“Al trabajar con papel: puedo encuadernarlo, doblarlo. Con una hoja plana, crear un objeto tridimensional” (Ponxo Martínez).
Llueve luego de muchas semanas, lo probable es que se deba al cambio de vida; al cambio de gobierno, a los cambios en el mundo o sencillamente al cambio de luna. Las semanas se van apuradas, unas corren más que otras. Entre los mosquitos de temporada y las aves construyendo sus nidos, una noche oscura te avisa que los días no vuelven, que los cerros del frente se difuminan en la neblina de la mañana y en Nepal, son muchos los desaparecidos.
Cuando Martín Bonadeo, me mostró el libro de artista que había producido últimamente, quedé, como el que descubre una nueva especie de animal o árbol, ¡maravillado! Se realizó en el taller del Ponxo Martínez me dijo, le visitaremos.

Facsímil del cuaderno Huaca Huichaira (1/13) de Martín Bonadeo (Fotografía: cortesía, Ponxo Martínez).
Ponxo es un personaje desde que lo conoces, pocos artistas logran cuajar una poética que exteriorice su fuero íntimo en su obra y los recados. Escuchar a Poncho es una delicia, pero verlo y observarlo mostrando sus cosas, estimulan y amplían las posibilidades de lo que un par de manos pueden forjar. Su experiencia se vierte en cada objeto, con investigación y potente originalidad. De hecho, sus artefactos trascienden la visualidad y le conceden a la autoría, la presencia del artista y del artesano.
Para Ponxo Martínez, la literatura fue el impulso en su elección artística, creció motivado por las figuras de: Rulfo, Cabrera Infante, García Márquez, Vargas Llosa, Fuentes, Lezama Lima, Vallejo, Poniatowska… Ciertos tumbos, le hicieron ingresar al famoso Estudio Cinematográfico de la Universidad Autónoma en México, donde pasados tres años de intensa actividad, deja el cine y se muda a estudiar fotografía. Entre esas oscilaciones, enrumba hacia la otra orilla del Atlántico, sumaba 27 años, buscaba la Barcelona enclave de las editoriales, nombres aprendidos en el idilio e invención de juventud. Era tiempo de Olimpiadas. Ya en el otro lado, quebrado el hechizo, debe instruirse en Valencia, estudia en la Escuela de Artes y Oficios, sobre todo fotografía. Conoce al grabador mexicano: Alejandro Rodríguez León, por medio de él, con la idea de realizar un libro fotográfico acaba un curso de Encuadernación Monográfico. Teniendo todo listo, se da cuenta que su embrujo con la fotografía se ha consumado; romance donde había estado entregado en cuerpo y alma. Había empollado otra necesidad: “Llegó un momento en que en la fotografía, no sentía lo que hacía (…) el embrujo, de alguna manera había acabado… Con Alejandro montamos un taller de encuadernación…” Pasaron diez años y medio en Valencia.

Ponxo Martínez en México (Fotografía: cortesía, Ponxo Martínez).
El 2001 se traslada a Barcelona, a realizar un curso de Encuadernación Artística de dos años y medio en la Escola Llotja. Conoce el taller “Tinta invisible”. Su viaje hacia Ítaca se llamaba: libro de artista. En esa nueva grata comunidad aflora su faceta docente. Es invitado a dar cursos en la Escola Massana, referente del diseño gráfico barcelonés. La enseñanza se convierte en su forma de retroalimentación, da un workshop en Churc (Suiza), otro en España (Barcelona, Valencia, Madrid, Murcia, Tàrrega) y, luego de la pandemia es invitado a México.
En el universo gráfico, México es un árbol pujante, sentaron las bases teóricas y conceptuales en el mundo del objeto artístico (antes que se volviera moda o denominara libro de artista) creadores como Ulises Carrión (1941-1989) y Felipe Ehrenberg (1943-2017) inscribían su tradición al relato contemporáneo, otra vez, las condiciones geográficas habían sido superadas.

Elaboración del packaging para los relojes LEBOND (Fotografía: cortesía, Ponxo Martínez).
Ponxo Martínez se suma a este árbol y vigoriza su tronco. Como las grandes pirámides de Chichén Itzá o Teotihuacan, hechas para dialogar con el espacio cósmico, los objetos que plantea Ponxo, están hechas para dialogar con el ser humano. Cada objeto se diseña desde su ergonomía: hechos para el regazo, para tocarlos, acariciarlos, cargarlos y transportarlos como valija cotidiana; elaborados para ubicarlos en el mueble de la casa, en la intimidad, como fetiches. Su gráfica no es adorno, es la presencia del artista en el espacio de la casa, en la arquitectura del cuerpo. Joyas forjadas de papel y tela, materias habituales llevadas al resplandor, a la recuperación del aura. Ponxo es el aliento de Barcelona, hecho de cabeza, corazón y tripas.
“Los caminos me han devuelto a la literatura, algo que deseé desde un inicio en mi acercamiento al Arte”. En estos tiempos donde cada uno desea ser el centro del universo, desde una necesidad pedagógica, Ponxo Martínez, logra integrar su vida en el otro, prolonga la suya sin perder su autonomía y continúa resguardando el fuego sagrado de la creación (Puerto Bermúdez, agosto 2026).

Obra: "El paisaje es un grito" para Eduardo Ruíz Sosa (Fotografía: cortesía, Ponxo Martínez).









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