Hay ciudades cuya historia permanece escrita en libros y documentos. Pero existen también ciudades cuyo pasado quedó detenido para siempre en fotografías que valen por mil palabras. Tingo María es una de ellas. Las antiguas imágenes que hoy contemplamos nos permiten regresar a mediados del siglo XX, cuando la naciente ciudad comenzaba a crecer en medio de la exuberante naturaleza del Alto Huallaga. Detrás de muchas de aquellas fotografías encontramos la mirada de un hombre que, quizá sin imaginarlo, estaba registrando el crecimiento y la transformación de una ciudad. Ese hombre fue el fotógrafo Teófilo Baldeón Cóndor.
UNA CIUDAD QUE COMENZABA A NACER
Tingo María fue fundada oficialmente el 15 de octubre de 1938. Era apenas un pueblito del distrito de Chinchao, cuyo proceso de formación urbana estuvo estrechamente relacionado con la colonización que impulsaba el gobierno de Benavides. Como contamos en nuestro libro “La Serpiente Verde”, con la construcción de la carretera Huánuco–Pucallpa se comenzó a vincular la selva huanuqueña con el resto del país.
Es durante la década de 1950 cuando aparece en Tingo María la figura de Teófilo Baldeón Cóndor, uno de los pioneros de la fotografía en la ciudad. Desde entonces desarrolló una intensa actividad fotográfica bajo el nombre de Foto Universal, establecimiento ubicado en la tercera cuadra de la calle principal, hoy avenida Raimondi, una de las principales arterias de aquella floreciente ciudad. Tingo María no fue solamente el lugar donde Baldeón ejerció su oficio fotográfico; fue el gran escenario de su obra.
Por el lente de Baldeón desfilaron personas, familias, comerciantes, autoridades y viajeros; pero también quedaron registradas las calles, viviendas, establecimientos, instituciones y paisajes que daban forma a una sociedad diversa y cosmopolita que empezaba a construir una nueva ciudad en plena selva alta. Su inseparable cámara fue testigo del encuentro de pobladores, colonos, agricultores, comerciantes, funcionarios y trabajadores que, procedentes de distintos lugares, participaban en la transformación de la ciudad. Sus fotografías no fueron solamente recuerdos personales de álbumes familiares. Muchas circularon también como tarjetas postales, llevando las primeras imágenes de Tingo María hacia otras ciudades del Perú y del mundo.

