Por estos días Huánuco cumple un año más y, como siempre, llegan los discursos, los desfiles, los saludos, los abrazos y las palabras bonitas, pero también llegan los recuerdos y, algunos de ellos no se pueden dejar morir.
Yo no sé si será cosa de la edad, de la nostalgia o de ese bendito shongo huanuqueño que se resiste a olvidar, pero cada vez que llega agosto me acuerdo de aquellas ferias de Puelles. ¡Buishcha! Eso sí era feria. Uno iba a Puelles no solamente a comprar sino iba a mirar, a curiosear, a encontrarse con la gente, a descubrir cosas que no se veían todos los días, ya que había productos de otras regiones, artesanías, tejidos, objetos curiosos, comida, música, comerciantes que llegaban desde lejos y una cantidad de novedades que hacían que uno regresara a la casa contando lo que había visto.
La feria tenía ese encanto, uno podía ir sin necesitar nada y regresar con cualquier vaina bajo el brazo y cuando llegábamos a la casa tener que escuchar es pregunta ¿Y para qué has comprado eso? No sé, pero estaba bonito, porque así éramos también los huanuqueños medio sonsos para unas cosas, vivos para otras, pero siempre dispuestos a mirar qué había de nuevo.
La feria era una fiesta popular, no necesitaba demasiada propaganda ni grandes escenarios, bastaba con que llegaran los comerciantes, se acomodaran los puestos y empezara el movimiento. Puelles se llenaba de gente, familias enteras iban a pasar el día, los chiuchis iban a mirar, las señoras a comprar, los viejos a conversar y los enamorados iban a cualquier parte con tal de caminar juntitos. Había vida, bullicio, novedad y, sobre todo, había una sensación que hoy parece haberse ido perdiendo: la feria era una puerta abierta hacia el mundo y había algo que hacía todavía más especial aquella feria, los juegos populares.

Uno de ellos era el famoso palo encebado, paraban un palo de unos tres o cuatro metros de altura, y arriba, en la punta, colocaban un billetito, a simple vista parecía una cosa facilísima, «Eso lo saco yo», pensaba algún muchacho, mirándolo desde abajo y comenzaba la función. Los primeros centímetros eran pura confianza, a mitad del palo ya empezaba el problema y cuando llegaba a cierta altura, el pobre comenzaba a resbalar, mientras tanto, el público se moría de risa. ¡Sube, carajo!, ¡Ya falta poquito!, ¡No seas sonsonazo! y el muchacho, desesperado, abrazado al palo, seguía intentando llegar al billetito y así la feria no era solamente comprar, era participar.
Hoy uno camina por la feria y, a veces, tiene la impresión de que el mercado se ha mudado a La Laguna y nos preguntamos ¿dónde está la novedad?, ¿Dónde está aquello que nos hacía decir: «¡Buishcha!, esto nunca he visto»?
Ahora muchas veces encontramos lo mismo que podemos encontrar cualquier otro día en el mercado y uno termina preguntándose si estamos ante una feria de aniversario o simplemente ante un mercado que se puso otro traje.
Soy de la idea que nuestra ciudad necesita recuperar la capacidad de convertir una feria en un acontecimiento, porque una feria no tiene por qué ser solamente comercio, puede ser cultura, encuentro, espectáculo. ¿Por qué no volver a traer artesanos de nuestras provincias? ¿Por qué no mostrar los productos de nuestras comunidades?, ¿Por qué no recuperar juegos tradicionales?, ¿Por qué no tener concursos, música, literatura, artesanía, comida, fotografía, objetos antiguos y todas esas cosas que hacen que uno diga: «Carajo, esto solamente lo puedo encontrar aquí»?
Huánuco tiene material de sobra, lo que muchas veces nos falta es imaginación y quizá también un poco de cariño por lo nuestro, Huánuco tiene palabras que todavía nos conectan con los abuelos, con las casas antiguas, con las conversaciones de barrio y con esa manera tan nuestra de hablar. Huánuco está en el saguan de la casa vieja, en el wepla que todavía se escucha en alguna conversación, en la tacra que de sonsa no tiene nada y en el viejo que todavía recuerda cómo eran las fiestas, está en ese muchacho que, hace muchos años, miraba hacia arriba pensando que ese billetito colocado en la punta del palo encebado podía cambiarle la tarde.
Quizá por eso extraño aquellas ferias, porque había cosas que no costaban plata como el grito de la gente, la risa de los muchachos, la señora que llevaba a sus hijos, el vendedor que llegaba desde otra región, el amigo que uno encontraba después de meses y ese billetito arriba, pequeño, insignificante, pero capaz de hacer que veinte muchachos quisieran convertirse en héroes.
Ahora que nuestra ciudad cumple un año más, sería bueno preguntarnos qué queremos celebrar, ¿Solamente que pasó otro año? ¿O queremos celebrar que seguimos siendo capaces de construir una ciudad con memoria, con identidad y con ganas de hacer cosas diferentes?
Huánuco puede tener una feria moderna, grande y atractiva sin dejar de ser Huánuco, puede haber tecnología, grandes escenarios, comercio y espectáculos, pero también puede haber un palo encebado, artesanos, juegos tradicionales, libros, música nuestra, productos de nuestras provincias, porque una ciudad que solamente vende no tiene necesariamente una feria, más por el contrario, una ciudad que cuenta su historia, muestra lo que produce, reúne a su gente y todavía sabe divertirse, sí tiene una fiesta.
Por eso, este 15 de agosto, cuando Huánuco vuelva a ponerse de cumpleaños, yo no quisiera solamente escuchar discursos, quisiera volver a escuchar aquel griterío de la gente, ver a los muchachos intentando trepar un palo encebado, escuchar a alguien abajo gritando: «¡Sube, pues, wepla!» y que otro responda: «¡Cállate, sonsonazo, sube tú!», entonces quizá podríamos decir que algo hemos recuperado.
Huánuco no necesita solamente una feria más, necesita volver a tener una feria que nos haga sentir orgullosos de estar aquí, que nos haga mirar hacia arriba, aunque sea para intentar alcanzar un billetito y desde abajo, mientras vemos resbalar al siguiente muchacho, poder decir con toda el alma: ¡BUISCHAAAA, ESTO SÍ ES HUÁNUCO!
Las Pampas, 13 de agosto del 2026








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