De la cocina indígena de una hacienda apurimeña a las cátedras de San Marcos y La Molina, José María Arguedas (1911–1969) llevó la cosmovisión andina al centro del debate intelectual peruano. Este reportaje reconstruye, en cuatro líneas de tiempo paralelas, al antropólogo detrás del novelista.
EL RESUMEN DEL ANTROPÓLOGO
José María Arguedas Altamirano (Andahuaylas, 1911 – Lima, 1969) no fue solo el gran novelista del Perú andino: fue un antropólogo y etnógrafo pionero que, desde el Museo de la Cultura Peruana, la Casa de la Cultura y la Universidad Nacional Agraria La Molina, demostró —con trabajo de campo en Puquio, en el valle del Mantaro y hasta en los pueblos de Zamora, España— que el llamado "indio" no era un ser inferior ni un resto arqueológico, sino el portador de una cultura compleja, viva y vigente. Su defensa de la cosmovisión andina culminó en dos hitos: el discurso "No soy un aculturado" (1968), donde reivindicó el derecho del Perú a ser plural sin renunciar a ninguna de sus sangres, y la traducción del manuscrito de Huarochirí (1966), que devolvió al país un texto fundacional escrito en quechua a fines del siglo XVI.
El niño que aprendió etnografía en una cocina
El trabajo de campo de Arguedas empezó antes de que el término existiera para él. Nació en Andahuaylas, Apurímac, el 18 de enero de 1911. Su madre, Victoria Altamirano, murió cuando José María tenía tres años. Su padre, el abogado itinerante Víctor Manuel Arguedas, se volvió a casar con Grimanesa Arangoitia, una hacendada de San Juan de Lucanas, Ayacucho, dueña —según el propio escritor— de "la mitad del pueblo".
La madrastra, contaría Arguedas, le tenía "tanto desprecio y tanto rencor como a los indios" y decidió que el niño viviera en la cocina, con la servidumbre indígena. De esa herida nació un don: el quechua se le hizo lengua materna del corazón antes de que el castellano fuera oficio.
En 1921, huyendo de los maltratos de su hermanastro mayor, José María y su hermano Arístides se refugiaron en la hacienda Viseca, propiedad de un tío. Allí, entre los comuneros de Utek', vivió lo que después llamó la época más feliz de su vida, "bajo el infinito amparo de los comuneros quechuas". Cualquier antropólogo posterior envidiaría ese permiso para mirar desde adentro.
De San Marcos al Museo: el itinerario científico
Arguedas ingresó a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos en 1931. Publicó "Agua" en 1935. Entre 1937 y 1938 estuvo preso ocho meses en la cárcel "El Sexto" por protestar contra un emisario de la Italia fascista que visitó la universidad. La cárcel le dejaría material para una novela; su formación literaria, en cambio, ya corría por otra orilla: la del oficio etnográfico.
Se matriculó formalmente en el Instituto de Etnología de San Marcos hacia 1947, se licenció en 1957 y se doctoró en 1963 con la tesis "Las comunidades de España y del Perú" —el primer latinoamericano en cruzar el Atlántico con una libreta de campo para buscar lo andino en la antigua metrópoli, según observó su discípulo Rodrigo Montoya—. Antes, en el Ministerio de Educación, había dirigido la Sección de Folklore y Artes Populares.
En 1953 fue nombrado jefe del Instituto de Estudios Etnológicos del Museo de la Cultura Peruana, y ese mismo año empezó a dirigir la revista "Folklore Americano", que conduciría una década. Fue director de la Casa de la Cultura del Perú (1963–1964) y del Museo Nacional de Historia (1964–1966). Y desde inicios de los sesenta dictó cátedra de etnología y quechua en la Universidad Nacional Agraria La Molina, donde trabajaría hasta el día de su muerte.
El crítico Antonio Cornejo Polar (1973) sostuvo que la ciencia y la literatura, en Arguedas, no eran dos oficios paralelos sino dos caras de un mismo combate por hacer visible un país.

