Y fue con el rostro de Odiseo viendo el caballo prenderse fuego en medio de la destrucción de Troya, en donde la pantalla se fundió a negro y fui alguien completamente diferente a quien entré a la sala de cine. Hasta entonces, había esperado meses por llegar a las salas de cine al enterarme de que uno de mis directores favoritos, al que conocí gracias a las películas de Batman, Christopher Nolan, sería el responsable de llevar a la gran pantalla uno de los poemas griegos clásicos más antiguos y conocidos y de la autoría del gran Homero. Afortunadamente, tuve la suerte de verlo con mi pareja y previo a un agradable cafecito en el Real Plaza.
Y es que la filmación de esta película no estuvo exenta de polémicas ni críticas. Quizás una de las más conocidas fue la que se armó en redes sociales, cuando se dio a conocer que el papel de Helena de Troya y su hermana gemela Clitemnestra, seria interpretada por la actriz afroamericana, Lupita Nyong'o y que el actor transgénero Elliot Page, interpretaría el papel del débil soldado Sinon, aunque algunas páginas malintencionadas le atribuyeran un falso papel de Aquiles, incluso después de estrenada la película, sumado también a la criticas hacia la actriz Zendaya en su papel de Atenea. Como siempre, este tipo de cosas fueron cortesía de los activistas antiwoke, esos especímenes de cristal que se escandalizan cada vez que ven a un afro o a una minoría sexual en pantalla y sienten que con eso afectan la historia original.
En ese sentido, uno de los principales errores o prejuicios que siento que la mayoría de críticos o espectadores que sí se han leído el libro cometen a la hora de ver la película es esperar ver la Odisea de Homero tal cual en la gran pantalla. Y no, esta, si bien es cierto que saca inspiración de la obra clásica griega, no es la Odisea de Homero, es la Odisea de Nolan. Una reinterpretación de la obra que carga consigo la esencia del director y su perspectiva. Pensar o creer que una adaptación debe ser cien por ciento fiel al material original es negar desde ya la posibilidad de tener otras lecturas de una obra que no solo debería ser analizada desde la perspectiva de su autor, sino desde el punto de vista de quien adapta su material.
Entrando a lo que es como tal el análisis de la película en sí, una de las primeras cosas que debo resaltar es esa atmosfera nostálgica sobre la cual se asienta tanto el desarrollo de la historia en Ítaca, en donde Penélope, interpretada por Anne Hathaway y su hijo, Telémaco, interpretado por Tom Holland, se ven atrapados por los pretendientes de la reina al dar por hecho la muerte de su rey al momento de regresar de Troya y sobre el mismo viaje de Odiseo, que al momento de volver a casa, se ve atrapado por toparse con extrañas criaturas y fenómenos naturales que no solamente entorpecen su regreso, sino que le cuestan la vida a sus hombres. Todo este inicio ambientado por la prominente voz del rapero Travis Scott interpretando un bardo, cuyo báculo golpea el suelo mientras repite el poema de la gesta de los griegos.
Es especialmente aterradora la escena de la cueva del Cíclope, en donde varios de sus hombres pierden la vida devorados y en donde la misma criatura, al verse cegada por una especie de ariete, emana un grito que nos paralizó a todos en la sala de cine. Otro momento de terror muy logrado es la escena de la bruja Circe y de cómo esta transforma a su tripulación en cerdos, en donde al parecer se usaron efectos prácticos para la misma. Quizás lo menos logrado, aunque no por ello menos emocionante, sea la escena de los Lestrigones, gigantes que combaten a los hombres de Odiseo, matando a la gran mayoría y que están recubiertos por armaduras poco convincentes a mi gusto. Y no podemos pasar por alto a Escila, criatura de muchos cuellos y dientes afilados que captura a los soldados y los lleva hasta una muerte escabrosa en las entrañas del monstruo.
