César Vallejo murió el 15 de abril de 1938 en París. No jueves, sino viernes, sin aguacero, sobre París caía una leve llovizna. Vallejo era físicamente vulnerable a la muerte. Su poesía y su oficio de poeta innovador y universal se han convertido en inmortalidad, paradigma e influencia poderosa. ¿Existe algún poeta de lengua castellana que ignore o no tenga una huella visible o sutil de César Vallejo? Si un poeta escribiera: “Este tormento mío, mi dolor a cuestas, el pan convertido en cruz del calvario, mi corazón diluido por la lluvia, mi instinto de sobrevivencia, pronto acabarán. Dios mío, yo también digo: por qué me has abandonado”. Ahí está Vallejo: dolor, sufrimiento, agonía. ¿Qué sería del mundo sin los poetas? ¿Qué sería de la vida sin poesía? Quizá los árboles no darían sombra al caminante. El sol bajaría para desposar a las doncellas de piel transparente. La luna dejaría de ser el testigo de la noche. El lenguaje acompañaría su propio cortejo fúnebre. La poesía es vida, expiración, amor, tiempo, ilusión, rebeldía. La poesía gana la guerra sin pelear. La poesía embaraza mujeres sin copular. Los poetas son los fedatarios de la palabra elástica, plural, multicolor. “Yo nací un día / que Dios estuvo enfermo”.
De todos los poetas que he leído en mi trayectoria de lector, César Vallejo ha sido el que más impacto tuvo en mi sensibilidad, preferencia y goce artístico. Desde que, por primera vez, leí “Los heraldos negros”, mi vida literaria es otra. Resuena, como truenos que anuncian una tempestad furiosa, en mi memoria, esos 17 versos. Incluso, si padeciera de Alzheimer recordaría el primer cuarteto: “Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé! / Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, / la resaca de todo lo sufrido / se empozara en el alma… Yo no sé!” Quedé, prácticamente, en estado de parálisis mental, obnubilado, enajenado, no sabía cómo reaccionar ante esos inéditos versos. Eguren, Gabriela Mistral y Neruda dejaron de interesarme. Leer la poesía de Vallejo, con dedicación de trabajo no rentable e infatigablemente, fue la primera aventura literaria que emprendí y no la he abandonado hasta hoy. Estoy seguro que lo último que haré antes de quedarme invidente y sin memoria es leer a Vallejo como en mis años mozos y felices.
En la universidad, me convertí en un adicto lector de la poesía de Vallejo. Llevaba conmigo Obra poética completa, edición, prólogo y cronología de Enrique Ballón Aguirre (1979, 433 páginas). Ahí estaba disponible la poesía de César Vallejo. En la carátula destacaba el retrato que de él dibujó Pablo Picasso. Ese ejemplar me acompañaba adonde yo fuera a hacer lo que sea. Leyendo a Vallejo me reproduje tres veces. Vallejo se había convertido en mi sombra literaria. El libro envejeció en mis manos de tanto leerlo; ahí dejé mi huella digital de lector. Lo abandoné cuando incursioné en la lectura de otros poetas: Martín Adán, Juan Gonzalo Rose, Miguel Hernández, García Lorca, Manuel Scorza, Rimbaud, Baudelaire, Cárdich. Nunca me alejé de Vallejo; fue mi padrino en la poesía. Vallejo y yo íbamos hacia donde el viento nos empujaba. En una oportunidad, en el auditorio del colegio San Luis, leí emocionadamente “Los nueve monstruos”, engolando la voz, haciendo movimientos teatrales. Desde entonces, cuando tengo que cumplir alguna tarea o misión, suelo decir: “!Ah, desgraciadamente, hombres humanos, / hay, hermanos, muchísimo que hacer”. El poema LXV de Trilce es inolvidable y conmovedor el tono nostálgico y desgarrador del yo poético. “Madre, me voy mañana a Santiago, / a mojarme en tu bendición y en tu llanto. / Acomodando estoy mis desengaños y el rosado / de llaga de tus falsos trajines”. La madre es la “muerta inmortal”; Vallejo, el muerto inmortal.
