Pillcomasicuna necesita financiamiento permanente y Huayopampa una intervención inmediata que impida perder un escenario fundamental de la rebelión de 1812. Huánuco no puede declararse orgulloso de su historia mientras obliga a quienes la preservan a mendigar recursos cada año y permite que uno de sus monumentos más representativos se deteriore bajo la lluvia. La escenificación del Pillcomasicuna y la capilla de Huayopampa muestran dos rostros de un mismo abandono: una comunidad decidida a conservar su memoria y unas instituciones que abundan en reconocimientos, ordenanzas, convenios y anuncios, pero fracasan cuando llega el momento de asignar presupuesto, aprobar expedientes y ejecutar obras.
Durante 27 años, docentes, escolares, promotores y vecinos han sostenido una representación que moviliza a más de 500 participantes y recuerda la gesta libertaria de Panatahuas, Huamalíes y otros pueblos que se levantaron en 1812. No estamos ante un entretenimiento accesorio. Se trata de una expresión de identidad regional con valor educativo, cultural y turístico. Sin embargo, cada edición comienza casi desde cero: buscar alimentación, vestuario, movilidad y respaldo de autoridades. Esa precariedad no es heroísmo; es una falla de gestión pública que se ha normalizado.
El Día de la Dignidad Huanuqueña, la bandera regional vinculada a la rebelión y las declaratorias patrimoniales tienen un valor simbólico. Pero los símbolos pierden fuerza cuando no están acompañados por decisiones materiales. Una ordenanza que no establece financiamiento permanente puede servir para una ceremonia, pero no garantiza la continuidad de una política cultural.
El Gobierno Regional, las municipalidades de Huánuco y Amarilis y las dependencias de Cultura y Turismo deben dejar de tratar el Pillcomasicuna como una actividad que se rescata a última hora. La escenificación necesita una partida identificable, una organización profesional, un calendario anual y responsabilidades institucionales claramente distribuidas. También requiere una propuesta que la conecte con los colegios, la investigación histórica y la promoción turística, sin convertirla en espectáculo vacío ni despojarla de su significado.
Más grave aún es la situación de la capilla de Huayopampa. El inmueble está protegido como Patrimonio Cultural de la Nación y existe un convenio entre la Municipalidad de Amarilis y el Ministerio de Cultura. Pese a ello, continúa sin presupuesto aprobado ni fecha de restauración. Sus paredes, columnas y techos no entienden de trámites: siguen deteriorándose mientras las instituciones intercambian documentos.
Si la recuperación requiere aproximadamente S/2 millones, corresponde elaborar y aprobar el expediente que determine el monto real. Lo inadmisible es seguir utilizando una estimación como explicación para no actuar. Amarilis debe informar cuándo comenzará la restauración; Cultura, qué asistencia técnica proporcionará; y el Gobierno Regional, si participará en el financiamiento.
La memoria no se conserva con discursos pronunciados cada aniversario. Se conserva destinando recursos, protegiendo los lugares donde ocurrieron los hechos y respetando a las comunidades que durante décadas han hecho el trabajo que correspondía al Estado. Si Huayopampa termina perdiéndose, ninguna autoridad podrá alegar que no fue advertida.










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