Una telaraña parece frágil e indefensa, pero basta observarla de cerca para descubrir que cada uno de sus hilos sostiene a los demás. Mientras conocía la vida de José María Arguedas, comprendí que el Perú también se parece a una inmensa telaraña: un país tejido por historias, lenguas, costumbres y personas diferentes. En cada hilo existe una historia por contar y, al entrelazarse, todas forman una sola nación, un solo hogar.
Solo cuando nos detenemos a escuchar a las personas descubrimos el verdadero valor de esos hilos, tan delgados y, al mismo tiempo, tan maravillosos, tal como lo hizo José María Arguedas. Nunca lo conocí, nunca pude conversar con él y tampoco fui parte de su familia. Sin embargo, conocí el Perú que él decidió mirar y defender con tanto amor. José María Arguedas no nos pidió mirar al Perú con sus ojos. Nos enseñó a abrir los nuestros. No quiero aprender sobre el Perú solo para conocerlo; quiero aprender a mirarlo con la humanidad suficiente para descubrir la riqueza que existe en cada persona y en cada cultura.
A través de sus palabras y de sus escritos, comprendí que un país no solo se describe; también se escucha, se siente y se aprende a querer. Fue entonces cuando entendí que la mayor riqueza del Perú no está únicamente en su diversidad, sino en la humanidad con la que somos capaces de reconocer y valorar a quienes forman parte de ella.
Pero esa forma de mirar al Perú no nació por casualidad. Me pregunté, y aún hoy me sigo preguntando: ¿qué llevó a José María Arguedas a defender con tanta convicción un país tan diverso, tan auténtico y tan profundamente intercultural? La respuesta no la encontré en una fecha, en una canción, en un baile ni únicamente en un libro, sino en su propia vida. Comprendí que para él escribir no significaba solo crear novelas u obras literarias; era la manera de expresar el amor que sentía por el Perú y por su gente. En ese aspecto sentí una gran cercanía con él porque, así como Arguedas encontraba en la escritura la forma de comunicar lo que llevaba en el corazón, yo encuentro en la danza la manera de expresar mis emociones y el profundo amor que siento por mis raíces.
Él descubrió una riqueza cultural que, durante mucho tiempo, fue ignorada o menospreciada por gran parte de la sociedad. Mientras otros veían diferencias que separaban a las personas, él encontró razones para unirlas.
Comprendí entonces que Todas las sangres no era solamente el título de una novela publicada en 1964. Era una manera de entender al Perú, de comprender el valor de su gente y de reconocer que la humanidad también se construye cuando aprendemos a respetar nuestras diferencias. En esa obra, José María Arguedas presenta un país formado por múltiples culturas que, aunque diferentes, pertenecen a una misma nación. Esa reflexión sigue siendo necesaria en la actualidad porque todavía existen personas que son juzgadas por hablar diferente, por vestir de otra manera o por conservar las costumbres heredadas de sus antepasados. Y cada vez que observo esas situaciones no puedo evitar hacerme una pregunta: ¿dónde quedó nuestra humanidad?
Mientras reflexionaba sobre todo esto, recordé un momento de mi vida, un pequeño fragmento que todavía permanece en mi memoria. Cuando estaba en segundo de secundaria, vi cómo un compañero era rechazado simplemente por ser diferente, por ser él mismo. En ese momento no hice nada para ayudarlo ni para apoyarlo. Guardé silencio porque tenía miedo de quedarme sola y perder la aceptación de quienes consideraba mis supuestos “amigos”. Con el paso del tiempo comprendí que ese silencio también fue una forma de lastimar y, sobre todo, una forma de cegarme.
Hoy miro ese recuerdo desde otra perspectiva. Comprendí que las personas no deben ser juzgadas por aquello que las hace diferentes, sino escuchadas por todo lo que tienen para enseñarnos, por aquello que las hace únicas. José María Arguedas dedicó su vida a escuchar a quienes muchos ignoraban. Yo no tuve la oportunidad de conocerlo, pero gracias a su ejemplo entendí que la verdadera humanidad comienza cuando dejamos de mirar solo las diferencias y empezamos a descubrir la historia que cada persona guarda en su interior. Cada ser humano posee una esencia maravillosa que solo puede conocerse cuando aprendemos a observar con respeto y a escuchar sin prejuicios.
Desde entonces, intento recordar que cada ser humano es como uno de los hilos de esa gran telaraña que imaginé al comenzar este ensayo. Si uno de esos hilos se rompe por la discriminación, el desprecio o la indiferencia, toda la telaraña pierde parte de su fuerza y también de su esencia. Lo mismo ocurre con el Perú cuando olvidamos que nuestra diversidad no nos divide, sino que nos sostiene, nos fortalece y nos recuerda que nadie sobra en esta gran red de historias que compartimos.
Con el tiempo comprendí que nadie nace sabiendo comprender a los demás. Aprendemos a hacerlo a través de las personas que conocemos, de los errores que cometemos y de las experiencias que nos transforman. Tal vez por eso creo que la humanidad no es algo con lo que simplemente nacemos, sino una decisión que construimos cada día cuando elegimos escuchar antes que juzgar y comprender antes que rechazar. Las experiencias que vivimos son el motor que nos permite mirar la vida de otra manera. Mis propios errores, la danza y el ejemplo de José María Arguedas cambiaron la manera en que hoy entiendo a las personas y al Perú.