LOS AÑOS CINCUENTA: UNA CIUDAD QUE CRECE
Llegaron los años cincuenta y Tingo María comenzó a cambiar aceleradamente. Las pequeñas calles de aquella joven población fueron adquiriendo un nuevo rostro urbano, impulsadas por el trabajo y el emprendimiento de colonos peruanos y extranjeros que encontraron en estas tierras un lugar donde establecerse y construir un nuevo porvenir. La ciudad comenzó a mostrar una nueva fisonomía. Surgieron establecimientos comerciales, instituciones públicas, nuevos medios de transporte y espacios de encuentro que reflejaban una vida urbana cada vez más dinámica. La avenida Raimondi se convirtió progresivamente en uno de los principales escenarios de la vida social.
Y allí estaba presente la cámara de Teófilo Baldeón. Cada fotografía detenía un instante del día a día: una calle, un automóvil, una vivienda, un grupo de personas, una institución pública, un establecimiento comercial o un acontecimiento. Pero, contempladas hoy, muchas décadas después, aquellas escenas adquieren un significado completamente diferente. Ya no son solamente fotografías. Son documentos históricos de una ciudad de todas las sangres que comenzaba a consolidarse como centro económico y administrativo del Alto Huallaga.
LA CIUDAD Y LA NATURALEZA
Pero la mirada de Teófilo Baldeón no se quedó encerrada dentro de la ciudad. Su cámara salió también en busca del paisaje. El río Huallaga, las montañas, los caminos, los puentes y la inmensa vegetación tropical se convirtieron igualmente en protagonistas de sus fotografías. En aquellas imágenes encontramos una relación que terminaría siendo inseparable de la identidad de Tingo María: la unión entre ciudad y la naturaleza.
Mientras la ciudad crecía, permanecía rodeada por un extraordinario escenario natural que progresivamente comenzaría a formar parte también de su identidad turística. Y sobre la ciudad permanecía —como permanece hasta nuestros días— la inconfundible silueta de la Bella Durmiente, aquella cadena de montañas que, como si fuera un documento de identidad, se convirtió en símbolo de Tingo María. Baldeón no sólo fotografió la Bella Durmiente: la inmortalizó.
Para quienes llegaban por primera vez a estas tierras, llevarse una fotografía significaba conservar el recuerdo de aquella joven ciudad que comenzaba a ser conocida como una de las puertas de ingreso a la Amazonía peruana. De esta manera, el lente de Baldeón no solamente registró la transformación urbana. También preservó el extraordinario paisaje que acompañó el nacimiento de Tingo María y que terminaría convirtiéndose en parte fundamental de su identidad histórica y turística.
LOS AÑOS SESENTA: UNA CIUDAD QUE SE CONSOLIDA
Durante los años sesenta, Tingo María ingresó en una nueva etapa. La ciudad que unas décadas antes mostraba todavía las características de una pequeña población de colonización comenzó a adquirir una estructura urbana cada vez más compleja. Las imágenes atribuidas a Teófilo Baldeón correspondientes a aquellos años permiten observar esta transición. Comparar una fotografía de los años cuarenta con otra tomada veinte años después permite comprender inmediatamente la magnitud de aquella transformación.
Los años cuarenta nos muestran una ciudad que nace; los cincuenta, una ciudad que crece; y los sesenta, una ciudad que comienza a consolidarse. En medio de ese extraordinario proceso de transformación encontramos el lente de Teófilo Baldeón Cóndor. Todavía conocemos muy poco sobre la vida del propio fotógrafo. Sabemos que nació en Junín el 10 de setiembre de 1924, pero desconocemos aspectos su formación en el arte fotográfico, las circunstancias exactas de su llegada a Tingo María, los primeros años de su actividad profesional y, sobre todo, el destino de la totalidad de su archivo fotográfico después de su fallecimiento, ocurrido en 1989. Sin embargo, las fotografías que han sobrevivido permiten reconocer la trascendencia histórica de su trabajo.
Baldeón no fotografió únicamente personas y paisajes. Fotografió una época. Registró una ciudad mientras estaba creciendo. Documentó lugares que posteriormente desaparecieron o se fueron transformando y dejó para las futuras generaciones una memoria visual irreemplazable. Detrás de los rostros, de las calles aquellas, encontramos los orígenes de la ciudad contemporánea. Por eso, los historiadores consideramos que las fotografías no deben ser consideradas únicamente objetos de nostalgia, sino que constituyen auténticas fuentes para la historia.

LA MEMORIA VISUAL DE TINGO MARÍA
Han transcurrido más de ochenta años desde aquellas primeras fotografías. Tingo María ha cambiado. Cambiaron sus calles. Cambiaron sus construcciones. Cambiaron sus habitantes. Pero las fotografías en blanco y negro permanecieron. Y gracias a ellas todavía podemos encontrarnos con aquella ciudad de los años cuarenta, cincuenta y sesenta; una ciudad joven que comenzaba a abrirse paso entre la floresta y el río Huallaga, observada pacientemente a través del lente de Teófilo Baldeón Cóndor y su estudio fotográfico Universal.
Quizá Baldeón nunca imaginó que sus fotografías terminarían adquiriendo, muchas décadas después, un significado histórico mucho mayor. Lo que hoy hacemos utilizando las palabras para escribir la historia de Tingo María, Baldeón lo hizo con su cámara. Imagen tras imagen, sus fotografías nos permiten contar la historia de toda una ciudad. El tiempo convirtió sus fotografías en memoria. No es el Chambi de la Amazonía peruana, pero su legado constituye hoy una parte importante del patrimonio documental de la capital del Rupa Rupa. Por ello, rescatarla, identificarla, conservarla y difundirla significa también preservar nuestra propia historia.








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