Aprecio el libro en grado superlativo. Valoro el libro como a la vida misma, la autoestima del prójimo o los actos solidarios. Desde hace muchos años, ya no consiento que un escritor amigo o extraño me obsequie su libro. Les compro porque sé que ese libro es una inversión que, probablemente, no se recupere el capital ni haya utilidades. Mis libros y yo tenemos miles de historias y aventuras como en Las mil y una noches, La isla del tesoro o Los viajes de Gulliver. Mis libros y yo somos veteranos gitanos, nunca tuvimos una patria propia, no se nos ocurrió comprar la sombra de los árboles o el tejado de los caserones. A pesar de tener identidad ciudadana, somos, hasta hoy, apátridas, pero felices porque solo necesitamos agua, pan y salud. Siempre estuvimos juntos, agarrándonos de lo que sea, huyendo apenas sentíamos la amenaza del fuego y el juicio sumario de la intolerancia. Escribe el novelista español Javier Cercas: “…una vez publicada una novela, su propietario deja de ser el autor y pasa a ser el lector, que es quien termina los libros y el auténtico protagonista de la literatura”. Ahí aparece la función social del lector.
El lector es quien elige al libro y no viceversa. Unos libros son telarañas: atrapan y no te sueltan; otros, estrellas fugaces: llegan, son leídos y luego olvidados; muchos, fantasmas: nadie los ve ni los lee. Un buen libro se integra a la biografía del lector. Hay libros que hemos leído y jamás se borran de la memoria, los recordamos con gratitud, los guardamos como valiosos tesoros arqueológicos y los releemos incansablemente. Yo jamás me canso de leer Cien años de soledad, La ciudad y los perros, Pedro Páramo, El llano en llamas, La palabra del mudo, la poesía de Vallejo, Neruda, García Lorca y Cárdich. Lo mismo me sucede con tres libros imperecederos en Huánuco: Pecos Bill y otros recuerdos (Mario Malpartida), Usted comadre debe acordarse (Andrés Cloud) y Malos tiempos (Samuel Cárdich). A estos libros regreso como hijo pródigo: arrepentido de no haberlos leído otra vez. Escribir un libro para la posteridad, para las generaciones siguientes, para la inmortalidad, es tarea de genios, de escritores talentosos y altamente visionarios. ¿Por qué El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha, Romeo y Julieta o Hamlet o Los comentarios reales son libros que, a pesar de la muerte de sus autores, en 1616, siguen vigentes y aún se releen? La respuesta podría ser porque concentran la esencia de hechos, personajes y contextos históricos que se actualizan en el tiempo. Los libros tienen sentimientos, emociones y carácter como el lector. Nadie lee un libro que no le agrada. No se lee por imposición, sino por voluntad propia.
La experiencia más relevante de mi vida es haber logrado que la lectura se haya convertido en un hábito no negociable. No hay día que deje de leer. Es parte de mi rutina diaria. Ser lector demanda una serie de urgencias y requisitos exigentes. Leer un libro es un desafío. La vida del lector es muy peculiar. Leer es invertir tiempo, abstenerse de ciertas actividades, dejar de lado otros quehaceres, que podrían ser importantes. Para un lector optimizar su tiempo es clave. Siempre existe un momento para leer. Nadie nace lector, pero todos aprendemos a leer. La lectura, mis libros y yo conformamos la Santísima Trinidad o un perfecto triángulo equilátero. No concibo mi vida cotidiana, profesional y personal sin la lectura. Ser lector es mi identidad cultural. Leer implica necesariamente comprar libros. El libro es un alimento espiritual. Así que leer significa presupuesto mensual, semestral o anual. La otra opción es leer libros prestados. Alguna vez fui lector de libros que no eran míos. Muchos de ellos se quedaron conmigo. La vivencia de leer un libro propio es inimaginable: lo coges cuando quieras, subrayas, anotas, relees, lo cuidas, lo forras, escribes tu nombre y estampas tu firma, lo colocas en un estante, lo limpias del polvillo, lo ves todos los días, lo piensas dos veces antes de prestarlo. El libro espera pacientemente a su lector. No leo por placer ni recreación, sino por apetencia lingüística, académica, intelectual. A más lectura, más calidad de lenguaje y comunicación del lector con los demás. Un discurso, una argumentación, una exposición de motivos, un alegato o un texto escrito revela categóricamente quién es el autor y cuál es su antecedente cultural, bibliográfico, académico y educativo.
¿Es posible que la lectura y el libro influyan poderosamente en la vida personal y profesional del ciudadano? Nadie es infeliz si no lee un libro. Uno de los beneficios de la lectura consciente y sistemática es el ejercicio del pensamiento crítico, tan necesario con la presencia de las redes sociales y la inteligencia artificial. La capacidad de respuesta argumental es determinante para el debate ideológico, político o doctrinario. Es peligroso que los ciudadanos no lean. Sin el hábito de lectura el aprendizaje es limitado, se carece de información, de novedades, innovación. No solo se aprende de la experiencia, sino también de un marco conceptual. Una acción sin un cimiento teórico, que procede de la investigación y la lectura, es vulnerable. En todos los tiempos, hubo libros y lectores. La era digital abre otras posibilidades al lector de libros impresos. En Internet es fácil encontrar un libro en PDF, que también puede ser leído sin ningún inconveniente. Otra ventaja de leer es la construcción de argumentos claros, coherentes y sólidos y la alerta de las falacias -enunciados con apariencia de verdad-. La comprensión cabal de textos hace que se sepa por dónde quiere filtrarse la mentira y la demagogia. Esa es una virtud del ciudadano pensante y discernidor. La lectura no solo le da alas a la imaginación, sino que abre los ojos del lector, de la gente, de los ciudadanos.
Yo nací con un libro debajo del brazo izquierdo. Vivo con avidez de lectura y escritura. Si no hubiera atrapado a la lectura, no escribiría ni tendría recursos lingüísticos y retóricos para comunicar ni ejercer la docencia y el periodismo de opinión. Soy la consecuencia de mis lecturas. Mi afecto por los libros es sentimental y de dependencia emocional. Cuando busco un libro en los estantes, y no lo encuentro, pienso en que este ya tiene otro lugar de residencia. Lo encuentro y recupero la serenidad, lo acaricio y lo leo o releo. Las estadísticas oficiales y la observación empírica demuestran que hay cada vez menos lectores; los pocos representan la posibilidad de la vigencia del libro. La lectura permite promover valores democráticos, el respeto a la pluralidad cultural e ideológica, la tolerancia, la empatía, eleva la autoestima y las actitudes humanistas. La lectura previene al ciudadano lector de caer fácilmente en la barbarie y el dogmatismo. Un lector ejerce la libertad y considera a la democracia como un régimen de participación ciudadana donde prevalece la voluntad del pueblo. Un lector -de pocos o muchos libros- no es más ni menos que otro que no lee. La lectura nos hace libres de conciencia. La lectura fomenta la elocuencia, la persuasión, la argumentación y el lenguaje poético.










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