Llegó pasada la medianoche y se recostó horizontalmente en la cama de plaza y media y se dispuso a escuchar a José Luis. Cerró los ojos, se quitó los anteojos y puso los dedos entrecruzados en la nuca. ¿Por qué no Bunbury o Arjona? Lamentó no haber viajado a Lima para asistir al concierto. Tal vez ahí la hubiera encontrado con amigas o sola para cantar Desnuda o Dime que no, que tanto le susurraba al oído a Lali mientras el fuego de la pasión calcinaba sus entrañas y el deseo rompía sus cadenas. ¡Cuidado, caballero! Eso llegará pronto; te aseguro, recordó casi literalmente lo que le dijo la primera vez que se quedó en su departamento. Estaban cerca del noviazgo. La familia pronosticaba que el romance terminaría en el municipio y en la parroquia de la jurisdicción. Vivían desde la infancia en San Pedro.
Había bebido dos copas de pisco sour de maracuyá y fumó, luego de varios años, tres cigarrillos. Sintió una electricidad interior que le alertaba que estaba achispado. Esa sensación la conocía de memoria. Se puso a la defensiva. El vaso no son labios de mujer, José, le dijeron en coro. Se retiró del pub ante la protesta de sus compañeros de trabajo. Luego de casi una década regresó para cantar en un karaoke. Rompió la promesa de sobriedad total, pero no sentía remordimiento. Solo para amenizar la reunión, pensó. En el ligero y breve sueño, la vio claramente estudiando un expediente judicial en la oficina. No lograba descubrir su rostro porque la larga cabellera negra le cubría como un velo de misa. La saludó mil veces. Gritó tanto que despertó. Recordó el vestido de novia y el terno azul eléctrico, la lista de invitados y la fiesta. Vio el reloj despertador: 4:33 del día siguiente.
Hacía siete meses que se separó por quinta vez de una pareja estable. ¿Quién era el problema? Se preguntaba insistentemente. No se desregularizó emocionalmente como las veces anteriores; al contrario, sintió, por primera vez sinceramente, un enorme alivio y respiro con libertad. Había un patrón que se repetía: no lograba conformar una familia nuclear. Ahora vivía en una habitación de un hotel céntrico de la ciudad. Solo disponía de lo imprescindible: un ropero mediano de melamina, un velador, dos sillas de plástico, una mesa de madera corriente donde cuadraba las cuentas del día y comía y una radio portátil. Vivía en la modestia y la sencillez que pregonaba siempre. Claro que podía amoblar con lujo esa habitación de 40 metros cuadrados, pero decidió vivir así. Una tarde de mayo, una huésped lo miró sonriendo y coqueteándole. Se frotó los ojos. Quedó petrificado, no sentía los latidos de su corazón, perdió el pulso. Si siento esto quiere decir que estoy vivo, que aún puedo gozar de la vida, reflexionó. La bata transparente llamó su atención. Vio la inocencia íntegra de la muchacha. Cuando preguntó, luego de unos días, en la recepción, por ella, le dijeron que se había retirado en la madrugada. Le entregaron una tarjeta con un texto conciso, filudo como una navaja, que le provocaba fiebre e insomnio. Yo di el primer paso. Te quedaste como una estatua. Desde entonces vigila la entrada minuciosamente. Tal vez aparezca Laura. Así le puso de nombre a la desconocida joven del número 75. A veces se dormía en el improvisado puesto de vigía.
