Irak se ve nuevamente arrastrado a un conflicto regional con ataques que ya suman más de 50 víctimas en un mes, mientras las milicias proiraníes intensifican su lucha contra EE. UU., desafiando la soberanía de Bagdad.
Desde el 28 de febrero, Irak ha sido escenario de una nueva escalada bélica, con milicias proiraníes lanzando misiles y drones contra intereses estadounidenses, en respuesta a ofensivas conjuntas entre EE. UU. e Israel contra Irán. Esta intensificación se produce 21 años después de la invasión de 2003, en un país con una población de aproximadamente 43 millones de habitantes.
Según la investigación publicada por EL PAÍS, el conflicto que atraviesa Irak es un reflejo de tensiones históricas y una lucha por la soberanía, donde facciones armadas con distintas lealtades complican la estabilidad de una nación rica en petróleo pero marcada por décadas de guerra y una reconstrucción precaria.
La escalada se cobra más de 50 vidas en Irak y tensa la región.
La reciente ofensiva conjunta de Estados Unidos e Israel contra Irán, iniciada el pasado 28 de febrero, ha reavivado las llamas del conflicto en Irak. Ciudades como Faluya y Mosul, que una vez fueron sinónimo de la brutal resistencia contra los marines estadounidenses en 2003 y del auge del Estado Islámico (ISIS) en 2014, respectivamente, han vuelto a ser objetivos de drones y misiles. Esta nueva contienda ha provocado la pérdida de al menos 52 hombres de las Fuerzas de Movilización Populares (FMP) y ha tensado las relaciones con Bagdad, especialmente tras un ataque de un caza estadounidense en la base de Hannabiya, en la región occidental de Ámbar, que la semana pasada mató a siete soldados iraquíes e hirió a otros 23. Ante la creciente inestabilidad, la OTAN anunció el 20 de marzo la evacuación de su personal militar, que desde 2016 entrenaba a las fuerzas de seguridad iraquíes y a las propias FMP, dejando un vacío en la ya compleja estructura militar iraquí que cuenta con unos 400.000 uniformados en el ejército regular y 170.000 en las FMP.
¿Son las FMP leales a Bagdad o peones de Irán en el tablero regional?
Mohamad Adnan, un enlace de las FMP en la treintena, expresa una profunda indignación, señalando a "América" como el originador del conflicto. Adnan, como muchos en las Hashd al Shaabi (FMP), defiende su organización como una entidad que depende directamente de la oficina del primer ministro iraquí y que sigue sus órdenes. Recalca que los países occidentales y la OTAN deberían estar agradecidos por los estimados 5.000 "mártires" que las FMP entregaron en la lucha crucial contra el ISIS entre 2014 y 2017. Argumenta vehementemente: "No digan que somos agentes de Irán. Luchamos por nuestro país. No en Siria, ni en Turquía, ni hemos atacado a ningún país". Sin embargo, no olvida que fue Irán el primero en acudir en su ayuda con armas y asesores en 2014, destacando la profunda conexión transfronteriza a lo largo de los 1.400 kilómetros de frontera compartida, una relación que Washington insiste en calificar de "proiraní" para justificar su presión sobre Bagdad.
Un país forjado en la invasión y el yihadismo.
La actual complejidad de Irak hunde sus raíces en la invasión de 2003 que derrocó a Sadam Husein tras casi 30 años en el poder, dejando un vacío de poder que generó un nuevo sistema político dominado por partidos chiíes. Una década después, en junio de 2014, el auge del yihadismo con ISIS y la proclamación del califato por Abu Bakr al Baghdadi en Mosul, provocó una crisis existencial. Fue entonces, tan solo tres días después de la caída de Mosul, cuando la histórica fatua defensiva del gran ayatolá Ali al Sistani, la máxima autoridad religiosa de Nayaf, movilizó a decenas de miles de voluntarios, dando origen a las FMP, un paraguas que hoy alberga a unas 80 milicias y que se considera la fuerza principal que detuvo el avance del califato cuando el ejército iraquí se desmoronó.
¿Puede el gobierno iraquí controlar a sus propios ejércitos paralelos?
