicación diaria, paciencia de alfarero y otorgarles a las palabras voz, emoción y fuego. El poeta es el digno representante de la ciudadanía artística, la mejor prueba que una sociedad está viva, floreciente, agónica, en crisis, con ansias de deseo, ilusión y felicidad. Sin poetas, la historia es amnesia y silencio, las calles de la ciudad lucirían desamparadas. La poesía es la vida misma. La experiencia sustantiva, las convicciones personales y el afecto sincero son la savia preferida por la poesía. Voy a parafrasear algunos versos de la elegía “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías”, de Federico García Lorca: “Pasarán muchísimos años para que nazca en esta tierra tuya un poeta parecido o mejor que tú, que tenga talento, fertilidad y pasión entera e insobornable por la poesía”. ¿Quién escribe crónicas como Virgilio López Calderón? ¿Después de Andrés Cloud, quién le ha tomado la posta en el cuento? Hay muchos poetas, pero poca poesía, exigua estética literaria.
Huánuco es escenario de las historias literarias más en el cuento y la novela que en la poesía. En el caso de las canciones, que tienen versos poéticos memorables, el registro es mayor. La Epístola a Belardo, escrita en el siglo XVII, tiene 18 silvas, más una estrofa de 11 versos, en total 335 versos heptasílabos y endecasílabos. Si de calidad literaria y relevancia poética se trata, entre la epístola de Amarilis y la publicación de Revelación de Kotosh, poema extenso de unos 400 versos libres, cargado de simbolismo, ideología y coraje, hay un período larguísimo: 343 años. Entre 1621 y 1964, no se ha publicado en Huánuco poesía de significación apreciable ni estética. En 1986, empieza la trayectoria oficial de Samuel Cárdich Ampudia, con la publicación del poemario Hora de silencio, cuando tenía 39 años. Ahí se comprobó que había surgido el más importante poeta de Huánuco de todos los tiempos. ¿Hay un poeta que haya publicado libros de poesía como lo hizo Samuel? Ni en número ni en calidad hay un competidor. Hace 17 años, Andrés Jara publicó el poemario Bajo el mismo cielo, donde la ciudad de Huánuco está implícita y se la infiere por señas y datos geográficos e históricos. “Yo solo sé que quiero / a esta comarca velada por tres montañas, / quiero toda su geografía: / sus estrechos valles, sus ensenadas, / sus campos verdes y sus lomas con pasto y ganado”. Oda a Huánuco (2021), libro de Ronald Mondragón, temáticamente, es muy cercano a Cantos a la propia tierra. El personaje es Huánuco. Sobre el puente Calicanto, escribe: “Semejas, más que un puente, / un barco de piedra / que se convierte en aire / de música, en marea / de poesía, en claro río / de montaña, / en mirador / de corazones / enamorados”. De Huánuco dice: “No he conocido la perfecta primavera / más que en tu cuerpo, Huánuco, de luminosa / geografía: sobre tu río avistado / por los árboles de las orillas, / en el iris celeste de tu cielo, / sobre tus altos cerros, en tu boca de fruta, / en tu horizonte de plata cuando amanece”. La concisión de los versos limita decir algo más. Es un canto de exaltación y gratitud a Huánuco; Ronald Mondragón nació en Piura. Los referentes explícitos, la poesía llega a altos niveles de lirismo y poetización. En la poesía de Graciela Briceño, Huánuco está ausente.
Cantos a la propia tierra de Samuel Cárdich es un homenaje de un hijo predilecto de Huánuco, donde el poeta del legendario Hora de silencio, y de los antologables en cualquier lengua de “El hijo” y “La madre” del libro De claro a oscuro, expresa su valoración de la “propia tierra”. Huánuco ha esperado pacientemente que su poeta mayor, el más notable del siglo XX y de lo que va del XXI, le compusiera 20 cantos henchidos de sinceridad, emoción y reivindicación cultural. En estos versos, se concentran la memoria histórica -que tanto odia la ultraderecha que gobierna el Perú-, sensibilidad social y el oficio experimentado de crear poesía. A estas alturas del currículo literario de Samuel Cárdich, ya no es elogio gratuito ni interesado cuando se comenta un libro suyo. Es lo que corresponde decir con justicia: su poesía es de altísima factura poética, consistencia lingüística, sólida arquitectura literaria, certera representación del referente concreto y trascendencia artística y estética. Cárdich canta a su pueblo, que lo cobija, lo ve vivir y envejecer, que ama tanto como Andrés Jara, a su patria pequeña, al terruño que lo vio nacer, escribir y reproducirse. Como yo, estoy seguro, que Samuel se quedará para siempre en Huánuco. Ha preferido llamar cantos y no poemas a estas composiciones porque quiere que Huánuco escuche atento y jubiloso el cantar afectuoso de su poeta. El canto es poesía audible y popular para el elogio, la tristeza y la grandilocuencia. Esta elección no ha sido casualidad, sino un premeditado plan de escritura, de simbolismo y selección de la realidad y contexto históricos. Para Samuel, el problema ya no es el tema ni el lenguaje poético, sino el tiempo para escribir.









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