Ahora, tengo que decir que una de mis escenas favoritas es el contacto que tiene Odiseo con los muertos al momento de ofrecer un sacrificio. Allí sostiene dos diálogos, uno con el soldado griego Sinon, que muere hasta el último, dando a conocer a los troyanos sobre la entrega de un gran caballo de madera como ofrenda de rendición de los griegos, sin saber que es una trampa para infiltrar hombres en la ciudad para abrir sus muros desde dentro. De ahí hay otro fantástico diálogo entre el protagonista y el rey Agamenón, interpretado por el actor Ben Safdie, el mismo que en todo momento está investido de una armadura negra y prominente que le da un aura similar a la de Darth Vader en Star Wars. Eso sí, al momento de regresar a casa y quitarse la armadura, muere asesinado por su esposa y su amante, vagando por el mundo de los muertos sin saber si su hijo lo vengó. Una visión muy depresiva del otro lado. Pero si hay una escena que se lleva las palmas, es la de las sirenas, en donde Odiseo, amarrado al mástil, grita de dolor mientras sus soldados, con cera en los oídos, recorren las tentaciones completamente sordos, pero viendo a su capitán escuchando el canto que ningún hombre puede resistir.
La toma de Troya, antecedida por la visión claustrofóbica de soldados conviviendo entre orina y heces dentro del gran caballo de madera, con la fe de llevar adelante y hasta el último el plan de Odiseo, es de lejos el momento más alto de tensión en la película. Aunque quienes leímos el libro sabemos cómo acaba la cosa, la película ciertamente te pone al borde del asiento al momento en que los soldados troyanos se percatan del intento de los infiltrados griegos de abrir las puertas, y hay un momento en donde legítimamente, entre flechazos y espadazos, te preguntas si realmente lo lograrán. Una vez abiertas las puertas, diez años de odio acumulado caen sobre los civiles de la ciudad. Ni siquiera el montaje de la toma de Troya en la película del mismo nombre del año 2004 se parece en nada a la carnicería que se ve en pantallas al momento en que la ciudad es incendiada. Soldados, niños y ancianos. Nadie se salva de pasar por el cuchillo y el fuego de los griegos, ni siquiera las estatuas de los dioses ni sus fieles.
Esta es una de las cosas que la adaptación aborda y que el libro toca de pasada. La culpa de haber violado la ley de Zeus al momento de engañar a los troyanos y haber librado una masacre amparándose en una mentira. Odiseo carga con los horrores de esa noche y una sacerdotisa adopta la forma de una diosa que sirve como un recuerdo de la gente que pereció por su astucia. ¿Cuántos soldados en toda la historia habrán cargado con el peso de sus acciones, tratando de volver a casa? ¿Cuántos de nosotros cargamos muertos y heridos en nuestra vida? Todos llevamos por dentro la Odisea de volver a ser nosotros mismos después de nuestras culpas y traumas. Somos Odiseo tratando de salir de la isla de Calipso haciendo un salto de fe, dejándonos llevar por las olas a nuestro destino, renunciando a tratar de controlarlo todo, reconciliándonos con nosotros y nuestros errores.
El final de la película es oro puro. El retorno a casa y la venganza antecedida por un diálogo entre Odiseo, disfrazado de vagabundo veterano de la guerra de Troya, y la reina Penélope, en donde le cuenta cómo fue la noche de la toma de la ciudad. No me da vergüenza admitir que algunas lágrimas se me salieron durante esa escena y, en particular, también en la muerte de Argos, el fiel perro que durante 20 años esperó el regreso de su amo y que feneció, siendo el único en poder reconocerlo. El detalle del arco y el tono musical que le da antes de cumplir con la prueba de su esposa, el asesinato de los pretendientes y el encuentro final con el amor de su vida, aderezado por el sonido de las espadas de su hijo y de los hombres rendidos, es de lejos uno de los momentos que debería quedar como un clásico del cine moderno. Si aún tienen la oportunidad de verla, vayan, es una cita imperdible.








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