Suena mi celular, miro la pantalla: un número desconocido, no contesto. Vuelve a sonar, me doy cuenta que es el mismo número, a la tercera contesto, porque puede ser una buena noticia, una deuda o algún desgraciado que quiere ofrecerme una tarjeta de crédito cuando ni para el menú tienes plata.
«Buenos días, señor, le llamamos de EsSalud». ¡Ave María Purísima! ¡EsSalud! Después de tanto tiempo, me acomodo en la silla, como quien va a recibir una herencia. «Lo llamamos para comunicarle que ya tenemos una cita médica disponible. Es por la cita que usted solicitó hace dos años». Me quedo frío. ¡Dos años!
«Señorita, qué pena tener que darle esta noticia, pero usted está hablando con un muerto».
¿Cómo dice, señor? «¡Que me morí, señorita! Me dio un infarto esperando la cita, ahora estoy en el más allá, conversando con San Pedro, que acaba de revisar mi caso y está más asado que yo».
«Pero, señor, ¿ya no necesita la cita?» ¡No me diga eso! ¿Y para qué cree que la solicité? ¿Para adornar mi sala? Si me hubieran atendido hace dos años, quizá todavía estaría tomando mi caldo de gallina, ahora estoy aquí, esperando que me abran la puerta del cielo.
Y como ya estaba metido en el asunto, hice intervenir a San Pedro, total, para algo tenía que servir el santo. «Oiga, señorita, ¿y para los muertos también hay que sacar cita? Porque aquí tengo una cola que llega hasta la esquina; hay uno que murió esperando una operación y otro que lleva tres años esperando que le entreguen sus resultados. ¡No me vayan a llenar el cielo de pacientes por culpa de su oficina!».
La señorita se queda muda unos segundos. «Señor, disculpe las molestias. ¿Desea que reprograme su cita?» ¡Reprográmela, pues! Pero póngala para antes de mi resurrección.
La llamada se corta, me quedo mirando el celular, pensando en la pobre señorita, que seguramente estará preguntándose cómo carajo un muerto puede contestar el teléfono.
Un amigo mío lleva meses esperando una cita con el traumatólogo porque le duele la rodilla. Cada vez que llama, le dicen que debe esperar, el pobre ya camina como si estuviera saludando al suelo. Un día fue personalmente al hospital y preguntó por su cita. «Tiene que actualizar sus datos, señor». ¿Qué datos voy a actualizar, señorita? ¡La rodilla es la misma! No me ha salido otra, la que tengo es la que me duele desde hace meses. La señorita lo miró con esa cara de quien ha escuchado la misma queja diez veces y todavía le faltan veinte para terminar su turno.
Otro conocido tuvo mejor suerte, después de meses de llamadas consiguió una cita con el cardiólogo. Se levantó temprano, se bañó, se puso su mejor camisa y llegó al hospital media hora antes, estaba feliz el hombre, como si fuera a encontrarse con una enamorada.
«Señor, el doctor está de vacaciones». ¿De vacaciones? ¿Y cuándo regresa? El próximo mes. ¿Y mi cita? Tiene que llamar para reprogramarla. ¡Pero si he esperado seis meses! Comprendemos su molestia, señor. ¡Qué van a comprender! ¡Mi corazón no sabe que el doctor está de vacaciones! Regresó a su casa más preocupado que antes, ahora no solamente tenía miedo de morirse, sino de hacerlo antes de que el médico regresara de sus vacaciones.
Y así andamos, el paciente llama por teléfono, porque para eso existen los teléfonos, aunque en EsSalud parece que los tienen de adorno. Llama una vez y nadie contesta, llama por segunda vez y nada, a la décima, una voz grabada le recomienda tener paciencia. ¡Paciencia! Como si estuviera llamando para reservar una mesa en un restaurante y no porque le duele hasta el apellido. Cuando por fin consigues una cita, llegas feliz, pensando que alguien va a descubrir qué demonios tienes, te sientas frente al médico y empieza el espectáculo. El doctor escucha tus síntomas, mira la pantalla y comienza a teclear como si estuviera preguntándole a la inteligencia artificial qué enfermedad tienes. Teclea, espera, vuelve a teclear y pone cara de científico a punto de descubrir la cura de todas las enfermedades.
«Doctor, ¿está buscando qué tengo?» Estoy revisando su caso. «Ah, ya». ¿Y no sería mejor que primero me examine? El médico levanta la mirada, te observa unos segundos y continúa escribiendo, al final imprime una receta y te la entrega con una seriedad de juez que acaba de dictar sentencia. Sales del consultorio sin saber si te atendió un médico o el ChatGPT con estetoscopio.
Eso sí, que no se caiga el sistema, porque ahí se acabó la medicina. El doctor puede tener veinte años de experiencia, tres especialidades y un diploma que ocupe media pared, pero si la computadora se cuelga, empieza el verdadero problema. «Señor, no podemos continuar, se cayó el sistema». ¿Y no puede atenderme mientras se levanta? Tenemos que esperar. «¡Carajo, doctor, el que está enfermo soy yo, no la computadora!». Pero no hay nada que hacer, el paciente puede tener la presión por las nubes, los riñones jodidos o el corazón a punto de renunciar, pero todos tienen que esperar a que la máquina se recupere. ¡Qué sistema tan delicado! Al enfermo le exigen paciencia, pero a la computadora la tratan como si estuviera en cuidados intensivos.
Por eso propongo que EsSalud cambie de nombre, que se llame NoEsSalud, así, por lo menos, uno ya sabe a qué atenerse y no se hace ilusiones. Aunque pensándolo bien, quizá estoy siendo injusto, después de todo, EsSalud tiene una virtud que pocos reconocen: enseña a sus asegurados a esperar. Esperamos la cita, al médico, los resultados, las medicinas y, cuando ya no podemos esperar más, esperamos un milagro. Lo malo es que hasta los milagros deben estar escaseando, porque el otro día un amigo me contó que había ido a rezarle a un santo para que lo curara. ¿Y qué te dijo el santo?, le pregunté. Que vuelva el próximo mes, está de vacaciones.
Las Pampas, 22 de octubre de 2026









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