Nadie sabe con certeza en qué momento Chicho se volvió santo, unos dicen que fue después de la fiesta de San Juan, cuando se bajó tres litros de aguardiente y amaneció fresco como lechuga. Otros aseguran que su beatificación popular empezó el día en que, con un solo trago, curó a siete borrachos de la peor resaca de sus vidas y algunos, los más viejos, murmuran que Chicho nació con esa gracia, que el mismo Huallaga lo había bautizado en secreto cuando niño.
Lo cierto es que San Chicho no fue canonizado por Roma, ni falta hacía, su santidad era pueblerina, callejera, de esas que se ganan entre huaynos desafinados, carcajadas nocturnas y polladas improvisadas en Las Pampas.
Amanece en Tomayquichua y los gallos cantan desafinados como trompeta vieja. Los hombres despiertan con la boca amarga, la lengua seca como trapo de piso, y la cabeza retumbando como tambor en procesión. Nadie recuerda cuántos vasos se sirvieron la noche anterior; lo único cierto es que las botellas quedaron vacías.
Allí empieza la procesión de resacados: Don Máximo con los ojos hinchados como sapo, la beata Justina rezando Padre Nuestros para que el dolor de cabeza le pase, y hasta el alcalde, con el sombrero chueco, jurando que jamás volverá a beber (mentira repetida tantas veces que ya suena como chiste).
En medio de la agonía colectiva aparece Chicho, redondo, sonriente, oliendo todavía a cerveza y aguardiente, pero caminando derechito como si hubiera dormido en cama de nubes.
¡Milagro!, gritó la comadre Rosa. ¡San Chicho está entero! Chicho no perdió tiempo, sacó de su bolsillo una botellita con un líquido raro, mezcla de aguardiente, jugo de limón y un secreto que nunca quiso revelar (algunos decían que era sudor de toro, otros que era lágrima de suegra). «A ver, compadres», dijo con voz solemne, «esto no es para débiles ni para cobardes, un trago y el dolor se va, pero cuidado: el que reniegue de mí, volverá a sufrir resaca hasta en el velorio».
Uno por uno fue probando y uno por uno fueron cambiando la cara de muertos vivientes por risas de borrachines recién nacidos. Don Máximo se puso a zapatear, Justina soltó un “¡Ave María purísima!” con carcajada, y el alcalde juró que ese brebaje valía más que toda la posta médica de Ambo.
El rumor corrió como viento de puna: Chicho tenía el remedio contra la resaca. En menos de un mes, ya no era Chicho: era San Chicho. Los pueblerinos levantaron su retrato en cantinas y cocinas, con velitas a medio consumir y botellitas de cerveza como ofrenda.
Hasta procesión le hicieron: lo sentaron en una carretilla, con una corona hecha de chapitas de cerveza, y lo pasearon por Tomayquichua y Las Pampas mientras una banda de músicos tocaba huaynos.
Los milagros se multiplicaron: un borracho que amaneció sin resaca después de mezclar tres tragos diferentes, una señora que curó su mal de estómago con solo mirar la foto de San Chicho, y un joven que, gracias al brebaje secreto, pudo volver a casa y aguantar los gritos de su mujer sin morirse del dolor de cabeza.
San Chicho, inspirado, comenzó a predicar, no en templos, sino en cantinas. Subía a la mesa, levantaba su vaso y decía: «Hermanos, no se trata de dejar de beber, porque eso es imposible, se trata de beber con alegría y confesarse al día siguiente con un buen trago de mi remedio. ¡Amén!»
El pueblo entero gritaba “¡Salud!” y se santiguaba con cerveza. Hasta la beata Justina terminó diciendo que los milagros de San Chicho eran más rápidos que los del mismísimo patrón de Huánuco.
Pero siempre hay un aguafiestas, el doctor del pueblo, celoso de que todos corrieran a Chicho en vez de a su consultorio, declaró en la plaza: «Ese brebaje es dañino. ¡Puede matar!» Apenas lo dijo, un perro callejero se le orinó en el zapato y la gente lo tomó como señal divina, nadie volvió a hacerle caso.
Cuentan que el milagro mayor ocurrió una madrugada. El río Huallaga bajaba bravo, rugiendo como toro, y los pescadores estaban preocupados porque el agua se estaba llevando sus trampas, San Chicho apareció con su botella en la mano, echó un chorrito al río y dijo: «Tranquilo, hermano Huallaga, toma un trago conmigo». El río se calmó, los pescadores volvieron a su trabajo y desde entonces, cada vez que el Huallaga se embravece, alguien le echa un poco de cerveza para que se serene.
Hasta hoy, cuando alguien despierta con resaca en Las Pampas o en Tomayquichua, no pide pastilla ni hierba, pide, con voz débil: «Compadre, ¿no tendrás, aunque sea una botellita del remedio de San Chicho?». Y siempre hay un vivo que responde: «Claro, pero cuesta doble si ayer renegaste de él». El pueblo ríe, se cura, y la leyenda de San Chicho sigue creciendo, porque santos hay muchos, pero ninguno que cure la resaca con tanta alegría como él.
Las Pampas, 03 de setiembre del 2026









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