El combate entre la paloma y el águila estaba por empezar. La tierra de los mapuches se teñiría de sangre; Caupolicán hubiera querido no morir. En Santiago de Chile y otras ciudades, se cantaba El pueblo unido jamás será vencido y Venceremos; auge de la Nueva Canción Chilena, Víctor Jara, Quilapayún, Inti-Illimani, Illapu. Salvador Allende, en 1964, no fue electo, pero sí en 1970, presidente de Chile. La Unidad Popular, conglomerado ideológico de izquierda, llegó al poder, el primero en América Latina. Sin embargo, no duró mucho tiempo, solo mil días. El 11 de setiembre de 1973, Allende fue derrocado salvajemente por militares, carabineros, ultraderecha, socialdemocracia y la CIA de Nixon y Kissinger. Allende rechazó el exilio y defendió la elección del pueblo. La escritora Isabel Allende tuvo que abandonar urgentemente Chile. El contexto del golpe de Estado está presente en su novela La casa de los espíritus. Doce días después, falleció Pablo Neruda, el 23 de setiembre de 1973; en 1971 había recibido el Premio Nobel de Literatura. Eran las décadas de las dictaduras militares: Rafael Videla (Argentina), Juan Velasco (Perú), Pinochet (Chile). Costaría mucho sacrificio ciudadano recuperar la democracia, las elecciones, la libertad y la dignidad. Salvador Allende murió en La Moneda; no huyó. Roberto Bolaño estuvo en Chile el 11 de setiembre; lo vio todo. Salvador Allende debió gobernar hasta el 3 de noviembre de 1976; se lo impidieron.
La hiena mordió la mano que le dio el pan con salchicha. Con el socialismo en camino, Salvador Allende nombró a Augusto Pinochet Ugarte, comandante y jefe del ejército, el 23 de agosto de 1973. Dieciocho días después, con total deslealtad, encabezó un golpe de Estado. La oportunidad para sus oscuros intereses estaba servida. En la lógica de Pinochet, había dos premisas: insalvable crisis social y económica y liberar a Chile del “yugo marxista”. Y así fue. Pinochet gobernó Chile con durísima tiranía durante 17 años. Solo las elecciones de 1990, lo sacarían del poder. Asume la presidencia de Chile Miguel Patricio Aylwin hasta 1994. Desde entonces, Chile ha vivido en democracia sin interrupciones ni pretensiones de reelecciones sucesivas. A veces me pregunto, cómo debe estar la conciencia de un hombre que ha sido autor directo o mediato de miles de muertes y desapariciones. ¿Pinochet habrá vivido feliz sus últimos años seniles? La sociedad chilena también vivió años de polarización por el efecto Pinochet. Como no hay sátrapa que viva un siglo, Pinochet murió a los 91 años. Gobernaba Chile Michelle Bachelet, quien no asistió a los funerales de su torturador; no hubo duelo nacional, se permitió que, en los cuarteles militares, la bandera nacional se izara a media asta y se cubriera el ataúd con la bandera chilena. Los partidarios lloraban desconsoladamente; los detractores y opositores festejaban jubilosos. Pinochet no compareció ante los tribunales para responder por los crímenes de lesa humanidad. Se fue sin pedir perdón a las víctimas; no tuvo un gesto de grandeza moral, como todos los tiranos.
La esperanza socialista y la justicia social se esfumaron. En la década del 70, Cuba era satélite de la Unión Soviética, la guerra fría seguía su rumbo, Stalin muerto. Leonid Brezhnev era presidente de la URSS. Salvador Allende no estaba alineado al estalinismo ni al comunismo; era marxista que creía en el socialismo como régimen político para resolver los problemas de Chile. La relación con Fidel Castro era ideológica, antes que una propuesta de gobierno y poder. Chile era Chile, Cuba era Cuba. Mariátegui diría: “Sin calco ni copia, sino creación heroica”. Cuando Salvador Allende, supo que quien había leído el bando, que le conminaba a abandonar La Moneda, era Augusto Pinochet, miró el cielo por la ventana abierta, tableteó con los dedos la mesa y dijo: “¡Traidores de mierda! ¡Culiados!” El hostigamiento mostraba ferocidad. Allende no era solo el ciudadano presidente, sino la institucionalidad que el pueblo le había conferido libremente, la democracia y la voluntad en las ánforas. Allende no fue guerrillero cubano ni bolchevique ruso; era un socialista y marxista latinoamericano que quiso hacer la revolución sin “ríos de sangre” ni “sacrificios inútiles”. La neutralidad de los militares trucó en la posición de la ultraderecha para derrocar un gobierno democrático. Se podría discrepar ideológicamente con el presidente Allende; él había sido elegido por el pueblo chileno. Eso se debió respetar. En la novela Tiempos recios de Vargas Llosa, se relata un hecho histórico análogo. Un golpe militar en Honduras, maquinado por los Estados Unidos, derrocó el gobierno de Jacobo Árbenz, en 1954. Árbenz y Allende compartían un cuestionamiento fanático: eran gobiernos de orientación marxista con alto riesgo geopolítico en América Latina; al comunismo había que erradicarlo.
A Allende lo atacaron con férrea oposición, conspiraciones y sabotajes. Había empezado la reforma agraria e industrial. Cuando llegó el turno de la nacionalización del cobre, se erizaron los intereses económicos y políticos. No lo permitirían la ultraderecha ni la CIA. Así que se urdió el plan de derrocamiento que culminó el 11 de setiembre de 1973 y Salvador Allende muerto en el palacio de gobierno La Moneda. Luego vendría la brutal represión. Víctor Jara fue asesinado salvajemente en el Estadio Nacional de Santiago. En 1970, dijo ante una multitud que coreaba su apellido de tres sílabas: “Junto a mí, el pueblo entra a La Moneda”. No se necesitaron lucha armada ni guerrilleros. Había triunfado democráticamente el voto popular. El presidente Allende, marxista, fue una amenaza flagrante. Allende se quedó solo, sin camaradas ni militantes de la Unidad Popular. Se enfrentó, como un coloso gigante, a los militares golpistas. Sucumbió ante el fuego asesino. La Constitución, las leyes electorales y el voto popular se tiraron al tacho.
El deber social de un ciudadano es defender la democracia, la libertad, la pluralidad y las oportunidades. Siempre se debe tener presente la memoria histórica, ese mecanismo antropológico y colectivo que consiste en no olvidar, a modo de alerta y advertencia, lo que fuimos y no hicimos, lo que dejamos de hacer e hicimos mal, pero que existe la posibilidad de mejorar y no repetir las experiencias del pasado. En pleno siglo XXI, es impensable la instauración de dictaduras y gobiernos autoritarios. La autonomía de las instituciones del Estado garantiza independencia de decisiones. Los regímenes despóticos estrangulan los derechos civiles. La instauración del paraíso en la Tierra, por obra del comunismo o el liberalismo, es una utopía. Se construye democracia, justicia social y bienestar con la voluntad de los ciudadanos, el liderazgo de autoridades elegidas, vigilancia civil, libertad de expresión, libre de censura y polarización ideológica. La memoria histórica, el pensamiento crítico y las decisiones responsables son antídotos contra el abuso del poder político, autoritarismos solapados, reincidencia de hechos funestos y trágicos.








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