Todos hemos imaginado, en algún momento, el final de nuestros días y la destrucción de la Tierra. Bradbury, en su novela Crónicas marcianas, expone el espíritu destructor de los humanos, los cuales logran conquistar Marte y liquidan a toda la especie marciana. Al final de la historia, en Marte se relatan noticias sobre la posible destrucción de la Tierra por el accionar destructivo del ser humano. Este, se dice, destruye su hábitat mediante guerras oportunistas y mezquinas. Obviamente, Bradbury no repara en la concepción clasista, pues las élites gobernantes son las que desatan las guerras más funestas de la historia de la humanidad. De esta manera, el escritor norteamericano sucumbe en el pesimismo, pues concibe un futuro siniestro para la humanidad y otorga bastante crédito a las concepciones filosóficas que conciben al hombre como malo por naturaleza, establecidas en textos de Maquiavelo y Hobbes. Por eso mismo, desde un principio, la novela expresa o transpira una nostalgia casi apabullante. Nostálgica resulta la invasión humana de Marte; nostálgico y trágico el desenlace, pues la Tierra está a punto de desaparecer. Incluso, los que se han refugiado en Marte no son seres humanos, sino marcianos que fueron a visitar la Tierra, disfrazados o metamorfoseados en seres humanos, pero retornan a su planeta porque se asustaron al contemplar tanta maldad y autodestrucción impregnadas en el espíritu de los hombres. Son Marcianos, básicamente aislados en el planeta rojo, esperando a una familia más, pero con el sueño de no volver a ver a ningún humano o terrícola, pues solo así creen en la posible supervivencia armónica.
«—Estamos solos. Nosotros y algunos más que llegarán dentro de unos días. Somos bastantes para empezar de nuevo. Bastantes para volver la espalda a la Tierra y emprender un nuevo camino…»
Lo postulado en la novela encontraría un parangón con el naturalismo, pues presupone la maldad y la degradación de toda la sociedad o la especie humana a partir de la degradación de las élites gobernantes. En ese sentido, dista mucho de lo planteado por el físico Stephen Hawking, quien señaló que la ambición y la concentración de riquezas en unas pocas manos dentro del sistema capitalista podrían provocar una hecatombe y, por ende, un apocalipsis social y ambiental. Sin embargo, esa nostalgia final, incierta e insólita en Crónicas marcianas estremece al lector, lo vuelca a filosofar e incita a reflexionar sobre sus acciones, a empezar a cuestionarse por qué podría terminarse la vida humana y, sobre todo, si en verdad deberíamos seguir sobreviviendo en este mundo. Como preguntó Jorge Luis Borges en el prólogo a una de las ediciones: «¿Qué ha hecho este hombre de Illinois, me pregunto, al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me llenen de terror y de soledad?». La respuesta parece ser sencilla: ese terror y la soledad la evocan el instinto destructor del hombre, quien, como dijera Dostoyevski en su Memorias del subsuelo, parece destinar toda su obra a demostrar que no es una simple tecla de piano. El propio Borges afirma el tono épico que debió haber poseído la novela, pero Bradbury se inclina más a dotarle de un tono elegiaco.
El autor persiste en la crítica hacia el lado inhumano de los humanos hasta en los diálogos:
«—¿No puede reconocer lo humano en lo inhumano?
—Reconozco más fácilmente lo inhumano en lo humano».
Cuando todo parece hundirse en el fatalismo se abre una puertecilla por donde ingresa la luz.
«…su amor hubiese iluminado una docena de mundos y espantado a la cara oscura de la Tierra hasta precipitar el alba, o eso pensó».
Se presenta ante el lector la incitación implícita e indirecta ejercida por Bradbury hacia los hombres reales, esos hombres que leemos su novela con cierto ímpetu y dolor. El narrador nos hace meditar en la belleza de la existencia, en el amor que se prodigan y podrían proporcionarse los humanos, en el sentido de aquello que parece absurdo, en la grandeza de la tierra y en lo valioso que resulta explorar la vida en su plenitud. Es decir, nos invita a reflexionar en lo valioso que perderemos si continuamos desmoronando el mundo por ambiciones y egoísmos, pues también somos cómplices con nuestro conformismo o nuestra inacción de la próxima hecatombe.









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