Hace poco había cumplido 57 años. Son cinco pisos y siete peldaños, le dijo la señorita Sumaya, su jefa en la oficina de recursos humanos. Poco faltaba para la jubilación. Pensaba dedicarse al servicio de taxi en los hoteles tres o cinco estrellas de la ciudad. Creía, en esos años, en la juventud inmortal, invulnerable al paso del tiempo, que su cuerpo atlético era inmune al deterioro material. No logró que le dijeran Peter Pan, como hubiera querido. Le decían negro José, zambito Pepe. Antes de salir al trabajo, veían sus rostros y sus manos en el espejo de la experiencia y del tiempo. Aquella cena en el Hotel Santana, José Castillo veía retrospectivamente la alegría de sus padres, sus futuros suegros y la felicidad de los novios. Que sean felices como lombrices, les habían augurado. Si no hubiera ocurrido lo que sucedió en ese onomástico, hoy seríamos esposos, con hijos, dedicados a preparar la vejez. Ya no eran jóvenes, vitales, con sueños desaforados, de proyectos que no conocían obstáculos. Ya no valía la exhortación paterna de asumir las consecuencias de los actos. Y lo había aceptado. ¿Se corrigió? No lo sabemos. Basta preguntar a los inquilinos del hotel para saber eso. Ese hecho tuvo efecto dominó. Eso por insensato y ligero. Perder la cabeza por un instante y dejar que se escape de las manos todo un plan de vida que venía desde la adolescencia. Bueno, dijo, al hecho pecho. Con llorar no se remedia nada. Ahora a esperar la larga vejez. ¿Será como la canción de Alberto Cortez? Si bien no tenía canas, se cuidaba con recelo de todo. No quería pasar la vida miserable en un asilo como su abuelo.
Fue al refrigerador, sacó la botella de vino, se sirvió una copa y brindó por ella. Mordió un trozo de queso. Repitió su nombre ausente tres veces. Brindó con su sombra, José Luis, la quimera y la luna que fisgoneaba por la ventana abierta. Pensar que el pan se puede quemar en la puerta del horno. Eso pasó con ellos. Y te recuerdo hoy. Te veo en el sofá leyendo una revista jurídica con tu pijama transparente, miro tus piernas blancas, tu escote indiscreto no cubre tus senos turgentes. Te llevo una taza de café y en un platillo de loza galletas saladas, me das un beso en la frente. Gracias, cariño mío. Te amo. Así te recuerdo hoy. Sé que el vino anima la memoria y desenreda la lengua. El tiempo tirano avanza inexorablemente. Tú te casaste, a los pocos meses, creo que, en julio, con el médico Arriaga, tienes hijos, trabajas en el Estado, eres abogada de prestigio. Yo, en cambio, me quedé solo, no mastico como chicle frustraciones ni amarguras. Vivo solo. La soledad ha sido mi elección. Fue una decisión acertada. No me quejo. Me va bien, sobre todo que no doy explicación de mis actos a nadie. Si tengo que guardar algo de ti es que me amaste como a nadie amaste y yo a ti. Pero el destino perverso, como el diablo, metió su cola cuando todo iba viento en popa. Y sucedió eso que jamás me perdonaste. ¿Tuve yo la culpa de que llueva en verano? Fue aquella vez que fuimos al cumpleaños del cuñado Adrián. Éramos la envidia de la gente. Hoy solo sé que, si no estamos juntos, que, si no nos casamos, como hubieras querido, es porque estaba escrito así. Tú ya no eres la misma, yo no soy el mismo. La vida se va, cariño, como el agua por debajo del puente. ¿Lo entiendes?
Hoy que te vi en el estadio, sentada en la butaca, me dijiste que tu tercer hijo se llama como el mayor de los míos. Algo de mí has querido conservar. Hubiera querido conversar contigo, que me dijeras cómo te va con él, si podríamos resarcir la promesa que jamás cumplimos, pero sé que no era necesario. No hay derecho a enturbiar la vida a estas alturas del partido. Quizá vuelva a verte otra vez; ahí lo vemos. Fuiste un dogma para mí. De eso estoy seguro. ¿Qué signifiqué yo en tu vida? Así nomás no se tira todo al agua. ¿Hiciste lo correcto? ¿Crees que eres feliz? De tu respuesta va a depender la siguiente pregunta. La pelota está en tu cancha. ¿Por qué el segundo nombre de tu tercer hijo es el mío? Me calaste hondo y ahora me dueles. Fue este orgullo desgraciado que no supimos tragar ¿Lo recuerdas?









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