Personalización y fortaleza institucional en el Banco Central de Reserva.
El reciente proceso electoral en el Perú nos regaló una de las puestas en escena más desternillantes y patéticas del debate político nacional: la desesperación de la clase dirigente por convertir al presidente del Banco Central de Reserva, Julio Velarde, en el fetiche supremo y la única línea de defensa contra el abismo económico. Ver a los candidatos presidenciales, con agendas programáticas que caben en una servilleta, disputarse en televisión el derecho de retener o condicionar la permanencia de un solo funcionario, como si la estabilidad de la nación dependiera de un pacto místico con una sola persona, fue el detonante perfecto para plantear una reflexión sobre nuestra endémica inmadurez política. Va por delante un deslinde categórico para evitar equívocos: nadie en su sano juicio osaría restar un ápice de mérito a la indiscutible capacidad, la impecable trayectoria y los notables resultados que Velarde ha acumulado en dos décadas al frente del BCRP; negar su solvencia técnica sería una necedad de proporciones monumentales. Lo que resulta verdaderamente irónico, y sumamente preocupante desde la teoría de las organizaciones, es la propensión de nuestros políticos a personalizar los éxitos estatales. Esta pereza intelectual asume que la salud de nuestra moneda es un milagro individual y no el resultado de un diseño institucional robusto, invisibilizando de un plumazo al ejército de profesionales anónimos que, en la realidad mundana de los escritorios, sostienen el aparato monetario mientras la fauna política se dedica a su deporte favorito de incendiar el país.
Esta entrañable necesidad de la clase política de encontrar un mesías tecnocrático para tapar sus propias vergüenzas no es un invento de nuestra ingeniosa fauna local. La historia económica internacional ya ha demostrado las consecuencias de que los mercados y los gobiernos pretendan que una institución compleja quepa entera en el prestigio de un solo hombre. El espejo más nítido lo encontramos en los Estados Unidos con la edificación de Alan Greenspan, quien gobernó la Reserva Federal durante 18 años, de 1987 a 2006, y falleció hace apenas unas semanas a los 100 años. Al igual que ocurrió en nuestro reciente debate público, la figura de Greenspan fue ungida por el poder político como la del "Maestro" infalible, un oráculo viviente cuya sola presencia bastaba para calmar las aguas globales. La consecuencia de este idilio místico fue el adormecimiento de la autocrítica en los pasadizos de Washington: cuando al "Maestro" se le ocurrió mantener las tasas de interés artificialmente bajas, la reverencia política impidió que se cuestionaran los riesgos. Incluso académicos de Princeton, en un documento de 2005 publicado meses antes de su jubilación, elogiaron su gestión, pero advirtieron sobre lo que llamaron "la extrema personalización de la política monetaria", cercana a un culto a la personalidad. Como analiza Stiglitz (2010) al desmenuzar el colapso de la crisis subprime, esa personalización extrema indujo una complacencia colectiva donde el entorno político abdicó del rigor analítico, asumiendo que el líder lo tenía todo controlado. Cuando Greenspan se retiró en 2006 en loor de multitud, la realidad demostró que cuando la confianza del sistema se ancla en el misticismo de un individuo y no en la predictibilidad de los procesos, el despertar de la fantasía política suele costar muy caro.
Este paralelismo histórico pone bajo la lupa los riesgos que Kahneman (2011) asocia al sesgo de autoridad en la toma de decisiones complejas, donde la comodidad política de apoyarse en un líder percibido como insustituible anula los incentivos para debatir las reformas estructurales de fondo. En el ecosistema peruano, la narrativa de que el BCRP sufriría una muerte súbita si su presidente decide finalmente disfrutar de su jubilación resulta un insulto involuntario a la propia entidad. Quienes defienden este pánico colectivo parecen ignorar convenientemente que el banco central posee la línea de carrera tecnocrática más rigurosa, meritocrática y blindada contra la contaminación política de todo el aparato estatal. Este oasis burocrático no funciona por arte de magia, sino por un sistema de filtros casi espartano cuyo pilar es el histórico Curso de Extensión Universitaria. Por esas aulas pasan cada año las mentes más brillantes de la economía nacional, un cuerpo de élite que luego ocupa las gerencias clave, diseña los modelos econométricos de proyección de inflación, calibra los encajes bancarios y gestiona las reservas internacionales con una precisión que ya quisieran para sí los ministerios que los políticos se reparten como botín de guerra. Las propias Reservas Internacionales Netas (RIN) superaron por primera vez en la historia los US$ 100 mil millones el 10 de abril de 2026, situándose en US$ 100,037 millones, según el Resumen Informativo Semanal del propio BCRP y confirmado por su nota informativa oficial. Un nivel equivalente al 28% del PBI, el más alto entre las principales economías de América Latina. Eso no es obra de un hombre. Es obra de una institución.
Sostener, entonces, que la estabilidad del sol se esfumaría si cambia la tripulación en el puente de mando es declarar, desde la tribuna política, que el BCRP ha fracasado como institución en las últimas dos décadas al ser incapaz de generar cuadros de relevo aptos para timonear la nave. Lo cual es manifiestamente falso. El propio Velarde, en declaraciones recientes a Bloomberg, señaló que ya habría dos nombres dentro de la institución con capacidad para sucederlo: Adrián Armas, economista jefe, y Paul Castillo, gerente general. Dicho en otras palabras, el relevo existe, está preparado y vive dentro de la misma casa. Como advierte Fukuyama (2013) al definir la verdadera autonomía burocrática, la madurez de una agencia pública se demuestra cuando sus criterios de idoneidad y sus mecanismos de toma de decisiones están tan profundamente institucionalizados que el relevo de su máxima autoridad pasa de ser un drama shakesperiano a un evento predecible, ordenado y técnico. Seguir alimentando la fábula del salvador macroeconómico solo consuela la mediocridad de una clase política incapaz de construir mérito en el resto del Estado, prefiriendo rezarle a la estabilidad del BCRP en lugar de asumir la tarea de profesionalizar el servicio civil de la república.
La estabilidad económica es el éxito de un sistema impersonal, riguroso y colectivo, sostenido por una tecnocracia que no necesita de ningún mesías para seguir funcionando. Va siendo hora de que el debate público madure, deje de buscar escudos individuales para ocultar la precariedad de sus propuestas y empiece a reconocer el valor de las instituciones vivas. Porque los gobernantes pasan, las maquetas se llenan de fotos, y los candidatos cambian de posición sobre Velarde según el resultado de la última encuesta. Las reglas del juego, en cambio, son lo único que nos separa del abismo. Todo está escrito, lo que falta es recordarlo.









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