Sabemos que, en el Perú, la clase gobernante hace lo que le venga en gana; se zurra en los niveles de gobierno, si lo necesita, violentando su supuesta democracia y su "carta magna". Se sabe que, en el Perú, el presidente se ha ganado la imagen de muñeco inútil al cual pueden pisotear, vacar y hasta quemar desde el legislativo: es, al fin y al cabo, un vil muñeco que no goza de respeto, pero alucina tener poder. La democracia burguesa, bajo el modelo neoliberalista implementado por el gobierno de Fujimori en la década de los 90 a balazos y represiones, ha ido perdiendo aquella máscara de cera al exponerse demasiado a la luz de la verdad. Hoy, el capitalismo que garantiza una supuesta democracia anda sin el “demos” y solo con el “kratos” a vista y paciencia de todos. No le teme a la fuerza inquebrantable de los pueblos indignados, sino que la desprecia con altanería. La democracia burguesa que siempre alardea de “libertad”, denota su libertad secularizada; es decir, libertad solo para la gran burguesía y balas y cañones contra los trabajadores; hambre y crisis contra estos, mientras inyectan dinero para las grandes empresas. Debemos, a estas alturas, extraer la siguiente lección: la situación del país no es solo culpa de uno u otro presidente ni solo de uno u otro partido, sino del sistema. El problema es el Estado que, según Hobbes, era una máquina artificial que podía ejercer violencia contra el pueblo en general, aunque el filósofo británico no pudo de ver que ese Estado se había erigido mediante la violencia para implantar violencia de una clase sobre otra (Marx y Engels). El Estado, en conclusión, es una máquina de violencia que, hoy, utiliza la burguesía para someter y sojuzgar a los trabajadores.
Sin embargo, no nos desviaremos del tema que trataremos en este sucinto artículo. Los sucesos actuales demuestran que no hay condiciones para la lucha del proletariado peruano en el parlamento, el que ha demostrado desde muchos años atrás que no es un instrumento progresista ni mínimamente “democrático burgués”, más bien se constituye en un espacio para la represión atroz y salvaje. Es más, la Nueva Asamblea Constituyente, tan exigida por las masas, deberá ser producto de la presión popular desde abajo. El parlamento tiene este carácter, dado que la gran burguesía del Perú, tal como lo describió ya Mariátegui, es entreguista, semicolonial y, por ende, vendepatria. Estas características fueron impulsadas con rigor en la década de los 90, pues el fujimorato pudo aplicar lo que el imperialismo ya venía aplicando: la compra de líderes sindicales —cooptación, compra y control— el llamado “terruqueo” y asesinato selectivo de líderes que se resistían a vender su honorabilidad; aplicó estrategias de desestabilización laboral, la reducción de derechos de negociación colectiva y el despido masivo de dirigentes opositores, lo que le permitió comprar a muchos integrantes del legislativo hasta volverlos cómplices, fácilmente manejables; reforzaron el espíritu reaccionario de las fuerzas armadas, impulsaron la corrupción cultural, económica, política y la compra descarada de medios masivos de difusión. Este plan nefasto no fue combatido ni reformado en lo más mínimo; les ha servido a las grandes burguesías para mantener un estado de coalición momentánea, así como una armonía pasajera que, hoy por hoy, está destruyéndose (no podía ser de otra manera). Con este fin fue impuesta, autoritariamente, la constitución política de 1993, la cual fue estructurada para legalizar lo ilegítimo, privatizar gran parte del Perú en beneficio del imperialismo norteamericano, y nadie ha hecho nada para modificarla por lo menos.
Con estos antecedentes, hemos entrado a una etapa de crisis política, en la que el Estado deja al descubierto su verdadero propósito. La organización de las masas aún es un problema que debemos resolver en la práctica; pero se ha notado un despertar de las mismas y un gran interés por marchar hacia la construcción de su propia organización. Dos hechos recientes han demostrado la veracidad de lo que exponemos:
1. La aprobación de la bicameralidad. En un referéndum oficial realizado en diciembre del 2018, cerca del 90% de peruanos le había dicho NO al regreso de la bicameralidad, pero al legislativo y al ejecutivo encargado del 2024 les importó poco esta decisión mayoritaria y el congreso aprobó el retorno a la bicameralidad, cuya implementación demandará aproximadamente 1,768 millones de soles para el 2026, lo que implica un incremento de S/. 356 millones con respecto al año anterior. Esto demuestra lo “antidemocrático” del parlamento; además, aprobaron aquello como un método para evadir la NO REELECCIÓN que clamaba el pueblo peruano; con la emisión de la ley 31988 no solo se habilitó la reelección, sino que buscan asentar una única política estatal y aparentar mayor legitimación para oprimir a los trabajadores.
2. Una compra presionada por USA. El dizque presidente del Perú, Balcázar, había pedido posponer la compra de 12 aviones de guerra F-16 Block 70, pactado por su antecesor con Estados Unidos de Norteamérica, y dejarlo a decisión del próximo gobierno electo. Pese a ello, la compra se efectuó la semana pasada, sin respetar las decisiones del ejecutivo. Esta acción demuestra que el presidente es una simple figura ornamental, a quien no respetan en lo más mínimo. Es más, dicha compra se aceleró por miedo a USA, quien se encaprichó en cerrar la transacción antes de julio; la gran burguesía financiera tuvo que complacerle. Los aviones están valorizados en 3.500 millones de dólares; cifra que se une a incrementar la deuda externa del país con EE.UU., la cual ha aumentado cuantiosa e irrefrenablemente desde la pandemia del COVID-19 (mención merece el endeudamiento hecho en abril por S/ 4.287 millones para la Nueva Base Naval del Callao). Tornando a lo nuestro, esta compra innecesaria de aviones por parte de un país que está acostumbrado a perder todas las guerras por culpa de la corrupción y el espíritu vendepatria de los que ocupan el poder, demuestra directamente que el PERÚ sigue siendo una SEMICOLONIA de USA, porque esta potencia decide cuándo el PERÚ deberá comprarle y venderle y a qué precio; cuándo caerá en crisis y cuándo no. Con esta acción, nadie puede negar este carácter de nuestro país.










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