La cohabitación de un ejército regular y las FMP genera una paradoja. Oficialmente, nadie explica por qué mantener dos ejércitos cuando la amenaza del ISIS es residual, con FMP asumiendo tareas de seguridad, reconstrucción o lucha contra el tráfico de drogas en un país que se ha convertido en consumidor de opio y metanfetaminas. Extraoficialmente, la existencia de las Hashd se explica por el factor religioso chií, que las une como una fuerza paralela que ha llegado al poder político. Sin embargo, el problema se agrava con la existencia de "facciones de la resistencia islámica" como Al Nujabá, Kataeb Hezbolá y Kataeb al Shuhadá. Estas facciones, que se declaran "independientes en el liderazgo, la gestión y la financiación" y obedecen a clérigos, no a políticos, han asumido la autoría de los ataques con drones y misiles contra bases e intereses norteamericanos, incluso fuera del territorio nacional, en Siria y Kuwait. La confusión se acrecienta porque algunas de estas brigadas de la resistencia también forman parte de las FMP, como la brigada 12 de Al Nujabá. Esta situación ha llevado a incidentes como el secuestro de la periodista estadounidense Shelly Kittleson por Kataeb Hezbolá, lo que el Departamento de Estado de EE. UU. calificó como una muestra de la dificultad del gobierno iraquí para controlar a las facciones díscolas y una razón para pedir a sus 2.500 ciudadanos que abandonen inmediatamente el país, que lucha por contener a 1.7 millones de desplazados internos.
La riqueza petrolera: ¿bendición o condena para Irak?
Irak ostenta el quinto puesto mundial en reservas probadas de petróleo, con aproximadamente 145 mil millones de barriles, y produce más de 4 millones de barriles diarios, lo que representa el 90% de los ingresos de su Estado. Esta inmensa riqueza natural, sin embargo, ha sido históricamente una fuente de inestabilidad y codicia externa, más que de prosperidad. La dependencia casi total del crudo hace al país extremadamente vulnerable a las fluctuaciones del mercado global y a la injerencia extranjera. La corrupción endémica, que se estima desvía miles de millones de dólares anualmente, se ve exacerbada por la proliferación de milicias que buscan monopolizar sectores económicos. Además, Irak ha pasado de ser un mero país de tránsito a un creciente consumidor de sustancias ilícitas como el opio y las metanfetaminas, un problema social y de seguridad que drena recursos y complica aún más la gobernabilidad y la reconstrucción de sus 19 provincias.
Dos décadas de reconstrucción en la sombra de un nuevo conflicto.
Más de dos décadas después de la invasión de 2003, y casi 10 años después de la caída de Mosul ante ISIS, las urbes iraquíes y las autopistas que las conectan muestran signos de reconstrucción, con hormigón y pintura fresca. Sin embargo, esta frágil recuperación se ve constantemente amenazada por las sombras del conflicto. La huella política, social y confesional dejada por la invasión y el yihadismo sigue encorsetando a los gobiernos de Bagdad, dificultando una verdadera consolidación estatal y alimentando las divisiones internas, en una región que ha visto múltiples transformaciones geopolíticas desde el acuerdo Sykes-Picot de 1916.
¿Hacia una guerra civil o una Irak verdaderamente soberana?
El primer ministro Mohammed Shiaa al Sudani se encuentra en una situación precaria, denunciando la agresión a la soberanía de Irán, su vecina, mientras refrenda la pertenencia de las FMP al aparato estatal, distinguiéndolas de las "facciones" con las que negocia su desarme. La salida de las tropas de EE. UU., que ascienden a unos 2.500 efectivos, es una condición fundamental para el desarme de estas facciones proiraníes, que buscan una soberanía plena. No obstante, el riesgo de una guerra civil interna si el gobierno intenta desarmar a estas poderosas milicias en medio de la escalada regional es altísimo. La pregunta persiste: ¿podrá Irak, una nación con una historia milenaria y un potencial enorme, finalmente escapar de ser un campo de batalla para potencias extranjeras y construir un futuro de autodeterminación real para sus 43 millones de ciudadanos?
Crédito de imagen: Fuente externa







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