Escrito por: Jacobo Ramirez Mays
Despistados, según el diccionario de la Real Academia, son los desorientados, distraídos, los que no se dan cuenta de lo que ocurre a su alrededor; según el diccionario Apóstata, por otra parte, es el wepla, y muchos de nosotros, por equis motivos, hemos estado en ese trance. Les cuento tres casos:
Primero. Por las razones que ya todos conocemos, las clases ahora son virtuales. El caso es que nunca pensé que iba a llegar a tal estado de demencia, como para tener que hablar con mi computadora, explicar el tema moviendo las manos o queriendo ir a una pizarra para hacer anotaciones. Y la sensación esta se acrecienta todavía más cuando pienso que quizá mis alumnos solo han ingresado al aula virtual para que aparezcan sus nombres, pero que en el fondo se dedican a pishtar sus cuyes o gallinas, o sabrá Dios a qué. Digo esto porque un día me pasé treinta y cinco minutos explicando sobre un trabajo que deberían presentar, que el tiempo que les estaba dando era más que suficiente como para hacer diez trabajos; hasta que, al preguntarles si tenían alguna duda, un despistado prendió su micrófono, me saludo y me dijo: «Profe, Perú jugó mal, en el deporte hay mucha “argolla”; y también, igual que en la política, mucha corrupción. Sería bueno que los jóvenes hagamos una marcha para tumbarnos a los delincuentes de la federación que viven del futbol». Luego, apagó su micrófono, y felizmente no escuchó mis carcajadas.
Segundo. Hace algunos años, un charapa, un huancaíno y dos patas amarrillas nos fuimos a Europa. Estuvimos en Córdoba, caminamos por sus calles angostas y empedradas, visitamos diferentes lugares y nos acostumbramos a cenar en «La Judería», un restaurant que se encuentra en el centro histórico. Una tarde, salimos del hotel con dirección a satisfacer los placeres de los cerdos, y me ofrecí para ser el guía; mi amigo, el charapa, salivó. Recorrimos sus calles por más de treinta minutos y no llegábamos al bendito restaurante; la semejanza entre sus calles hizo que me despistara. Mis amigos me reclamaban, y yo les decía que por acá es; que no, que en realidad es por allá; y nada de llegar al bendito lugar. Entonces, humillado, le dije al charapa que él nos guíe, porque era el que más reclamaba, a lo que gusto aceptó. Creo que él, a diferencia mía, quería que conozcamos más esa ciudad maravillosa, porque nos hizo conocer plazuelas, tabernas, dos vueltas por el alcázar de los reyes cristianos, etc. Callados, y con las tripas sonando, caminábamos en silencio; en eso, ingresamos por una pista empedrada que se parecía mucho al de nuestro destino; entonces, habló y dijo: «Ves, compadre, y después dicen que soy despistado». Nos adentramos por un callejón, ahí moría la calle. Asustados, volvimos por donde habíamos ingresado, en medio de sonrisas y aceptando que nuestro amigo el charapa no es despistado.
Tercero. El dieciocho de noviembre estaba durmiendo de lo más feliz y contento, cuando sonó mi celular; sin abrir mis ojos, por sola intuición, contesté la llamada. Reconocí la voz españolizada de mi amigo, quien, emocionado, me dijo: «Amigo, tú eres como mi hermano, y pido a Dios y a la Virgen que hoy te bendigan y te den muchos años más de vida. Feliz cumpleaños, hermano, tú sabes cuánto te estimo». Deseando querer dormir unos minutos más, solo atiné a decirle gracias por recordarse. Colgué el teléfono, me envolví con mi frazada, y comencé de nuevo a soñar con los angelitos; cuando el bendito aparatito volvió a sonar, era un amigo, quien, muy emocionado, me saludó por mi cumpleaños, y me dijo que en la foto que se había subido al Facebook estaba con pelo y muy joven. Luego se despidió. Entonces decidí explicar por ese medio que ese día no era mi cumpleaños, pero el celular y el timbre de los mensajes de textos no dejaron de sonar. Si mi amigo y hermano del alma nunca hubiera estado conmigo en unos de mis cumpleaños, tomando, bailando y jaraneándonos hasta más no poder, se comprendería, pero creo que él ahora es el más despistado de todos.
Las Pampas 26 de noviembre de 2020










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