Después de comprender por qué José María Arguedas escribía, entendí que cada persona tiene una manera distinta de mantener viva su historia y de expresar aquello que lleva en el corazón. En mi caso, esa manera es la danza. Muchas veces me preguntan por qué bailo y mi respuesta nunca ha sido simplemente porque me gusta. Bailo porque, cada vez que escucho la música de una danza tradicional o veo a otras personas bailar, siento que regreso a mis raíces. En cada paso reconozco parte de mi familia, de mis abuelos, de las costumbres con las que crecí y del lugar al que pertenezco. Como joven huanuqueña, siento que cada danza de mi región también cuenta parte de mi historia y fortalece el vínculo que tengo con mi identidad cultural. Bailar me recuerda que la cultura no vive solamente en los libros; también vive en quienes la sienten, la practican y la transmiten con orgullo. Para mí, eso también es humanidad: no solo respetar a los demás, sino también amar y transmitir aquello que forma parte de nuestra identidad.
Sin embargo, también existen personas que piensan que, para progresar como país, debemos dejar atrás muchas de nuestras costumbres y tradiciones. Creen que la modernidad exige olvidar ciertas lenguas, reemplazar nuestras expresiones culturales o dejar de practicar aquello que pertenece al pasado. Es una idea que puede parecer razonable en un mundo que cambia constantemente y donde la tecnología avanza cada día. Pero precisamente porque todo cambia, creo que tenemos una responsabilidad aún mayor: no permitir que ese cambio nos haga perder aquello que nos identifica y nos hace verdaderamente humanos.
Después de conocer la vida y la obra de José María Arguedas, comprendí que el verdadero progreso no consiste en olvidar quiénes somos. Un país no avanza cuando rompe sus raíces, sino cuando aprende a crecer sin perder su identidad ni su humanidad. La diversidad cultural no nos impide mirar hacia el futuro; por el contrario, nos da una historia, una memoria y una razón para sentirnos orgullosos de lo que somos. El Perú no necesita elegir entre la tradición y el progreso; necesita aprender a unir ambos hilos con respeto, conciencia y, sobre todo, con humanidad. Solo así seguiremos siendo como esas gotas de agua que fortalecen los hilos de una gran telaraña: diferentes entre sí, pero indispensables para mantenerla unida.
Después de todo, me pregunté: ¿qué país soñaba José María Arguedas si defendía con tanta pasión nuestra identidad? Después de comprender su manera de mirar al Perú, también me pregunté cuál era el país que imaginaba mientras escribía cada una de sus obras. Pienso que no soñaba con un Perú donde todos fueran iguales, porque sabía que la verdadera riqueza de nuestra nación estaba precisamente en sus diferencias, en aquello que hace única a cada persona. Ese ideal también aparece en muchas de sus obras, donde buscó demostrar que la diversidad cultural no era un obstáculo para el país, sino una de sus mayores riquezas. Creo que soñaba con un país donde hablar quechua no fuera motivo de vergüenza, donde las costumbres fueran motivo de orgullo y donde cada persona pudiera sentirse valorada sin tener que renunciar a sus raíces ni a aquello que más ama hacer. Más que un Perú perfecto, imaginó un Perú capaz de reconocerse en cada uno de sus pueblos, de escuchar todas sus voces y de comprender que ninguna cultura vale más que otra.
Gracias a él, hoy también puedo imaginar el Perú que deseo construir cuando sea adulta. Sueño con un país donde aprendamos a mirar a las personas con la misma sensibilidad con la que José María Arguedas aprendió a mirar su tierra. Un Perú donde nadie tenga que esconder la lengua que habla, la danza que baila o las costumbres con las que creció por miedo a ser rechazado. Quiero un país donde la diversidad no sea vista como un obstáculo, sino como nuestra mayor fortaleza. Porque, para mí, esa es nuestra humanidad; ese es el hilo que sostiene nuestra gran telaraña.
Sueño con un país donde escuchar sea tan importante como hablar; donde aprender de los demás sea también una forma de recordar; donde bailar, escribir, tocar un instrumento, declamar o cualquier otra expresión del corazón sean maneras de comunicar el amor por nuestras raíces. Un país donde cada persona comprenda que cuidar nuestra cultura no significa vivir en el pasado, sino agradecer aquello que nos permitió llegar hasta aquí. Creo que solo cuando aprendamos a valorar cada uno de los hilos que forman nuestra gran telaraña podremos construir un futuro más justo, más unido y, sobre todo, más humano.
Al comenzar este ensayo pensé que una telaraña era frágil e indefensa. Hoy comprendo que su verdadera fuerza no está en sus hilos, sino en la forma en que todos permanecen unidos. Tal vez eso fue lo que José María Arguedas quiso enseñarnos cuando habló de un país de todas las sangres: que nuestras diferencias no nos separan, sino que nos hacen únicos y nos unen mucho más de lo que imaginamos.
También comprendí que, cuando descubrimos aquello que realmente amamos, aquello que nos conecta con nuestras raíces y nos da un propósito, aprendemos a valorar con mayor profundidad a las personas y al lugar del que venimos. Tal vez por eso Arguedas escribió y yo elegí bailar: porque ambos encontramos una manera distinta de expresar el amor por el Perú.
El Perú seguirá siendo fuerte mientras ninguno de esos hilos se rompa y mientras nunca olvidemos que la humanidad es el hilo que mantiene unida esta gran telaraña.
Y entonces quisiera dejar una última pregunta: después de todo lo que José María Arguedas nos enseñó, ¿seremos capaces de cuidar cada hilo de esta gran telaraña llamada Perú o dejaremos que alguno de ellos se rompa por olvidar nuestra propia humanidad?








Comentarios
Comparte tu opinión de manera respetuosa.
Inicia sesión para dejar un comentario.