El Perú importó US$ 43 millones en papa prefrita durante 2025 mientras la segunda región productora del país no exporta un solo kilo. El obstáculo no es la tierra ni el clima: es el bidón de agroquímico y el cuaderno que nadie llena.
En 2025 el Perú importó 29,210 toneladas de papa prefrita congelada por un valor CIF de US$ 43 millones. Los Países Bajos vendieron US$ 27.5 millones —el 64 % del total— y Bélgica otros US$ 10.1 millones. Dicho de otro modo: el país que custodia más de tres mil variedades de papa le compra las papas fritas a dos naciones del Mar del Norte que no tienen una sola nativa. Y Huánuco, segunda región productora del Perú con 792 mil toneladas al año, mira pasar el camión.
La explicación cómoda es que los holandeses tienen mejor tecnología. La explicación incómoda —y verdadera— es que la papa huanuqueña, tal como sale hoy del campo, no puede entrar a casi ningún mercado formal, ni siquiera al de una planta procesadora exigente en Lima, porque nadie puede certificar qué le echaron encima.
El veneno también está en la planilla de costos
Papa y hortalizas son los cultivos con mayor abuso de insecticidas en Huánuco. No es una sospecha de café: es lo que reportan los monitoreos regionales. En el mercado mayorista Señor de Puelles se halló una muestra de apio con niveles de pesticida 128 veces por encima del límite permitido. Y a escala nacional, 27 plaguicidas que se siguen aplicando en el Perú están prohibidos en la Unión Europea, Estados Unidos, Chile y Colombia.
Esa última frase resume todo el problema comercial. Un comprador extranjero no discute si el agricultor es buena persona: mide partes por millón. Si la molécula aplicada no tiene límite máximo de residuos autorizado en el país de destino, el límite por defecto es cero. No hay negociación, no hay apelación, no hay gerundio que valga.
Y aquí está el dato que debería cambiar la conversación en cualquier asamblea de productores: según el Centro Internacional de la Papa, los plaguicidas representan entre el 20 % y el 40 % del costo de producción comercial de papa en el Perú —del orden de US$ 1,200 por hectárea en los sistemas más intensivos. No se trata de sacrificar rentabilidad para ser ecológicos. Se trata de que el productor está quemando hasta cuatro de cada diez soles de su costo en un insumo que, encima, le cierra el mercado. Es el peor negocio posible: pagar por perder.
Seis movimientos, y en este orden
1. El primer mercado de exportación está en Lima. Antes de soñar con Róterdam: esos US$ 43 millones de papa prefrita importada son un mercado cautivo, con demanda probada, pago en soles y sin aduana que cruzar. Una planta de bastones congelados abastecida con papa huanuqueña trazable compite contra un producto que viaja once mil kilómetros. Ese es el piloto comercial realista. Quien logre vender aquí con estándar de exportación ya tendrá el sistema montado para exportar después.
2. Vender procesado, no fresco. Hay que decirlo con crudeza: la papa fresca peruana enfrenta murallas fitosanitarias —gorgojo de los Andes, polillas, plagas cuarentenarias— que no se levantan con buena voluntad sino con protocolos bilaterales que toman años. Por eso el 81 % de lo que el Perú exporta en papa ya es valor agregado: hojuelas, papa al hilo, snacks. En el primer trimestre de 2025 se exportó a 18 mercados y los snacks concentraron el 41 % de los envíos. La papa nativa de colores —que Huánuco tiene y Holanda no— es producto diferenciado, no commodity. Ahí está el margen.
3. La trazabilidad es el producto. Un lote exportable no es un lote de papa: es un lote de papa con historia documentada. Cuaderno de campo por parcela, registro de cada aplicación con fecha, producto, dosis y responsable, respeto estricto del periodo de carencia antes de la cosecha, e identificación del lote hasta la planta. Suena burocrático; es exactamente lo que se cobra. Sin ese cuaderno, la mejor papa del mundo vale precio de chacra.
4. Certificarse en grupo, no solo. GLOBALG.A.P., el estándar que piden los compradores serios, tiene una Opción 2 diseñada para este escenario: certificación grupal, donde una organización de productores es la titular del certificado y reparte el costo de la auditoría entre sus miembros bajo un sistema de gestión de calidad común. Para un pequeño productor de Chinchao o Panao, certificarse solo es inviable; hacerlo junto a doscientos vecinos, no.
5. El 0.4 % que explica el rendimiento. La tasa de uso de semilla certificada de papa en el Perú ronda el 0.3 %: el 98 % de los productores siembra su propia semilla o directamente papa de consumo. Eso equivale a sembrar carga viral y plagas heredadas para después combatirlas a punta de químico. La secuencia correcta es la inversa: semilla sana primero, químico casi nunca.
6. Manejo integrado de plagas, por cálculo y no por moda. El MIP no es un discurso verde: es un paquete técnico que el Centro Internacional de la Papa validó en los Andes peruanos —control biológico, trampas con feromonas, monitoreo, rotación, umbrales de acción antes de aplicar— y que el SENASA ya promueve en campo. Su efecto comercial es doble: baja el residuo y baja el costo. Las mismas experiencias de producción orgánica certificada en la sierra peruana se sostuvieron sobre esa base.
Quién hace qué
Nada de esto lo resuelve el agricultor por su cuenta, y conviene ser honesto con los roles. Al Estado le toca lo que solo el Estado puede hacer: fiscalizar de verdad la venta de agroquímicos ilegales y vencidos en ferias y tiendas, retirar del mercado peruano las moléculas que el resto del mundo ya prohibió, y acercar a la región laboratorios de análisis de residuos —hoy, un productor huanuqueño que quiera saber qué contiene su papa tiene que mandar la muestra a Lima y esperar.
Al Gobierno Regional le toca dejar de repartir insumos sin trazabilidad y financiar lo que sí mueve la aguja: semilla certificada, asistencia técnica continua y el costo de las primeras certificaciones grupales. Y al empresariado le toca lo más difícil: firmar contratos de compra con plazo y con precio, porque ningún agricultor invierte en un protocolo si el 100 % del riesgo comercial sigue siendo suyo.
Huánuco no tiene un problema de papa. Tiene, otra vez, un problema de expediente: produce como exportador y documenta como mercado de chacra. La buena noticia es que la brecha se cierra con cosas baratas —un cuaderno, una semilla sana, un umbral antes de fumigar— y que el primer cliente no está en Ámsterdam, sino en el supermercado de la esquina comprando papas belgas.
La pregunta para el próximo gobierno regional, entonces, no es cuántas hectáreas se sembrarán. Es cuántas toneladas saldrán de Huánuco con certificado de análisis de residuos. Si la respuesta vuelve a ser “está en proceso”, ya sabemos quién va a seguir cobrando el negocio.
Datos: MIDAGRI (producción regional y exportaciones de papa), Centro Internacional de la Papa (costo de plaguicidas y manejo integrado de plagas), INIA (tasa de uso de semilla certificada), SENASA (sanidad vegetal y control biológico), Agraria.pe (importaciones de papa prefrita 2025), Diario Ahora y Salud con Lupa (uso de plaguicidas en Huánuco y moléculas prohibidas) y reglas de certificación GLOBALG.A.P.










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