Escrito por: Jorge Farid Gabino González
Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura
En el Perú, salvo contadas excepciones, rara vez obramos por convicción. Esto es, son contadas las veces, a decir verdad, en que lo que nos mueve a actuar de tal o cual manera es el convencimiento de que lo estamos haciendo sigue una suerte de lógica, obedece a la concurrencia feliz de razones, de argumentos que respalden, cuando menos en alguna medida, la aparente arbitrariedad de nuestros actos. Qué va. Si lo que sucede en el Perú es, más bien, todo lo contrario. Pues si hay algo que, por encima de cualquier otro aspecto, parece caracterizar el proceder de nuestra gente, es que aquí se hace un gran número de cosas por el simple y sencillo y regocijante gusto de joder. Sí. Ni más ni menos que por eso: por joder. Vale decir, por molestar, por fastidiar a alguien.
Así las cosas, importa poco o nada que detrás de nuestro accionar, casi siempre injustificado a la luz del más básico de los análisis, no exista la más elemental justificación. Ya que igual procederemos a hacer o a decir lo que nos dé la gana; convencidos, seguramente, de que para ello lo último de lo que podríamos precisar es de eso a lo que, si la memoria no nos falla, y últimamente nos viene fallando mucho, todavía se le llama argumentación. No. En nuestro país el viento no sopla en esa dirección. Aquí la tendencia es, en realidad, marchar en sentido contrario. En rumbo diametralmente opuesto, incluso, a lo que el sentido común debería llevarnos a hacer, queremos decir.
Lo que se advierte, por ejemplo, no solo en situaciones cotidianas; en circunstancias que por su misma naturaleza de hechos por lo general triviales, anodinos, podrían “justificar”, si acaso, que actuemos de esa manera; sino también, y esto es lo verdaderamente preocupante, en momentos en los que, por su condición de ocasiones si se quiere solemnes, deberíamos ponernos a buen recaudo de la comisión de dichas majaderías.
De ahí que sean habituales, en consecuencia, acciones como las siguientes, sobre todo en estos días en que están tan de moda, y con justa razón, las prohibiciones:
Si se nos dice que nos pongamos la mascarilla, barbijo o como se quiera llamar al implemento ese, y que lo hagamos por nuestra propia seguridad, pues que no lo hacemos. Y no lo hacemos no solo porque no nos da la gana de hacerlo, sino porque creemos, cojudamente, que, al actuar así, lo que hacemos en realidad es darle una lección a alguien, léase a la policía, al Gobierno, al virus ese. Si de ese tamaño es nuestra necedad. En buen cristiano, no nos ponemos la mascarilla solo por joder.
Si se nos dice que no debemos salir fuera de casa en pleno toque de queda, ya que hacerlo implicaría, entre otras no pocas cosas, poner en riesgo nuestra propia integridad física, pues que nos reímos de la noticia, y salimos. Y lo hacemos porque a nosotros no nos puede pasar nada, claro está; que las cosas malas solo les pasan a los cojudos. Además, ¿qué nos podría suceder a nosotros, que somos poco menos que Dios al séptimo día de la creación? Si de ese tamaño es nuestra estupidez. Ni más ni menos que de ese tamaño. En buen cristiano, nos burlamos del toque de queda solo por joder.
Si se nos dice que no asistamos a reuniones sociales, esto es, a discotecas, cumpleaños o comilonas, puesto que, por obvias razones, son los ambientes en cuestión lugares propicios para la adquisición del virus de marras, pues que hacemos oídos sordos, ¡y a gozar se ha dicho! Y lo hacemos porque el Gobierno no es nadie para andar prohibiéndonos las cosas que más nos gustan. Además, ¿acaso no sabe el Ejecutivo que, si por algo se caracteriza este país llamado Perú, es por su boyante gastronomía? ¿Con qué derecho, entonces, se nos podría privar del placer de la buena comida? ¿No nos tienen los tiempos actuales, acaso, sumidos en el estrés? Siendo esto último así, y en qué medida, ¿por qué, entonces, prohibirnos la sana diversión de una noche de rumba? Si de ese tamaño es nuestra idiotez. En buen cristiano, nos vamos de fiesta solo por joder.
Si se nos dice, por último, que proponer la vacancia presidencial en las circunstancias que nos encontramos solo serviría para generar más inestabilidad en el país, para terminar de jodernos aún más de lo que ya estamos, ¡pues que se venga la vacancia! Y ello porque el Ejecutivo no es nadie para hacerle competencia al Congreso, que en cuestiones de inmoralidades, iniquidades y corrupción no tiene parangón. ¿Porque quién es el presidente Vizcarra para robarle protagonismo a nuestros parlamentarios en eso de la ignominia? Si de ese tamaño es nuestra imbecilidad. En buen cristiano, nos vacamos al presidente solo por joder.
Así somos. Nos pasa a todos. Que, a fin de cuentas, tampoco faltamos quienes escribimos solo por el simple y sencillo y a veces placentero gusto de joder.










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