Recuerdo perfectamente aquel día. Eran aproximadamente las 6 y 15 de la mañana. Dentro de 15 minutos tendría que empezar a alistarme para ir a mis clases de Derecho. Mientras esperaba un poco para desperezarme, dejándome llevar por mis pensamientos y mirando un poco al techo, suena un mensaje en mi celular. En un principio pensé en ignorarlo, pero algo me hizo revisarlo. Venía del grupo de WhatssApp de mi oficina. Era raro que se mandaran mensajes a esa hora, así que lo abrí sin dilación. Chicos, ha sucedido una tragedia. Diego acaba de fallecer. Mi primera reacción fue enviar un mensaje diciendo que un día antes lo había visto y que él estaba perfectamente. Falleció en un accidente de tránsito a las 4 de la mañana; fue la respuesta inmediata.
Es complicado explicar la sensación inicial. Yo la llamaría lo más cercano a una parálisis absoluta. El estado de aturdimiento inicial ante una noticia así de fuerte. Apagaba y prendía el celular repetidamente. Me imaginaba que quizás era una broma de pésimo gusto que al mismo Diego se le podía haber ocurrido. Pero no, el mensaje seguía ahí. Estático. El remate del chiste que jamás llega y que deja al público en shock. Lo único que vino después de aquello fue el mensaje de otra compañera. Imposible. Y sí, como podía haber sucedido. En ese instante no importaba nada. Ni mis clases ni mis planes de aquel día. Solo era un atisbo del recuerdo de aquella última despedida. Aquel amistoso apretón de manos que anunciaba, sin que ni él ni yo lo supiéramos, sería nuestro último encuentro.
Mi primera reacción fue dejar de ir a clases y dirigirme al parque Amarilis. Mientras me senté en una de las bancas, me detuve a hacer algo que no hacía hace tiempo. Solo observar. Las plantas, las flores y aquella extraña y nostálgica sensación del viento rozando mi rostro y cabello. Como aquel instante en que tomas aire y recuerdas, entre todas tus responsabilidades y ocupaciones del día, que estás vivo. Al instante, las redes empezaron a anunciar la noticia y el video del accidente llegó. Tan crudo y rápido como una ráfaga. ¿Qué sentiste en esos últimos segundos? Recordaste a tus padres, a tu hermana, quizás a tu abuelita. Tus 26 años en este mundo. Tus días felices, quizás. Te acordaste de nosotros y de aquella vez que te cantamos cumpleaños feliz en la oficina. ¿Será cierto que es como una película que pasa por tu mente o solo fue la oscuridad instantánea?
Al momento de escribir esto, recibimos en la municipalidad a la sagrada imagen de Santa Rosa de Lima. Nuestra última comisión juntos. Lo recuerdas. Dayana acababa de entrar hace poco. Todavía era algo tímida y tratábamos de que agarrara confianza. Todo salió bien y, como siempre, te quedabas editando las fotos. Esa tarde tenías el festival de la pachamanca. Antes de despedirnos, tonteamos un poco y nos reímos. Aquella mañana nos encontramos con Juan Carlos y te sacó tu último video y unas fotos antes de que llegue la imagen. Me acuerdo de él llevando una foto enmarcada a tu velorio, quebrándose igual que todos. Todos arrodillados y llorando. El esfuerzo que trataba de hacer para no derrumbarme ahí mismo con lo demás. Dayana abrazando a tu mamá y Koki un costado con el gesto adusto y la mirada llorosa.
Recuerdo que la primera vez que te vi fue sacándole fotos a tu amada Cofradía de Negritos León de Huánuco. La segunda fue cuando acabó la festividad y comimos ese espectacular corte de carne en el Picaña. Llegaste y me saludaste amistosamente. Como si ya nos conociéramos y fuéramos amigos de toda la vida. La primera pregunta que me hiciste cuando conversamos en la oficina fue de qué equipo era. De la U te respondí, desde pequeño. Recuerdo tu sonrisa y esa mirada cómplice. Como si hubieras encontrado a un hermano más entre la multitud. De ahí me enteré de que no solo fuiste hincha, sino presidente de barra y que, igual que yo aquel 2023, gritaste de emoción luego de 10 años sin gritar un título y encima frente al clásico rival.