Puquio, el Mantaro, Huarochirí: tres trabajos de campo que cambiaron la antropología peruana
Puquio. Entre 1952 y 1956 Arguedas hizo varias estadías en Puquio, en la provincia ayacuchana de Lucanas. El resultado, "Puquio, una cultura en proceso de cambio", apareció en la Revista del Museo Nacional en 1956. Allí describió, a través de la religión local y de la Fiesta del Agua, las aceleradas transformaciones del mundo andino: los wamanis o dioses-montaña perdían influencia frente a un Estado y un mercado que llegaban con caminos nuevos.
El mito de Inkarrí. Fue en Puquio donde Arguedas registró el mito de Inkarrí: el dios-inca decapitado por los españoles cuya cabeza, enterrada, va reconstituyendo su cuerpo bajo la tierra. Cuando esté completo, Inkarrí volverá y restaurará el orden. El mito fue difundido por Arguedas en los círculos intelectuales urbanos. Décadas después, el historiador Alberto Flores Galindo (1986) convirtió a Inkarrí en la columna vertebral de su libro "Buscando un Inca".
El valle del Mantaro. Entre 1953 y 1957, Arguedas estudió el valle del Mantaro y la feria dominical de Huancayo. Allí formuló su tesis más polémica: el "mestizaje ideal". A diferencia del sur andino —donde indios, mestizos y blancos estaban rígidamente separados—, en el Mantaro la ausencia de las grandes haciendas coloniales había permitido el florecimiento de comunidades de indígenas libres que accedieron al poder económico y político local sin renunciar a su cultura.
Huarochirí. A insistencia de John Murra, Arguedas tradujo del quechua el manuscrito recogido hacia 1598 por el extirpador de idolatrías Francisco de Ávila. "Dioses y Hombres de Huarochirí" se publicó en 1966 en edición bilingüe coeditada por el Museo Nacional de Historia y el Instituto de Estudios Peruanos. Es el texto fundacional de la mitología andina prehispánica.
La cosmovisión andina que defendió
La gran tesis antropológica de Arguedas —y su gran combate político-cultural— fue demostrar que el mundo andino no era un repertorio de "supersticiones" ni un resto arqueológico, sino una concepción del mundo coherente y viva. Una concepción que tenía vocabulario propio, lógica propia, espiritualidad propia. Arguedas la defendió contra dos enemigos a la vez: el racismo criollo que despreciaba al indio, y el "mistificacionismo" folclórico que lo congelaba en una postal de turismo.
Frente a la antropología que trataba los mitos como cuentos pintorescos o como datos arqueológicos, Arguedas insistió en que los mitos andinos seguían organizando vidas reales. El Inkarrí no era un cadáver: era una espera. El wamani no era una metáfora: era el corazón del danzante de tijeras. La pachamama no era folklore: era pariente.

1968: "No soy un aculturado" — el testamento intelectual
El 18 de octubre de 1968, en la Casa de la Cultura de Lima, Arguedas recibió el Premio Inca Garcilaso de la Vega y pronunció su testamento intelectual. El núcleo de ese discurso resume toda su antropología:
"Yo no soy un aculturado; yo soy un peruano que orgullosamente, como un demonio feliz habla en cristiano y en indio, en español y en quechua."
Contra el concepto antropológico de "aculturación" —que suponía que la nación vencida debía renunciar a su alma para tomar la de los vencedores—, Arguedas proclamó la posibilidad de un Perú donde "el caudal de las dos naciones se podía y debía unir".
23 de junio de 1965: el día que le dijeron que había vivido en vano
El recién fundado Instituto de Estudios Peruanos celebró ese día su segunda mesa redonda sobre la novela "Todas las sangres". Casi todos los científicos sociales criticaron frontalmente la novela. Sostuvieron que no retrataba el Perú real, ya transformado por la migración a las ciudades y por conflictos de clase más que de casta.
Arguedas, herido, respondió en la misma sesión con una frase que ha quedado grabada en la historia intelectual del país: "¿Cómo que no es un testimonio, si yo lo he visto, lo he vivido? Si esto no es un testimonio, yo no he vivido, o he vivido en vano". Diez meses después, en abril de 1966, intentó suicidarse por primera vez.
La transcripción del debate fue editada en 1985 por Alberto Escobar con el título "¿He vivido en vano?" y reeditada en 2011 por Guillermo Rochabrún (IEP / Fondo Editorial PUCP).
