"¡Qué vanidad la de la pintura, que atrae la admiración por el parecido de
cosas cuyos originales no admiramos en absoluto!" (Blas Pascal.
Pensamientos, 1670).
Giorgio Morandi (1890-1964) suena dulcemente como los marcos que acompañan sus pinturas, nunca antes he puesto la mirada en las molduras con ternura. La sencillez y complejidad de la obra, precisa buscar el vínculo exacto con cada óleo. Morandi, me recuerda al volumen tosco de Paul Cézanne (1839–1906) y a Kazimir Malevich (1878-1935) de Blanco sobre blanco. Sus construcciones son abstractas, su uso de la materia responde a una idea donde el paisaje y el bodegón son pintura pura. Materia y soporte mostrándose con sus cualidades intrínsecas. Atrapa el momento con sencillez técnica, exaltando las cualidades profundas de la tela, del color y el espacio plano. Sin artilugios. El hechizo de los futuristas sobre el movimiento expira en cada obra de Giorgio Morandi.

MAMbo (Museo Arte Moderno de Bologna).
Su nombre puesto al centro del cuadro, muchas veces, suena a equilibrio: Morandi. Cada trazo es contado, sin excesos, un proceso inverso al Haiku. El espectador, puede aposentarse frente a una obra y dejar que el tiempo sin fin pase tras su espalda.
Si alguien ha estancado el tiempo, es él. Ha hecho del cuadro: pared, recinto, templo y, no es que la obra “per se”, pretenda, acometa, detener la vida, sino que muestra, como por una ventana pequeña, su ciudad: Bologna. La forma cuadrilátera del lienzo cobra importancia en su obra, se vuelve arquitectura. Un edificio puede contener muchas ventanas; para Morandi, el lienzo es el edificio. Cada trasto organizado en su pintura, como elementos de un paisaje, dialogan en el plano de la tela, se relacionan en sus atmósferas. Tal vez, el artista contemporáneo que mejor haya entendido su lección sea Mark Rothko (1903 – 1970).

Case del Campiaro a Grizzana, 1929. Aguafuerte sobre zinc (Donación de María Teresa Morandi. Octubre, 1991).
Atrapa el espíritu en su trabajo de pincel, anima la materia sin excederse en efectos. Morandi, no es un ideólogo “metafísico” buscando atmósferas inusuales; menos, narra el sentido irracional del pensamiento “surrealista” o enaltece la gravedad. Sus volúmenes son fácticos, recuperados con el oficio de la pintura, En Él, el espacio “real” ausente, es tan significativo y vital como la presencia de los objetos. Sus luces y sus sombras irradian de las cosas, haciendo que su atmósfera exista desde antes de la composición del cuadro. Los cacharros se pueden cargar, sentir su peso, sus lienzos/ventanas; difieren de la atmósfera del mundo, aun así, lo exponen.

Fiori, 1950. Óleo sobre tela. (Adquisición de la Comuna de Bologna).
En 1995, oí su nombre completo por primera vez, recuerdo al maestro Joel Meneses mirando un dibujo diciéndome: me recuerda a Giorgio Morandi. Luz, medio tono y sombra. Sus obras, vistas en una destartalada revista en blanco y negro, parecían imprecisas, abstractas. Mucho tiempo después, conocí la pintura del sacerdote Ugo de Censi (1924-2018), en sus paisajes, sobre tablas en formatos pequeños, había una extraña cercanía con la composición y paleta del artista de Bologna. Esa incertidumbre encontró respuesta cuando descubrí que de Censi, había frecuentado a la pintora Norma Mascellani (1909-2009) quien, entre sus maestros, tenía a Morandi. Desde entonces admiré su vocación pictórica, docente y su anacoretismo.
Conoció todas las vanguardias, sabía que se necesitaba un camino por donde reflexionar el espacio que hay entre lo que viene y se queda. Asir el presente en la realidad del cuadro, una línea de horizonte donde cada objeto puesto es bodegón o paisaje. No hay nada más cercano a habitar y colmar que la ausencia. Morandi restringe todos los elementos: tamaño del lienzo, dibujo, paleta, como Goya en la quinta del sordo realizando las pinturas negras, salva un poco de silencio en una sociedad donde arremete la velocidad.

Natura morta, 1955. Óleo sobre tela. (Adquisición de la Comuna de Bologna).
Camino por Bologna, es difícil imaginar a Umberto Eco, saludando a Giorgio Morandi, encuentro por error el muro sobreviviente de la casa donde nació un 20 de julio. Baja una pareja con un bebé en brazos, pregunto si hay algo de Morandi en el edificio, responden: Non lo sappiamo, viviamo qui da anni e non ne abbiamo mai sentito parlare. (No lo sabemos, vivimos años acá nunca hemos escuchado de él). La existencia, en ocasiones, se reduce a un trozo de mármol (Huácar, agosto 2026).








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