Fue como una burbuja en la ciudad, el único lugar en el que unas 5000 personas en un mismo recinto no iban con camisetas rojas, sino negras. Mayoría de hombres, tatuajes como carnet de membresía, voluntad de cabello largo y el rock y el blues como lenguaje de hermanamiento. Ni asomo de fútbol, todo lo más algún miembro del equipo de seguridad mirando en el móvil el partido mientras vigilaba la valla del foso que ningún fan podía saltar.
A pesar de ello todo el espectáculo sugería un partido, pero de otro tipo, de baloncesto y con los Harlem Globetrotters como protagonistas. Eran los ZZ Top, un grupo de exhibición que desde hace años y años repite casi clavado el mismo repertorio, muestra los mismos trucos, tiran de humor con las mismas poses de siempre y acaban satisfaciendo porque como los Globetrotters dominan sus trucos y hacen felices a quienes pagan por verlos.
No defraudan, se sabe que ganarán el partido y son exactamente como se espera que sean. Se paga para ello y ellos no faltan a la cita con su trabajo. No hay emoción extra, como tampoco con los Globetrotters, pero lo que ofrecen sin trampa ni cartón es eficiencia, un repertorio del siglo XX y el final con La Granje, un tema en memoria de un prostíbulo. Así son y no fallan.
Un espectáculo con ironía y veteranía
Y si no cansan es porque ZZ Top se miran a sí mismos con una ironía ya mostrada en el diseño del mismo escenario, la recreación de una pared tapada por grafitis, con reproducciones en vinilo de varios amplis de colores pop como decoración y unas tablas de skate para redondear la imagen de dinamismo. Una imagen que contrastaba con unos señores añejos y barbados, todo y que en el Barts Festival sólo superaba la setentena Billy Gibbons, pues el batería oficial, de baja por cuestiones de salud, fue sustituido por un chavalín que no debía llegar a los 50, y el guitarrista que cubre el fallecimiento de Dusty Hill, a quien evoca hasta en su biotipo, media la sesentena con un peinado/peluca que, como dijo una fan, recordaba a Son Goku.
Sus americanas de colores con brillantes hacían pensar en chaquetillas toreras, en especial cuando se pusieron las rojas en los bises, el bajo descomunal de 17 cuerdas que usó Elwood Francis en Got Me Under Pressure, primer tema del concierto, la guitarra y el bajo peludo que lucieron en Legs, las poses coreografiadas del dúo motor, con Billy Gibbons como soporte de la esencia del grupo y único miembro de la banda original, enseñaron al público que ZZ Top mantienen su personalidad de guasones. En varios temas, Pearl Necklace o I’m Bad, I’m Nationwide, su brusco final, un corte con coreografía que frenaba en seco, añadía simpatía a una pose que aún no se ha quemado pese a su reiteración. Como las canastas inverosímiles de los Globetrotters.
Sonido y repertorio: sin cambios sustanciales
El sonido no fue de lo mejor de la noche, y como mala sonorización no se cuentan algunos graves saturados del bajista, intencionados, ni la añadidura de coros, aunque sí una voz que costó entender y un volumen general tirando a normativa para el descanso vecinal. Quien los viera en el Rock Fest de 2019 en su última visita a Barcelona no notaría cambios sustanciales en el repertorio, con su mayor parte datado en setentas y ochentas, una sola canción, de Billy Gibbons, datada este año, Brown Paper Bag, y sólo otra recientemente grabada, lo fue en 2022 para una banda sonora aunque Thunderbird es de 1975.
Tampoco parece necesario pedir al grupo que se renueve, ni que en un truquillo infantil simulen que se van de escena para antes de hacerlo simular una consulta entre ellos que acuerda la añadidura de otro tema. Tras este recurso con aires de parodia, como casi todo, sonaron sucesivamente Thunderbird y La Granje. Antes, y como canciones que no pueden faltar, pasaron por escena Sharp Dressed Man, Just Got Paid, Jesus Just Left Chicago o My Head’s in Mississippi, donde el blues, el boogie y el hard rock se unen en una receta infalible servida con eficiencia.
Pueden parecer una banda tributo a sí mismos, pero el humor redime a este grupo de exhibición que hace años ya no compite para ganarse el sustento. Al salir del jolgorio, una ciudad de calles despobladas y en silencio expectante devolvió a los fans de ZZ Top al mundo actual. Esta vez las camisetas negras no fueron premonitorias.








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