El voto antifujimorista fue un furioso obstáculo que no la dejó llegar a palacio de gobierno desde el 2011; esperó, sin desconectarse de la política ni las decisiones desde el congreso, 15 años. Le dio resultados la paciencia; solo tiene cinco años para gobernar. Keiko Sofía Fujimori Higuchi, de 51 años, es la primera presidenta del Perú elegida por elecciones generales en segunda vuelta. Le costó tres intentos frustrados, tres pataletas, tres derrotas, tres quemadas de pan en la puerta del horno. Pero, al final, por insistencia y terquedad, es presidenta del Perú; a la cuarta fue la vencida. En democracia, gana el que más votos cuenta. Esta vez dejó con la miel en los labios al candidato de Juntos por el Perú, que de comunista, leninista, estalinista o trotskista no tiene más que el cliché, la jerigonza ideológica y la arenga bravucona de las protestas callejeras. Así que el terruqueo es eficiente como estrategia de campaña electoral. Ya tiene sus credenciales y debe gobernar hasta el 2031. La vacancia es una esquizofrenia, una posibilidad remota; Keiko culminará sus cinco años de gobierno. Ella ya fue inquilina de la casa de Pizarro cuando tuvo que reemplazar a su madre Susana Higuchi. Esta vez no ha prosperado que Keiko sea la hija de un dictador, corrupto y asesino, sentenciado a 25 años de prisión por delitos de lesa humanidad. No, eso no funcionó, aunque sea verdad. El fracaso irreversible de la izquierda desprovista de conducción y programa de gobierno fue abono fértil para el triunfo de Keiko Fujimori. Es que hoy, peligrosamente, existe una pugna entre el negacionismo deliberado y conservador y los esfuerzos por fomentar la cultura de la memoria histórica. La alegría desborda entre militantes y simpatizantes de Fuerza Popular. Los francotiradores y escépticos ven con expectativa y esperanza el gobierno de Keiko Fujimori. Es tiempo que demuestre credencial de estadista y ejercicio de liderazgo político. Ya no es cuestión de simpatizar o rechazar a Keiko Fujimori. En el juego democrático, gana quien más votos ha logrado sumar. A partir del 28 de julio, empiezan los reales desafíos.
El gobierno de Keiko Fujimori tiene que trabajar, concertando políticamente, sin prebendas, repartija ni canje de votos en el parlamento, por el bienestar ciudadano y el fortalecimiento de la democracia. ¿Qué hacer? Cinco acciones concretas de mediano y largo plazo, que complementarían idóneamente la resolución de otros problemas cruciales, como la inseguridad ciudadana, la estabilidad económica y monetaria, cierre de brecha de infraestructura educativa y hospitalaria, el control técnico de la inflación, generación de empleo y mejoramiento de la calidad de vida de los ciudadanos cuyo efecto se vea reflejado en los bolsillos y la canasta familiar. Fortalecimiento de las instituciones, mecanismos para la reconciliación, respeto irrestricto de la libertad de expresión, voluntad política para enfrentar problemas y fomentar la memoria histórica. La oferta electoral ahora va a aterrizar en la realidad cotidiana donde se ve, sin mucho esfuerzo, el padecimiento y la frustración que provocan la pobreza, el desempleo, la extorsión, la anemia infantil, la fuga de talento de jóvenes, el deterioro de la meritocracia, el desdén por la política, fragilidad de la educación cívica, la corrupción convertida en una práctica normalizada, la ausencia del Estado en las comunidades nativas, de fronteras y pueblos recónditos. El Perú es el “país de todas las sangres”, multilingüe y pluricultural. Es fundamental la seguridad jurídica y la gobernabilidad política para alentar la inversión privada que genera empleo e impuesto. Con trabajo y oportunidades se consigue bienestar. Cada quinquenio renace la esperanza y la expectativa. Educación, salud y empleo son urgencias impostergables, sino habríamos cambiado mocos por babas.
Ver para creer es la lógica de la política. ¿Qué de nuevo podría suceder ahora? Las obras y la actitud frente al poder político cuentan para medir la eficiencia y la relevancia de una gestión. Keiko Fujimori ganó las elecciones. ¿Se resolverán los problemas del Perú? Pasarán cinco años y seguirá persistiendo una agenda pendiente. El crimen organizado (extorsión, sicariato), que mantiene en zozobra a los ciudadanos y empresarios, no es Sendero Luminoso y su lucha armada. La perspectiva y la estrategia demandan instituciones firmes en sus decisiones, la aplicación de la ley, presencia y liderazgo del Estado y resultados a corto y mediano plazo. Keiko no será vacada porque va a gobernar con mayoría parlamentaria y aliados estratégicos. Fujimori ganó con 9 190 889 votos, de los 27 325 432 de electores; es decir, solo un tercio le valió para imponerse en la segunda vuelta. Aquí aparece el tema de legitimidad. El otro tercio no votó ni se siente representado por ella ni Fuerza Popular. Tiene la tarea histórica de tender puentes de diálogo y construir consensos que favorezcan a todos los segmentos sociales de las 24 regiones del Perú. El poder no solo emborracha, sino provoca amnesia y estupidez. Una cosa es la plaza pública y otra decidir desde palacio de gobierno. La política en ejercicio se basa fundamentalmente en tres actitudes: vocación de servicio, respeto a la autonomía de las instituciones y transparencia coherente. Enfrentar la polarización social y política va por el camino de la reconciliación. Para eso se tiene que reconocer honestamente qué se hizo mal y a quiénes se perjudicó. La soberbia y la impunidad juegan en contra. La reconciliación no es discurso, sino convicción y voluntad sincera. Es un acto de enmendadura y reconocimiento del daño. El fanatismo y la intolerancia son incompatibles con la democracia y la libertad. Keiko Fujimori es presidenta del Perú; eso no va a cambiar. Quizá haya llegado el momento preciso para la meritocracia, el desprendimiento político, la integridad moral -no perfección ni santidad-, la idoneidad y la experiencia positiva en los liderazgos ministeriales. No hay que olvidar que en democracia y en un régimen constitucional, los ciudadanos, gremios organizados y plataformas digitales tienen el derecho de protestar y expresar su opinión pacíficamente. La respuesta del Estado no debe ser represión indiscriminada ni persecución política. La democracia se nutre de la pluralidad. Eso esperamos que diga claramente en su primer discurso la presidenta Keiko Fujimori. Con reglas y límites claros, se actúa correctamente.
El ciudadano debe sentir que el Estado, los políticos y las instituciones están interesados en sus derechos, necesidades y aspiraciones, que la política sea un instrumento probo y decente para resolver problemas colectivos. Cada cinco años, los ciudadanos ponemos, con el sufragio, en manos de otro ciudadano, bien intencionado y con proyectos personales y partidarios, para que conduzca el rumbo del país. El destino político e histórico depende de sus decisiones y el liderazgo que ejerza. No hay una receta escrita para ser un gobernante competente y congruente, solo cuentan resultados medibles y objetivos. El termómetro político son las obras, la actitud frente al poder y el estilo de gestión pública. Lo demás es venta de humo.








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