Vallejo pulverizó mi inocencia religiosa. Desde que leí “Los dados eternos”, la sombra del agnosticismo me persigue. No cuestiono a Dios ni quiebro mis rodillas ciego de fe. A los 18 años, esos versos cargados de irreverencia, inclusive de blasfemia y rebeldía, representó un viraje en mi credo cristiano. En la universidad, abracé fervorosamente la teología de la liberación, admiré a algunos sacerdotes que habían convertido el evangelio y el discurso de Cristo en acciones políticas y compromiso social: Camilo Torres, Gustavo Gutiérrez, Hélder Cámara y Arnulfo Romero. En Así habló Zaratustra de Federico Nietzsche, encontré la sentencia que agudizó mis cimientos ideológicos: “Dios ha muerto”. Me desconcertó la estrofa: “Dios mío, si tú hubieras sido hombre, / hoy supieras ser Dios; / pero tú, que estuviste siempre bien, / no sientes nada de tu creación. / Y el hombre sí te sufre: el Dios es él”. Quedé impresionado y confundido. Se podía juzgar frontalmente a Dios por no ser un hombre de carne y hueso. Un Dios para ser tal debe ser un hombre que sufre. Para Vallejo, Dios es Cristo, ese judío asesinado por Roma, asumiendo que su muerte redimiría de los pecados al mundo. En el poema “Dios”, hay un cambio de postura. “Siento a Dios que camina / tan en mí, con la tarde y con el mar”.
Sin Garcilaso de la Vega, César Vallejo, José María Arguedas, Manuel Scorza, Mario Vargas Llosa y Julio Ramón Ribeyro, la literatura en el Perú es intrascendente, carente de legado y lectoría. Vallejo murió hace 88 años. Después de Vallejo han aparecido muchos poetas que representan notables hitos en la historia literaria del Perú, por ejemplo, los poetas de la generación del 50 y Hora Zero. Poetas muy leídos son Javier Heraud, Juan Gonzalo Rose, Blanca Valera, José Watanabe, Antonio Cisneros. Vallejo, materialmente, no existe, su poesía y magisterio literario están vigentes y vigorosos. Trajinó, intuyendo su universalidad, de Santiago de Chuco, a Trujillo, luego a Lima y, finalmente, a París, Rusia, Madrid, Alemania. Vallejo fue un poeta y ciudadano migrante. En Lima, entre los 26 y 30 años, publicó Los heraldos negros (sin el prólogo de Abraham Valdelomar) y Trilce; Poemas humanos y España, aparta de mí este cáliz son póstumos, editados por Georgette Philipart y Raúl Porras Barrenechea. Son célebres, aparte del poema liminar “Los heraldos negros”, “Masa”, “Piedra negra sobre una piedra blanca”, “Los nueve monstruos”, “La rueda del hambriento”, “Intensidad y altura”. Haber leído la poesía de Vallejo, después de González Prada, Chocano, Eguren y Valdelomar, fue una experiencia estética distinta. Dice Marco Martos: “Vallejo es el poeta del dolor, pero es también el poeta de la esperanza en el hombre y en sus capacidades científicas y afectivas casi infinitas. Es también el poeta de la solidaridad”. Transcribo: “Amado sea el que trabaja al día, al mes, a la hora, / el que suda de pena o vergüenza, / aquel que va, por orden de sus manos, al cinema, / el que paga con lo que falta, / el que duerme de espaldas, / el que ya no recuerda su niñez; amado sea / el calvo sin sombrero, / el justo sin espinas, / el ladrón sin rosas, / el que lleva reloj y ha visto a Dios, / el que tiene un honor y no fallece!” (“Traspié entre dos estrellas”). Leer a Vallejo oxigena la vida diaria y el espíritu inquieto.










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