Lo que parecía a todas luces ya una derrota segura y la toma final de América Latina en manos del anglosionismo se convirtió, en cuestión de, en el muro de contención más importante frente a la ultraderecha y, si no, en el primer clavo del ataúd de su existencia. Luis Ignacio Lula Da Silva, del Partido de los Trabajadores (PT) y con 81 años de edad accede a la presidencia por cuarta vez logro sobreponerse no solamente a la extrema derecha brasileña y al retoño de Jair Bolsonaro, sino que logro hacerle frente a la dictadura de los algoritmos, a Meta, a la presión de los tecno oligarcas, al lobby israelí evangelista y al círculo empresarial y mediático de la derecha, amparada como no en un cerco intervencionista que ha estado operando en el continente desde la segunda presidencia de Donald Trump y que el pasado 25 de octubre se chocaron contra un muro de contención.
Y es que, a decir verdad, en un principio parecería que sería otra derrota de la esfera progresista. Pese a lo que algunas encuestas auguraban, el pasado 4 de octubre Flávio Bolsonaro lideró sorpresivamente en la primera vuelta con el 47.03% de los votos contra el 45.16% de Lula, marcando una distancia de 2.2 millones de votos. La abstención alcanzó un récord de 21.08%. Eso sí, durante la segunda vuelta Lula revirtió la tendencia, marcando así un hito inédito en la historia de Brasil, donde nadie había remontado un segundo puesto tras la primera vuelta. Esto, gracias a una agresiva estrategia de movilización de los abstencionistas y un fuerte lenguaje enfocado en la clase trabajadora. Para sorpresa de nadie, el bolsonarismo desconoció los resultados y, a la hora de redactarse esta columna, se desconoce el paradero de su líder.
Pese a que el gobierno de Lula consolidó buenos indicadores macroeconómicos (baja inflación, disminución del desempleo y reducción de la pobreza), enfrentó un grave descontento en los sectores de menores ingresos. El alto costo de la vida y el severo endeudamiento de las familias humildes empujaron a muchos a votar por Bolsonaro en primera vuelta o a abstenerse. Lula reaccionó para el balotaje con medidas directas de corte social: adelantó pagos del programa Bolsa Família y capitalizó políticamente la aprobación de la ley que reduce la semana laboral de 6 a 5 días. Incluso llegó a emprender acciones osadas como el prohibir las apuestas deportivas, una de las fuentes de ingreso más grandes de la industria futbolística brasileña y una de las principales causas de ludopatía en el país.
Eso sí, aunque Lula ganó el Ejecutivo, el verdadero triunfador a nivel legislativo fue el bolsonarismo. El Partido Liberal (PL) de Bolsonaro y las coaliciones aliadas de centroderecha conquistaron mayorías absolutas en el Congreso (con 28 senadores y 121 diputados) y ganaron las gobernaciones de los estados más ricos y poblados, como Río de Janeiro, Paraná y Rio Grande do Sul. Lula tendrá un margen de gobernabilidad extremadamente estrecho, obligado a negociar cada ley con un parlamento hostil. Como líder de la mayor economía de Sudamérica y pieza central de los BRICS, la continuidad de Lula consolida la influencia comercial de China en la región y preserva la autonomía diplomática de América Latina, siendo el último bastión junto con Uruguay de la soberanía política en la región y que augura, en el mejor de los casos, una nueva corriente progresista en el continente.
En ese sentido, si tuviéramos que hablar del artífice y estratega digital detrás de la remontada de Lula da Silva, tendríamos que referirnos al diputado e influencer André Janones, calificado por el propio mandatario en su discurso de victoria como "nuestro general" de las redes sociales. Janones, un abogado de 42 años y excobrador de autobuses, transformó radicalmente la comunicación tradicional y estructurada del Partido de los Trabajadores (PT) mediante una agresiva estrategia conocida en Brasil como el "janonismo". Una de sus principales acciones fue la creación de un canal masivo que pasó de unos miles de seguidores a casi 11 millones de suscriptores, denominado “Ejército de Lula” para el día de la votación.
