Es sabido que, tanto en la crítica como en los representantes del canon literario del Perú, subsiste un desdén muy claro, despectivo y hasta violento contra la literatura fantástica y de terror, tal como lo confirma Honores (2014), quien establece, además, que el desinterés no es causado por la falta de producción, sino por la estigmatización de la literatura de terror y fantasía al considerarlas literatura de efugio; en otros términos, dichas literaturas son subvaloradas como una narrativa que se aparta de la realidad social y consumida únicamente por lectores imaginados diabólicos o anormales (p. 11)
En el Perú, hubo muestras de este tipo de literatura desde inicios de la República, alcanzando su punto álgido con la publicación de Cuentos malévolos de Clemente Palma, a quien podríamos considerar el iniciador de la literatura terrorífica. Más aún, la historia social ha denotado que este tipo de literatura no ha servido solo para entretenimiento o para escapar de la realidad objetiva al estilo de los románticos idealistas o sentimentalistas, sino también para abordar temas sociales y analizar realidades concretas. Esta hipótesis la planteamos sin considerar todavía las ficciones —en donde se involucran demonios y seres humanos— de don Ricardo Palma Soriano.
T.S. Eliot (1943) afirmó que toda poesía cumple una función social, variable según la época y los poetas. La poesía, entonces, puede asumir una función en la sociedad de manera consciente o deliberada; este manifiesto es mucho más claro en las etapas primitivas de las sociedades (p. 3). Así como puede cumplir una función social consciente y deliberada, también asume una posición o función social inconsciente e indirecta. Este planteamiento esbozado por T.S. Eliot es una generalización que, muy bien, puede ser aplicada a la literatura fantástica y de terror, pues a decir de Mahlke (2020) la tragedia clásica legó a la narrativa fantástica la función de crear y/o producir terror en el siglo XVIII, ya que la tragedia había sido útil para crear colectivos aterrorizados bajo el pretexto de buscar la catarsis a través de lo que Aristóteles denominó phobos y eleos (p. 321). Siglos después, aquella narrativa fantástica le resultó sumamente útil a la Iglesia católica, pues la utilizó para someter a la humanidad y estancar el desarrollo de las ciencias; luego, la heredaron a posteriores instituciones gubernamentales dentro de sistemas basados en la opresión clasista, impactando constantemente sobre la realidad objetiva, tal como señala Pérez (2012) cuando narra que, para crear más pavor, los campos de concentración en Argentina le añadieron elementos del imaginario gótico, mezclados con métodos contemporáneos de descomposición de la esencia humana al resultado paralizante producido por la complicada relación entre lo sabido, lo negado y lo temido (s.p.). Sin embargo, esta narrativa fue modificándose con el paso de los siglos hasta convertirse también en una expresión del horror que experimentan las clases oprimidas o las culturas relegadas bajo sistemas dictatoriales e inhumanos, siempre nutriéndose de la realidad e impactando sobre esta misma. Entonces, la literatura fantástica y de terror no solo pueden cumplir una función social, sino que se originaron cumpliendo una función social determinada. Hoy en día, deja de ser única y exclusivamente un arma de dominación o sometimiento; también cabe la posibilidad de transmutarse en un arma de denuncia y transformación social.
Este tipo de literatura se ramifica según los diversos niveles de dificultad analítica, pues algunas obras, aparte de reflejar el pensamiento, la conducta e idiosincrasia de un tiempo específico, contienen mensajes explícitos de repercusión social como el Frankenstein de Mery Schelley; por otro lado, existe aquel terror y/o la fantasía alegórica, cuya complejidad demanda un ojo más analítico. Pese al incremento del interés hacia estas narrativas por parte de escritores y lectores, aún se las desprecia en la crítica y el canon literario, tildándolas y acusándolas de ligeras e inservibles. Para refutar esta posición basada solo en emociones ligeras, basta con analizar la narrativa fantástica de Vallejo y centrarnos en la breve novela Fabla salvaje y el cuento “Más allá de la vida y la muerte”, circunscritos en la literatura fantástica y de terror debido a los elementos que los caracterizan. En ambos, Vallejo aplica el método del psicoanálisis freudiano muy en boga en aquellos tiempos, sin menospreciar las ciencias sociales, pues resulta inexorable la relación o la influencia mutua entre sociedad-individuo e individuo-sociedad en la percepción vallejiana. Todo esto no lo afirmamos por asociar la imagen de Vallejo con el marxismo; por el contrario, creemos necesario subrayar que los dos relatos se encuentran enmarcados en lo que la crítica literaria llama su etapa modernista o los inicios de su literatura porque fueron publicados en 1923, pocos años después de que Los heraldos negros experimentara una amplia circulación. No obstante, en nuestro escritor se había forjado ya un espíritu social, cuestionador, rebelde e innovador, tal cual lo califica Mariátegui en sus Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana.
La narrativa vallejiana, si bien está todavía en un proceso de formación marxista e influenciada por la fantasía modernista, tiende a inclinarse hacia lo tétrico y lo escabroso, sin desligarse del sentimiento humano. Como anotara Pezzé (2022), mientras que los relatos titulados “Más allá de la vida y la muerte” y “El unigénito” nos imbuyen a meditar acerca de las capacidades del género en los cuestionamientos ante lo sublime mediante la reformulación de ciertos topos de la literatura fantástica, “Los caynas” —nosotros añadiríamos a Fabla salvaje— viene a confirmar las facultades del género horror para narrar la marginación y los límites sociales (p. 49)









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