Una de cada veinte mujeres embarazadas padece un trastorno alimentario en silencio, un fenómeno conocido popularmente como pregorexia, que convierte la gestación en una batalla invisible entre el cuerpo que cambia y una mente que intenta retener el control. Así lo advierten especialistas citados por la BBC, quienes describen esta condición como "estar en un tren del que no puedes bajarte", en palabras de la psiquiatra Megan Galbally.
¿Qué es la pregorexia y cómo se manifiesta?
La pregorexia no es un diagnóstico médico oficial, pero describe la obsesión por controlar el peso durante el embarazo, una etapa en la que el cuerpo se transforma de forma inevitable. Según los expertos, para mujeres con antecedentes de anorexia, bulimia o trastornos por atracón, el embarazo puede reactivar heridas psicológicas que parecían cerradas.
La investigadora en salud pública Elizabeth Claydon relató a la BBC cómo su recuperación se quebró al ver su cuerpo transformarse: "Sentía que había una batalla entre mi embarazo y mi trastorno alimentario. Era como despertarme en un cuerpo que no era mío". Esta desconexión corporal es, según los especialistas, el núcleo psicológico de la crisis.
La tormenta perfecta: presión social y cambios biológicos
La psicóloga clínica Gemma Sharp califica el embarazo como "la tormenta perfecta para un trastorno alimentario". La combinación de hormonas, insomnio, cambios metabólicos y una transformación física acelerada concentra en meses lo que en otras etapas ocurre durante años. A esto se suma la presión social: más del 70% de las mujeres embarazadas o en posparto manifiestan sentirse incómodas con su imagen corporal, según estudios citados en el informe.
Sharp lanzó una de las reflexiones más contundentes: "Los cuerpos de las mujeres embarazadas parecen propiedad del mundo". Todo el mundo opina, mide y comenta, pero pocas veces se pregunta qué ocurre realmente en el interior de la gestante.
Consecuencias físicas para madre y bebé
Cuando la nutrición es insuficiente, el cuerpo materno prioriza al feto y comienza a sacrificar sus propios recursos, lo que puede derivar en pérdida muscular, deterioro óseo, anemia y complicaciones graves. Los estudios indican que la anorexia y la bulimia casi duplican los riesgos de sangrados, vómitos severos, abortos espontáneos, bajo peso al nacer y partos prematuros.
El impacto se extiende más allá del embarazo. Los primeros mil días de vida son críticos para la salud futura del niño, desde su metabolismo hasta su riesgo cardiovascular. La alimentación de la madre es, según los especialistas, una inversión biológica a largo plazo.
El posparto: una segunda emboscada
Si el embarazo es la primera sacudida, el posparto puede ser aún más brutal. Cambios hormonales, agotamiento extremo y la presión cultural de "recuperar el cuerpo" hacen que muchas recaídas exploten justo después del parto. La instructora de yoga Courtney Louise describió a la BBC su experiencia: "El posparto fue mentalmente muy doloroso para mí. Sentía tanta rabia que me iba al coche a gritar. Me sentía atrapada".
Esa sensación de encierro explica por qué un 13% de las madres en posparto cumplen criterios clínicos de trastorno alimentario, según investigaciones citadas en el informe.
Un problema oculto que exige detección temprana
Lo más inquietante es que la pregorexia sigue siendo un trastorno oculto. Muchas señales —vómitos, cambios de apetito, preocupación por el cuerpo— se confunden con síntomas normales del embarazo. Solo un 10% de las embarazadas con bulimia son identificadas correctamente, según datos de la literatura médica. El resto navega sola, entre culpa y silencio.
Sin embargo, los expertos insisten en que el embarazo también puede ser una oportunidad única para sanar. La clave, según señalan, es el apoyo temprano, sin juicio y coordinado entre obstetras, nutricionistas y psicólogos. Como lo resume Linda Shanti: "Todo el mundo tiene un trastorno alimentario a solas, pero nadie se recupera a solas".









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