La estela: por qué Arguedas sigue vivo en la antropología andina
El pensamiento de Arguedas se proyectó mucho más allá de su muerte. Su crítica a la "aculturación" dialogó con la categoría de "transculturación" que el crítico uruguayo Ángel Rama convirtió, en "Transculturación narrativa en América Latina" (1982), en una de las claves del pensamiento latinoamericano.
Su difusión del mito de Inkarrí alimentó la "utopía andina" que Alberto Flores Galindo (1986) teorizó en "Buscando un Inca: identidad y utopía en los Andes". Su modelo del "zorro de arriba y el zorro de abajo" —la tensión entre la costa migrante y la sierra que migra— sigue siendo herramienta de la antropología andina contemporánea.
Hoy Arguedas es releído como precursor de la interculturalidad, del giro decolonial y de una antropología que toma en serio los saberes propios. Su gran apuesta —que la modernidad y el quechua podían convivir— continúa siendo el horizonte pendiente del país.
Preguntas frecuentes sobre Arguedas antropólogo
¿Por qué a José María Arguedas se le considera antropólogo y no solo escritor?
Arguedas obtuvo su licenciatura (1957) y doctorado (1963) en Etnología en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, dirigió el Instituto de Estudios Etnológicos del Museo de la Cultura Peruana desde 1953, fue catedrático de etnología y quechua en San Marcos y La Molina, publicó investigaciones de campo en Puquio y el valle del Mantaro, y tradujo el manuscrito quechua de Huarochirí.
¿Qué dice el famoso discurso "No soy un aculturado"?
Pronunciado el 18 de octubre de 1968 al recibir el Premio Inca Garcilaso de la Vega, rechaza el concepto antropológico de "aculturación" y reivindica un Perú plural donde quechua y castellano convivan sin que una lengua aniquile a la otra.
¿Qué pasó en la mesa redonda de 1965 sobre "Todas las sangres"?
El 23 de junio de 1965, el IEP organizó un debate donde Quijano, Favre, Matos Mar y Bravo Bresani criticaron la novela por "indigenizante" y poco realista. Arguedas respondió: "Si esto no es un testimonio, yo no he vivido, o he vivido en vano".
¿Cuál fue el aporte de Arguedas al estudio del mito de Inkarrí?
El mito fue registrado por primera vez en 1955 en Q'ero (Cusco). Arguedas recogió sus propias versiones en Puquio y fue su gran difusor en los círculos intelectuales urbanos.
¿Qué es el Manuscrito de Huarochirí y por qué la traducción de Arguedas es importante?
Es un texto en quechua recogido hacia 1598 por Francisco de Ávila con la mitología prehispánica de Huarochirí. Arguedas lo tradujo al castellano por insistencia de John Murra y lo publicó en 1966 en edición bilingüe.
Fuentes
Arguedas, J. M. (1956). Puquio, una cultura en proceso de cambio. Revista del Museo Nacional, 25, 184–232.
Arguedas, J. M. (1968). Las comunidades de España y del Perú. Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
Arguedas, J. M. (1975). Formación de una cultura nacional indoamericana (Á. Rama, Ed.). Siglo XXI.
Arguedas, J. M. (1983). No soy un aculturado. En Obras completas (Tomo V). Editorial Horizonte.
Arguedas, J. M., & Izquierdo Ríos, F. (1947). Mitos, leyendas y cuentos peruanos. Ministerio de Educación Pública del Perú.
Ávila, F. de. (1966). Dioses y Hombres de Huarochirí (J. M. Arguedas, Trad.). Museo Nacional de Historia / Instituto de Estudios Peruanos.
Cornejo Polar, A. (1973). Los universos narrativos de José María Arguedas. Losada.
Flores Galindo, A. (1986). Buscando un Inca: identidad y utopía en los Andes. Instituto de Apoyo Agrario.
Rama, Á. (1982). Transculturación narrativa en América Latina. Siglo XXI.
Rochabrún, G. (Ed.). (2011). ¿He vivido en vano? La mesa redonda sobre Todas las sangres del 23 de junio de 1965. IEP / Fondo Editorial PUCP.
Vargas Llosa, M. (1996). La utopía arcaica: José María Arguedas y las ficciones del indigenismo. Fondo de Cultura Económica.










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