Me contaste de la pasión que sentías por la selección argentina y por Lionel Messi. Tanto así que hasta lo llevabas tatuado en el cuerpo. Recuerdo cuando Argentina nos ganó en Lima en las últimas eliminatorias. Cómo apareciste en ese pequeño momento en la televisión y, como solo tú sabías hacerlo, nos hiciste reír a todos. Porque esa fue tu marca en el mundo. Cuando tu féretro llegó a la municipalidad para despedirte, recuerdo que lo dije. Apenas habrá un par de fotos tuyas con el gesto adusto y serio. De ahí solo era una colección de sonrisas tras sonrisas. Las sonrisas que les sacabas a tus amigos. Tus ocurrencias en la oficina. Eso sí, fuera del jolgorio, a la hora de la chamba nadie ordenaba y lideraba como lo hacías tú. Y quizás ese equilibrio es lo que a mucha gente le falta en sus vidas. El saber reírse de los demás y de uno mismo sin por ello perder la seriedad a la hora de la verdad.
Sabes, me hubiera encantado conocer a tus padres y a tu hermana de otra manera. Tristemente, la primera vez que los vi a todos fue para despedirte. Recuerdo la entereza de don Pablo para consolar a tu mamá. La última vez que hablé con él, te cuento que lo vi un poco mejor, pero sé que jamás se olvidará de ti. A veces la gente dice que no llores tanto a los que se van porque se quedan tristes en este plano y no pueden descansar en paz. Pero cómo pedírselo. A los que te vieron abrir los ojos al mundo por primera vez, a quienes te ayudaron a dar tus primeros pasos. Quienes te vieron crecer y soñar con un futuro. Hace poco me enteré también de que querías ir a Argentina a ser fotógrafo deportivo y de ahí llevar a tu familia. Sé que lo hubieras hecho genial. Recuerdo también cómo te gustaba fastidiar a Yngrid. Antes de irte, te tomaste una selfie con su teléfono. Para que no te olvides de mí, recuerdo que dijiste. Presentías algo acaso que nosotros no.
Dayana me mostró unos mensajes de su celular ese día que fueron al festival de la pachamanca y en donde al parecer la pasaron bien. No te preocupes, yo hablaré bien de ti con el de arriba para que te quedes. Era obvio que te referías al alcalde, pero sabes, visto en retrospectiva, parece algo completamente diferente. Te cuento algo más: un día antes del bicampeonato en el centenario de la U te visité. Íbamos a jugar con Chankas en Andahuaylas y pensé que nos podías dar suerte y no me equivoqué, lo hiciste. Te cuento que Messi volvió una vez más, esta vez con su equipo Inter de Miami para jugar un amistoso con nuestra crema. Te comento que el otro equipo argentino del que eres hincha, el River Plate, vino también al Perú para jugar con la U por Copa Libertadores y les empatamos en el Monumental. Además de ello, salimos tricampeones, así como en el 2000. Sé que te hubiera encantado ver todo eso. Este año empezamos un poco mal, te cuento, pero parece que nos vamos a recuperar. Sabes, Diego, sé que jamás leerás esto, pero todos te seguimos extrañando igual que en un principio. Quizás no somos conscientes de nuestra propia mortalidad hasta que le pasa a alguien cercano a nosotros. No nos acordamos de que estamos vivos hasta que vemos a los nuestros irse.
Pero quizás lo único que me da consuelo es saber que los años que estuviste aquí los viviste como si no hubiera mañana. Las risas, las juergas, los amigos, el amor y la pasión con la que viviste hasta el día en que las luces de ese camión se cruzaron en tu camino. Pedir justicia en el Perú está de más a estas alturas, pero quisiera pensar que no hay mejor justicia que aquella que no deja dormir por las noches a quienes les arrebatan la vida a los demás y salen impunes de ello. Te tengo una última novedad: tu hermana Wendy dio a luz a una hermosa niña. Tu sobrina, la que tanto querías. Se llama Lionela, el nombre que escogiste. Espero que estés bien, donde quiera que estés, Diego.








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