Hay ausencias que el tiempo no borra, recuerdos que la muerte jamás puede apagar y melodías que siguen resonando aun después de que el músico ha partido. Hoy 20 de octubre se cumplen dieciséis años desde que mi querido padre, Eliseo Talancha Berrospi, maestro saxofonista, ilustre músico huacarino y entrañable cultor de nuestra música popular, partió de este mundo para encontrarse con Dios.
Han transcurrido los años, como discurren las aguas del Coyormayo y del Huallaga. Muchas cosas han cambiado en nuestras vidas, pero su recuerdo permanece intacto en mi corazón y su legado musical continúa resonando en la memoria de quienes tuvieron el privilegio de conocerlo y escucharlo. Mi padre fue mucho más que un músico. Fue un hombre de extraordinaria sensibilidad, nobleza, fraternidad y contagiante alegría de vivir. Un artista que hizo de su saxofón un compañero inseparable y de la música una forma de expresar su profundo amor por Huácar, Huánuco y el Perú andino.
Hoy no solamente recuerdo al músico admirado, sino, sobre todo, al padre amado, al amigo entrañable y al maestro de mis primeras lecciones de vida. ¡Cómo quisiera construir una inmensa escalera hasta el cielo para que regresaras, aunque fuera por un instante, y pudiéramos conversar como antes! Volver a sentarnos en la cotoperga de nuestro amado Huischa, contemplando el cielo azul de los Andes. Quisiera volver a ser aquel pequeño chiuchi que corría detrás de las oropéndolas entre los maizales, mientras tú celebrabas mis travesuras infantiles. Todavía puedo imaginarte enseñándome a trazar las primeras letras del abecedario. Todavía escucho tu voz narrándome, con singular pasión, la batalla de Arica o el fusilamiento de Leoncio Prado, como si hubieras presenciado aquellos acontecimientos. Quizá sin proponértelo, sembraste en mí, desde aquellos días, el amor por nuestra historia, nuestra tierra y nuestra gente.
¡Y cómo olvidar aquellas jornadas musicales en Huánuco y Chosica, cuando el sonido de tu saxofón llenaba nuestras casas de huaynos, mulizas, valses y canciones que hoy forman parte de mis recuerdos más queridos! A veces cierro los ojos y todavía puedo escucharte ensayando una melodía, entregado por completo a ese arte que fue tu pasión, tu destino y tu razón de vivir.
Han pasado dieciséis años y aún hay momentos en que imagino escuchar tus pasos subiendo las escaleras de la casa, tus característicos golpes en la puerta y aquel silbido inconfundible con el que anunciabas tu regreso después de tus compromisos musicales. ¡Cuántas veces hubiera querido volver a abrazarte, escucharte, pedirte un consejo o contarte tantas cosas que me han sucedido desde tu partida! Con el tiempo he comprendido que la verdadera grandeza de un padre no se mide por las riquezas materiales que deja, sino por los valores que transmite, el amor que entrega y las huellas imborrables que siembra en el corazón de sus hijos. Tú nos dejaste una herencia mucho más valiosa que cualquier fortuna: el ejemplo del trabajo, la perseverancia, la sencillez, la solidaridad, el amor por la familia y, especialmente, ese entrañable sentimiento de pertenencia a nuestra tierra huanuqueña.
Pero tu legado y tu memoria no pertenecen únicamente a nuestra familia. También forman parte del patrimonio sentimental y musical de Huácar y de Huánuco. No es casualidad que la Municipalidad Distrital de Huácar te haya distinguido como Hijo Predilecto. Este reconocimiento constituye un testimonio del cariño y la gratitud de un pueblo hacia uno de sus hijos que supo honrar sus raíces a través de la música.
Por eso, al recordar estos dieciséis años de tu ausencia, siento que la muerte pudo apagar tu presencia física, pero jamás podrá silenciar las melodías de tu saxofón ni borrar el ejemplo de tu vida. Porque un verdadero músico nunca muere del todo: sigue viviendo en cada melodía que interpretó, en cada emoción que despertó y en el recuerdo de quienes disfrutaron de su arte. Alguna vez escribí que te debía no solamente la vida, sino también un libro. Esa deuda de amor y gratitud sigue pendiente en mi corazón. Porque tu historia merece ser contada, no solo como la del padre que tanto amé, sino también como la de un músico popular que contribuyó, con su talento y sensibilidad, a enriquecer nuestra identidad cultural. Hoy elevo una oración al cielo por tu eterno descanso y agradezco a Dios por haberme concedido el inmenso privilegio de ser tu hijo. Tu ausencia sigue doliendo, pero tu recuerdo me fortalece. Tus consejos siguen acompañándome y tu ejemplo continúa iluminando mi camino. Padre querido, han pasado dieciséis años desde tu partida, pero para el amor de un hijo no existen calendarios ni distancias. El tiempo podrá seguir avanzando, pero nunca podrá arrebatarme los recuerdos de nuestra vida compartida.
Gracias, querido viejo, por darme la vida, por enseñarme las primeras letras, por despertar en mí el amor a la historia y por enseñarnos a amar a Huánuco como nadie. Estoy seguro de que, allá en la eternidad, tu saxofón seguirá alegrando el cielo con los huaynos, los chimayches, las cachuas y las mulizas de nuestra tierra. Y cuando Dios permita nuestro reencuentro, volveremos a conversar largamente, a recordar nuestra querida Huischa y, por supuesto, a continuar aquella inolvidable «Jarana Huanuqueña» que dejaste pendiente. ¡Hasta siempre, padre amado! Que Dios te tenga en su gloria y que brille para ti la luz perpetua. ELISEO TALANCHA BERROSPI, ¡PRESENTE! Dieciséis años sin tu presencia, pero toda una vida con tu recuerdo. Con amor, admiración y eterna gratitud, Eliseo Talancha Crespo .Tu hijo, que nunca te olvida.









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