Arlindo Luciano Guillermo
-¡Solo dos en el Ganso de Oro!- dijo.
El vienes último tuvimos una jornada imparable en la empresa: él en su laptop y yo resolviendo problemas con los clientes. Debíamos salir a las 6, pero a las 8:15 seguíamos debajo del cañón. Tenemos un jefe a quien le interesa “a más gente, más ingreso y utilidades”. Confía bastante en nosotros, somos su mano derecha. A veces nos engríe -con justicia, creo yo- con un café y butifarras o una cena en un restorán exclusivo. Tenemos un sueldo envidiable, pero a costa de no tener horario de salida, pero estamos felices como lombrices, a pesar de tener esposa e hijos que nos esperan en casa. Acepté la invitación. Casi a las 9 salimos en su pequeña moto.
Oye, Rigo, no es bueno mentir. El que miente una vez, miente hasta la vejez. No seas bandido. Si vas a hacer tus cositas, hazlas con mucha prudencia, sin testigos ni cómplices. Mi padre, que en paz descanse, me decía siempre, cuando yo era joven, que, si hay algo que queremos hacer a escondidas, tenemos que ser como el gato: haces un hueco un poco profundo en el suelo, defecas cómodamente, te limpias con cuidado, luego lo cubres con maestría, de manera tal que nadie descubra tus vivezas y pendejadas. Fíjate que yo sé lo que hiciste. Y no me mires así, con tu cara de mosquita muerta, de yo no fui. Cuida tu reputación que te ha costado construirla, como a mí, con años de trabajo responsable a dos turnos, estudio intenso quemándose las pestañas y esa bendita “cultura de éxito” que don Enrique Quinteros nos inculca todos los días. Y no me digas que eres un santo, un ciudadano inmaculado, intachable, que ahora mismo te prendo una vela rosada para esperar el milagro de que aparezca José José en persona para que te cante Amnesia o Vamos a darnos tiempo. Me mira, levanta el vaso lleno. “Todo lo aprendí de ti, qué quieres que diga y eso deberías saberlo. No me culpes si te miento”.
¿Tú crees que yo soy mujeriego, oye Rigo? Dime, por favor. ¿Tú me viste con otra fémina que no sea mi esposa? Claro que no sabrías decírmelo porque no me viste con tus propios ojos, nadie te ha contado el chisme, no tienes pruebas ni evidencias. ¿Puedo decir yo lo mismo de ti? No te juzgo, apreciado amigo. Solo son suposiciones. ¿Sabes lo que es un mujeriego topo? Caleta, sin aspaviento, sin ruido, en la sombra, felices los tres o los cuatro. No, no, no soy eso yo. Mejor échate ese vaso que se va a convertir en meados de burro. Mira cómo la lluvia de marzo se hace más intensa. Cómo estarán las carreteras. Te explico. El verdadero mujeriego no es alaraco ni fanfarrón. Es aquel que hace sin que nadie lo vea ni sospeche. Si no sabes que tengo algún calentado por ahí, entonces soy fiel, respetuoso. Así es; vivo con la conciencia tranquila. No sé si tú puedes decir lo mismo, pero, en fin, quien soy yo para lapidarte o impedir que seas feliz haciendo lo que haces. Claro, la duda beneficia al reo. Se puso a cantar: “Pero lo dudo, conmigo te mecías en el aire, volabas en caballo blanco el mundo”. Nos reímos.
¿Te acuerdas de la flaca Esther? Era la muchachita de ojos negros y grandes, la que se hacía de rogar. Claro, ella misma. La habían puesto la puntería en el aniversario de la ciudad. Era la abeja reina en el concierto de rock en la laguna Viña del Río. Ahí estuvimos contigo y unos amigos más del trabajo. Ella exhibiéndose, reventando de contenta, con su jean azul ceñido al cuerpo, ya te imaginas, su blusita escotada crema, su cabello cola de caballo. Levantaba los brazos cuando la banda local hacía el cover de Los Enanitos Verdes. Yo quedé hipnotizado totalmente. Éramos jóvenes, felices e indocumentados, la vida nos abría sus brazos. Solo nos interesaba nuestra existencia y cumplir con las necesidades básicas. Casa, comida y servicios de agua y luz eran gratis. No como hoy que en casa nos espera la familia. Así que toma rápido para irnos. Esa noche tomamos miles de latas de cerveza. En un descuido, desapareció por arte de magia. Nunca la volví a ver. ¿En serio? ¿Dónde? Bueno, de eso han pasado casi dos décadas. Por esos años, éramos locutores aficionados en una radio de la plazuela Santo Domingo. Alberto Plaza se escuchaba a cada segundo. Rigoberto se fue al baño por sexta vez. Regresó. “Claro que sé perder / no será la primera vez / hoy te vas tú, mañana me iré yo. / Seré un buen perdedor / el mundo no cambiará / alguien sin duda ocupe tu lugar”.
Somos hijos de migrantes provincianos. Tú creciste en la rica Moras; yo, en Paucarbamba. Ahí pasamos nuestra infancia. Nuestros apellidos no son de prestigio ni aristocráticos. Eso no importa. Al jefe no le interesa. Sí nos fastidiaba cuando íbamos a enamorar a las chicas del colegio religioso. Para ellas éramos fantasmas. En la universidad fue diferente. Teníamos un poco de dinero porque trabajábamos y estudiábamos. En los tonos memorables, Rigo, éramos los reyes de la fiesta: trago a diestra y siniestra, atraíamos la mirada y el interés de las muchachas. Ahí conociste a tu primera esposa. Animábamos la reunión. Nadie se aburría. Hasta que llegó el día en que nos dijeron la frase que nos indignó: “Par de cholos igualados”. Se armó la bronca. Jamás nos hemos sentido discriminados ni despreciados por los demás, menos hoy que tenemos un trabajo donde atendemos a profesionales que ocupan cargos importantes en las instituciones públicas y privadas. En esos años, en la radio teníamos un jale extraordinario. Rigoberto, antes de engullir el último vaso de cerveza, se puso de pie, carraspeó disimuladamente, miró a su alrededor como llamando la atención y cantó: “Cholo soy y no me compadezcas / esas son monedas que no valen nada / y que dan los blancos como quien da plata. / Nosotros los cholos no pedimos nada / pues faltando todo, todo nos alcanza”.
Con Rigoberto trabajábamos en una orquesta de salsa. Era un zambito, locuaz y timbalero; yo, atildado, blanquiñoso, presumido poeta, animador de fiestas. Luego intercambiamos roles. Él se quedó como animador cuya experticia es insuperable. Estudiamos en la universidad, pero seguimos con el viejo oficio. Rigo es capaz de convertir un velorio en un alegre cumpleaños del difunto o hacer resucitar a los muertos de un cementerio con su risa hilarante. Siempre lo tengo cerca, con él la vida nunca es triste. Nos despedimos en la Plaza de Armas. “El lunes me cuentas cómo llegaste a tu casa”. Subió a un Bajaj. Rigo bebió seis cervezas; yo, dos litros de agua mineral. Llego agotado a casa. Enciendo la laptop y escucho a Mar de Copas. Veo por la ventana de la habitación que la lluvia ha cesado, hace frío. “Horas de mar y de sol / un adiós, un recuerdo, / un equipaje, un dolor, / el sabor de tus besos / que partió. / Nunca me perteneció / ni una risa ni un verso. / Una mentira vio luz / todo le pertenezco / y partió.” Mañana es sábado; dormiré hasta el mediodía.










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