Arlindo Luciano Guillermo
Bryce tuvo amigos y lectores con quienes ha conectado incondicionalmente. No he sido un lector apasionado ni recurrente de Alfredo Bryce Echenique, pero leí lo suficiente para darme cuenta de la relevancia y trascendencia de su literatura que empezó con Un mundo para Julius en 1970. Escribió novelas, cuentos, memorias y crónicas periodísticas. Muertos Miguel Gutiérrez, Oswaldo Reinoso, Manuel Scorza, Julio Ramón Ribeyro y Mario Vargas Llosa, solo quedaba vivo Bryce, que falleció a los 87 años. Recuerdo que mi padre me regaló No me esperen en abril por mi cumpleaños 29. El País informó así: “Muere Alfredo Bryce Echenique, escritor vitalista y gigante de las letras latinoamericanas”. La carrera novelística de Bryce es posterior al boom de la novela latinoamericana. Cien años de soledad, La ciudad y los perros, Rayuela y La muerte de Artemio Cruz eran novelas célebres, elogiadas por la crítica literaria, totales, de artificios y sofisticación técnica, de gran lectoría. Bryce hace su incursión en la literatura con un personaje muy singular: el niño Julius que pertenece a una familia oligárquica en decadencia. En 1972, le dijo Bryce a Hildebrandt: “Yo no creo ser un novelista: soy un contador de historias. Si yo pudiera usar el micrófono, hablaría y no escribiría”. Polémico, provocador, conversador empedernido, bebedor compulsivo, amigo de Joaquín Sabina, le dijo a La Razón (Madrid), en 2001: “No puedo vivir en el Perú porque abro la ventana y respiro a mierda”. Bryce escribía para que sus amigos lo quieran; así fue hasta su deceso.
Bryce y Vargas Llosa son polos opuestos. Ambos escribieron novelas apreciables que solo los lectores aficionados y expertos y el tiempo se encargarán de darle vigencia, frescura y eternidad. Bryce dejó de respirar el aire enrarecido de Lima, esa Lima del bisabuelo José Rufino Echenique, cuyo gobierno tenía uñas largas, que el bisnieto no tenía por qué asumir el pasivo moral ni histórico. Alfredo Bryce no fue escritor monumental ni planetario, sino uno de talla considerable, admirable. No recibió el premio Cervantes, estuvo lejísimo del Nobel. Sus novelas abarcaron el ámbito personal y circunstancial, no ambicionó la novela total ni asimiló a la sociedad y sus avatares: poder, libertad, integración cultural y disputas políticas. La nostalgia febril de Bryce no se comparó con la imperiosa necesidad de frisos de historia y personajes poderosos, lucha contra la tiranía y el autoritarismo. Es una diferencia sustancial entre Bryce y Vargas Llosa. Esta percepción puede cambiar si la cotejamos con la versión de los críticos literarios especializados y el marketing editorial. No debe haber sido fácil para Bryce elegir a un niño para contar una historia familiar y social. Es inolvidable el inicio de la novela: “Julius nació en un palacio de la avenida Salaverry, frente al antiguo hipódromo de San Felipe; un palacio con cocheras, jardines, piscina, pequeño huerto donde a los dos años se perdía y lo encontraban siempre parado de espaldas, mirando, por ejemplo, una flor; con departamentos para la servidumbre, como un lunar de carne en el rostro más bello, hasta con una carroza que usó tu bisabuelo, Julius, cuando era presidente de la república, ¡cuidado!, no lo toques, está llena de telarañas, y él, de espalda a su mamá, que era linda, tratando de alcanzar la manija de la puerta”.
Amor, amistad, humor, lenguaje coloquial, Julius, Martín Romaña, Pedro Balbuena, Manongo Sterne, Carlitos Alegre di Lucca, Fernanda María de la Trinidad del Monte Montes y Max Gutiérrez son hechuras de Alfredo Bryce Echenique. Escribió las novelas La vida exagerada de Martín Romaña, El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz, Tantas veces Pedro, Reo de nocturnidad, No me esperen en abril, El huerto de mi amada, La amigdalitis de Tarzán, Huerto cerrado, La felicidad ja ja. Guía triste de París. Sus antimemorias son ricas en vivencias personales: Permiso para vivir, Permiso para sentir y Permiso para retirarme. Un mundo para Julius coincide con la publicación de Redoble por Rancas de Manuel Scorza y Conversación en La Catedral de Vargas Llosa. Estas novelas tienen sus propias particularidades temáticas, estilísticas y técnicas. Cuando aparece Un mundo para Julius, el Perú atravesaba la dictadura de Velasco; solo hacía un año que se había dado un mortal golpe político al gamonalismo del norte y de la sierra. Le otorgaron el Premio Nacional de Literatura en 1972. No me esperen en abril es la continuidad de Un mundo para Julius. Entre Julius y la niñera Vilma se establece una relación de cercanía, ternura recíproca, madre sustituta, consentidora de confesiones y engreimientos. El personaje infantil es entrañable, inolvidable y simpático. Hay una cercana analogía entre Ernesto de Los ríos profundos de Arguedas y Braulio de País de Jauja de Rivera Martínez; son niños que se desenvuelven en contextos de conflicto social y cultural. “Vilma adoraba a Julius. Sus orejotas, su pinta increíble había despertado en ella enorme cariño y un sentido del humor casi tan fino como el de la señora Susan, la madre de Julius, a quien la servidumbre criticaba un poco últimamente porque diario salía de noche y no regresaba hasta las mil y quinientas”.
Bryce aprendió el humor hilarante y pícaro de Quevedo; de Cervantes, la ironía inteligente y serena. Leí a Bryce después de Ribeyro y Vargas Llosa. No perdí de vista a ese niño que, con ojos escrutadores, incursiones y juegos inocentes, constataba que el Country Club y la familia oligárquica habían acabado. No discrimina a los sirvientes (cocinera, jardinero, chofer, nodriza). Oralidad y humor son rasgos notables en la narrativa de Bryce. Más allá de los defectos y exabruptos personales, Bryce deja un gran legado literario, vocación íntegra a la escritura, historias y personajes. Reproduzco la carta de Alonso Cueto, gran amigo de Bryce: “Querido Alfredo: el hecho de que hayas partido esta semana no debe ser un obstáculo para que sigas conversando con tus amigos y tus lectores. En realidad, sabemos que los ponías en ese altar barroco de los afectos que ha sido tu vida y tu obra. La amistad para ti era un culto. Sobre ti podría decirse lo mismo que decía Julius sobre Vilma, Arminda y Berta y otros sirvientes del palacio en Un Mundo para Julius: “Qué bárbaros para querer”. Sí, creo que ese podría ser un modo de referirse a todos tus personajes y a ti mismo, a lo largo de tu vida” (El Comercio, 14-3-2026). La historia de los plagios fue una pelusa en el saco elegante de Bryce, no le restó un dígito a su brillante carrera literaria. Joaquín Sabina le escribió un soneto in memoriam: “El country Club sin Bryce y sin Alfredo / portandísimo pésimo conmigo / multiplica la ausencia del amigo / que ve tan doble como mis quevedos. / Chabuco de los húmeros mal quedos / que ponen a Vallejo por testigo / del huayno, de las quenas, del ombligo / de mis amaneceres, de tus miedos. / Le falta sal a Lima cuando bajo / al bar y no me esperas en tu silla / y el cielo es una mancha del carajo. / Y el corazón en solfa bastardilla / y dos pájaros tristes sin trabajo / y un manco de Lepanto en cada orilla”. Bryce murió, pero quedan sus libros y su estilo de vivir feliz.







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