Dos alumnas de sexto grado presentaron en Eureka un prototipo casero que logró reducir visualmente la suciedad del agua usada para lavar papa. La experiencia de Alisha y Valentina mostró cómo una pregunta ambiental puede convertirse en un ejercicio escolar de diseño, prueba y corrección, sin confundir el cambio de apariencia con potabilidad. La propuesta parte de una preocupación por el desperdicio de agua. Alisha explicó que su idea consiste en recoger aguas grises, tratarlas y evaluar un posible reúso. “Después de tratar esa agua, la almacenamos para el momento que necesitamos y después la utilizamos”, señaló durante la exposición. Capas simples y una prueba visible Valentina detalló que el filtro fue construido con algodón, grava gruesa, grava mediana, carbón y grava fina. El agua descendió sucesivamente por esas capas y salió con menor cantidad de partículas visibles. “Se puede ver que el agua inicialmente sucia va disminuyendo mientras pasa por cada filtro”, explicó. La demostración permitió observar que los residuos más grandes quedaban retenidos y que el líquido se aclaraba. Las estudiantes también identificaron una mejora necesaria. “El prototipo debe ser un poco más grande y el filtrado debe ser más lento, para que se pueda reducir la mayor cantidad de suciedad”, dijo Valentina. Ese reconocimiento fortalece el valor pedagógico del trabajo: el prototipo no fue presentado como una solución terminada, sino como una primera versión susceptible de ajustes. La observación, la prueba y la revisión forman parte del proceso de indagación que promueve Eureka, cuya edición 2026 cuenta con bases aprobadas por el Ministerio de Educación. Aclarar no significa volver potable La principal cautela apareció en la propia exposición. Cuando le preguntaron si el agua podía beberse, Valentina respondió: “No, las aguas no se pueden usar para beber”. También descartó emplearla para lavar una fruta, porque el contacto podría terminar en ingestión. “Como es un tratamiento casero, no se realiza completamente la filtración. Así que no es óptima para beberla”, precisó. La advertencia es correcta: la transparencia visual no demuestra que el filtro haya eliminado microorganismos, sustancias químicas o residuos de detergentes. Las orientaciones de la Organización Mundial de la Salud para el reúso de aguas grises exigen evaluar riesgos, calidad físico-química, reducción de patógenos, tipo de cultivo, forma de aplicación y exposición humana. En este caso no se presentaron análisis de laboratorio, por lo que el resultado solo acredita una reducción visible de partículas en el agua de la prueba. El siguiente paso es medir Para desarrollar el proyecto, las estudiantes necesitarían acompañamiento adulto y técnico que permita comparar el agua antes y después del filtrado. Medir turbidez, pH y contaminación microbiológica ayudaría a saber qué remueve cada capa y qué uso, si alguno, podría autorizarse sin riesgo. También sería necesario definir la procedencia del agua. El líquido usado para lavar alimentos no tiene la misma composición que el proveniente de duchas o lavaderos con jabón y grasa. Un filtro escolar puede comportarse de manera distinta frente a cada mezcla, por lo que no corresponde generalizar el resultado de una sola demostración. El aporte de Alisha y Valentina está en haber construido una solución comprobable y en reconocer su límite. El agua salió más clara, pero no potable. Convertir esa primera evidencia en una propuesta segura requerirá mediciones, repetición de pruebas y asesoría especializada; justamente el paso que separa una idea prometedora de una tecnología validada.
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