La estrategia de Janones atrás la estética institucional y pulida e impuso un formato de videos estilo selfie, transmisiones en vivo rústicas y lenguaje directo y combativo orientado a romper el dominio histórico que la derecha brasileña tenía en el ecosistema digital. En lugar de hacer una campaña pasiva, Janones ordenaba a su "ejército" buscar términos específicos en Google (como "Bolsonaro milicia"). Esto alteraba las tendencias de los motores de búsqueda, logrando que los escándalos de Flávio Bolsonaro ganaran visibilidad de manera orgánica e inmediata frente a la opinión pública. Un ejemplo que no solamente rompió la supremacía que la derecha había logrado en redes sociales, sino que servirá como modelo a las sucesivas campañas electorales.
Y es que Lula ha sido parte esencial de las dos olas de gobiernos progresistas que irrumpieron en América Latina y que, para bien o para mal, con sus errores y virtudes, han marcado el derrotero de la política en nuestro continente. En esa primera ola progresista representada históricamente por el llamado bloque bolivariano y movimientos de base estructurados en torno al liderazgo carismático y la refundación constitucional, como en la Venezuela con Hugo Chávez, Bolivia con Evo Morales o Ecuador con Rafael Correa. Dichos gobiernos, algunos de los cuales tuvieron una relativa continuidad y un constante acoso por los poderes económicos, buscaron una ruptura fuerte con el Consenso de Washington, alta intervención estatal y fuerte discurso antiimperialista. El caso de Venezuela lamentablemente degeneró con los años hasta convertirse en una dictadura que generó una de las diásporas más grandes de venezolanos y que hace poco fue bombardeada por Estados Unidos, entregando en el camino toda su soberanía petrolera y dejando al mando a lo peor del chavismo.
Eso sí, Lula quizás estaría más cerca de los gobiernos del kirchnerismo en Argentina y el Frente Amplio en Uruguay. Ambos con una fuerte apuesta por la inclusión social y la reducción de la pobreza a través del crecimiento económico y la alianza con sectores moderados, sin desarticular por completo los mercados financieros o las instituciones capitalistas. Su liderazgo, cuya continuidad se vería reflejada en Dilma Rousseff, se vio opacado por intentos de golpismo y por su encarcelamiento, fruto de una amplia operación de lawfare judicial a cargo del prevaricador y politizado juez Sergio Moro, el mismo que, oh sorpresa, terminaría de ministro de Jair Bolsonaro y que aportaría a su heredero en esta última contienda electoral. Actualmente, el reelecto presidente no tiene procesos penales activos ni condenas vigentes en su contra, ya que todas las sentencias de la operación Lava Jato y el caso Odebrecht que pesaban sobre él fueron anuladas o archivadas por la justicia brasileña en años anteriores, restituyendo por completo sus derechos políticos.
La ultima corriente de gobiernos progresistas de los ultimos años estuvo vinculada a las revueltas populares y de los nuevos actores como son los indígenas, ambientalistas, feministas o coaliciones urbanas contemporáneas como las de México con Claudia Sheinbaum, heredera del gobierno de Andres Manuel López Obrador (AMLO), Chile con Gabriel Boric o Colombia con Gustavo Petro, los mismos que se han enfrentado con los límites del extractivismo tradicional y combinan agendas de derechos civiles, transición ecológica y democratización frente a los ciclos de desgaste o reacciones conservadoras, las mismas que han vuelto en los últimos años con sendas victorias electorales. Si hay una cosa en común en todas estas coyunturas y olas progresistas, fue la presencia de Lula en cada una de ellas, lo que nos habla de una necesidad de renovación y la existencia de una nueva ola de gobiernos que pueda responder a las necesidades actuales del continente.









Comentarios
Comparte tu opinión de manera respetuosa.
Inicia sesión para dejar un comentario.