El debate presidencial entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez se convirtió en el hecho político más importante del fin de semana, a una semana de la segunda vuelta. El encuentro, organizado por el Jurado Nacional de Elecciones, concentró la atención nacional porque ambos candidatos llegan a la recta final con un país polarizado, una campaña breve y un sistema electoral todavía golpeado por los cuestionamientos de la primera vuelta.
El debate fue programado en el Centro de Convenciones de Lima y previsto para iniciar a las 8:00 de la noche, con transmisión por televisión abierta y plataformas digitales. La expectativa estuvo puesta en seguridad ciudadana, economía, lucha contra la corrupción, descentralización y gobernabilidad, los temas que dominan la preocupación ciudadana antes de la votación del 7 de junio.
Fujimori llega al tramo final intentando consolidar el voto conservador, urbano y empresarial, con énfasis en orden público y estabilidad económica. Sánchez busca ampliar respaldo en regiones del interior, sectores populares y electores antifujimoristas, con un discurso centrado en cambio político, descentralización y programas sociales.
La primera vuelta dejó una herida abierta. El conteo prolongado, las fallas logísticas y las denuncias de fraude sin pruebas concluyentes instalaron desconfianza sobre el proceso. Por eso, el debate no solo fue una confrontación de propuestas, sino también una prueba de carácter político para dos candidaturas que arrastran altos niveles de rechazo.
La campaña entra ahora en su semana decisiva. El desempeño de ambos candidatos puede incidir sobre indecisos, votos blandos y electores que elegirán más por descarte que por adhesión. La pregunta de fondo será si el debate ayuda a ordenar el cierre electoral o si profundiza una confrontación que podría trasladarse al día posterior a la votación.










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