Hoy ya no se enseña como antes. La docencia demanda vocación de servicio y estudio. La gran responsabilidad del docente es generar confianza en el estudiante, cuestionar con argumento y evidencia, defender la verdad, ejercer el pensamiento crítico y leer por convicción académica. Admiro al docente que enseña a desafiar el statu quo y afirmaciones impuestas, cómo pensar y debatir ideas. Soy un docente con larguísimos años trajinados en la enseñanza. Jamás olvidaré la imputación de un muchacho de 15 años: “Lo hago responsable de que yo sea abogado”. Se graduó en la universidad de abogado con honores, primer puesto y nota sobresaliente. Enseñé a su esposa y a sus tres hijos. Cuando culminó el tercer hijo la secundaria, le dije sonriendo: “Ya no me alcanzará edad para enseñar a tus nietos”. Hace 36 años empecé el ejercicio de la pedagogía con responsabilidad social y ética para educar ciudadanos. La educación es la formación integral del estudiante, que sea capaz de enfrentarse y confrontarse a sí mismo, a la vida y sus circunstancias con autonomía, competencia y resiliencia. Una derrota o un desliz no es el fin del mundo. Para mí es un privilegio enseñar a adolescentes y, por una temporada, a jóvenes universitarios. La decisión de ser docente fue la más importante a los 17 años. Yo sería un desperdicio si hubiera elegido otra carrera profesional. Jamás hubiera sentido la gratitud y el aprecio de un estudiante. Hoy el docente tiene al frente a las redes sociales y la IA, con quienes se disputa la atención, intereses y necesidades de los estudiantes. Es encomiable la experticia del docente para enseñar, conseguir que los estudiantes aprendan y logren competencias y conocimientos. El docente impulsa ciudadanía y carácter de los estudiantes, les abre caminos y oportunidades.
El maestro merece respeto, valoración y consideración de la comunidad educativa. Los agasajos, discursos de admiración y gratitud y regalos son la fotografía de la ocasión. No hay que olvidar que la máxima autoridad en el aula, durante el trabajo pedagógico, es el docente. La autoridad del docente se basa en cinco ejes: el alto desempeño pedagógico, la gestión de la disciplina positiva, el interés del estudiante, las normas de convivencia y el buen trato recíproco. Trata a los demás como quieres que te traten. Empatía pura. La preparación académica y pedagógica del docente le permite, técnicamente, trabajar con propósito y responsabilidad con niños y adolescentes. Los estudiantes están protegidos por las normas técnicas del Minedu y la ley. No se admite el maltrato físico ni de cualquier otra índole. El castigo en la escuela es una práctica ilegal y anacrónica. En esos casos se activan ipso facto los protocolos de la RM N° 383-2025-Minedu y el DS N° 004-2018-Minedu. No existen medidas restrictivas, punitivas, sancionadoras ni expulsiones ni retiro coercitivo de la IE. Los siete protocolos contemplan la protección física, psicológica y emocional de los estudiantes. Sin embargo, en ningún renglón del documento ministerial se considera qué hacer cuando la agresión y el maltrato vienen del padre de familia o del estudiante. La salvedad es que esté escrito explícitamente en el Reglamento Interno. ¿Qué se debe hacer? ¿Debe permanecer un estudiante que maltrata o ejerce violencia en la IE? Si hay un Departamento de Psicología se hace el abordaje oportuno y pertinente. Siempre tendrá que primar el “interés superior del niño y del adolescente”. La prevención y la sensibilización sobre la necesidad imperativa de respeto mutuo y convivencia saludable en la IE pueden evitar estos sinsabores. Excepto que sea una amenaza para el docente, el estudiante puede ser trasladado a otra aula y el docente actuar con madurez emocional y firmeza profesional. Sin duda, se implementarán medidas reparadoras y formativas. La ley debe también proteger al docente de la violencia escolar. En ese sentido, es necesario fomentar el respeto de actitud y normas de convivencia en la familia para reforzarlos en la IE. El respeto al docente no es negociable, incluso si se trata de II. EE privadas. El pago de una pensión o adquirir el derecho al servicio educativo gratuito del Estado no da licencia para vulnerar la integridad del docente. Antaño el docente era visto como un profesional de respeto, admiración y actitud firme de autoridad. Esto aún es una tarea pendiente. La injusticia se filtra de perfil por donde hay una hendidura.
No sé de dónde me vino la vocación por la docencia. Soy hijo de chofer y ama de casa. Ese oficio hecho de paciencia y sabiduría para enseñar y compartir solidariamente lo que se sabe. Quizá vi a mis maestros de primaria y algunos de secundaria. Enseñar es el arte de aprender mutuamente. Lo que sí debo afirmar categóricamente es que no elegí ser docente por frustración profesional. El maestro no da el pescado, sino enseña al discípulo a pescar con su propio esfuerzo, ritmo y estilo. La enseñanza es un diálogo socrático: uno saca con cucharita lo que sabe el otro (saberes previos), luego se produce el intercambio de pareceres (debate democrático), finalmente, la conclusión (retroalimentación). Se cumple que “solo sé que nada sé”. Que yo sepa o conozca, en 1982, nadie en mi familia era docente. En mi barrio había dos: uno de la Unheval y otro de la escuela normal Marcos Durán Martel. Trabajaban lejos de la ciudad, en pueblos recónditos de Huánuco; regresaban mensualmente a cobrar su sueldo, que, en esos años, no era atractivo. Soy docente, lo seré hasta el último día de mi existencia. Cuando camino por las calles de la ciudad, me saludan: “Profesor, buenos días o buenas tardes”. A veces bromean amablemente: “Para usted no pasa el tiempo. ¿Se remoja en formol?” Siempre he creído que la docencia no debe ignorar las innovaciones pedagógicas, el entrenamiento académico, los intereses de los estudiantes y las condiciones de aprendizaje con soporte emocional. La IA no es novedad, sino herramienta efectiva que llegó para quedarse hasta que culmine el siglo XXI. La práctica pedagógica es perfectible y se consolida con la experiencia, el tiempo, el ensayo-error y la lectura.
El problema del docente no es salarial, sino el desempeño eficiente en el aula y el logro de los aprendizajes de los estudiantes. Un docente es efectivo por la práctica pedagógica responsable y ajustada a la planificación y el desempeño. Hoy el docente gana más que antes, pero tiene que estudiar, ser evaluado periódicamente, investigar, publicar artículos científicos. La meritocracia es el termómetro para saber si el docente está en condiciones de ascender o quedarse estancado en una escala magisterial. En hora buena elegí ser docente. Siempre he llegado al aula feliz, con la clase preparada, con una novedad política o cultural. He fomentado la lectura y el pensamiento crítico incansablemente. Los estudiantes no recuerdan las clases, pero sí los libros que leyeron. Mi primera clase fue en una academia preuniversitaria con 120 estudiantes, en la antigua facultad de ciencias económicas, en el Jr. Dos de Mayo; tenía 18 años. Era la Losada y Puga de Luis Díaz Marconi. Desde ese entonces soy docente con vocación de servicio; mil veces volvería a ser docente.









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