Japón mantiene desde 1978 un arancel del 0% para la importación de coches extranjeros, una política comercial que buscaba impulsar la competitividad de su industria automotriz en los mercados internacionales. Sin embargo, casi medio siglo después, los vehículos foráneos siguen siendo una rareza en las calles del país asiático.
De acuerdo con información recogida por el medio especializado Xataka, la decisión de eliminar los aranceles se tomó en un contexto de auge industrial. Tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos financió la recuperación japonesa, y para la década de 1970 el país ya había diversificado su industria y aplicado innovaciones técnicas que lo situaron a la vanguardia mundial. Aprovechando la debilidad del yen frente al dólar, Japón apostó por exportar masivamente sus productos, especialmente automóviles, que eran más baratos y eficientes que los estadounidenses y europeos durante la crisis del petróleo.
Un mercado cerrado de facto
A pesar de la apertura arancelaria, la penetración de marcas extranjeras ha sido marginal. Según datos citados por el diario El Mundo, en 2016 la Unión Europea compró a Japón 575.000 automóviles por valor de 9.000 millones de euros, mientras que apenas le vendió 279.000 vehículos por 7.300 millones de euros. Ese mismo año, el mercado japonés totalizó casi cinco millones de unidades vendidas, y de las 12 marcas más populares, solo una —Mercedes, en décima posición— era extranjera. Ninguno de los 30 modelos más vendidos en Japón era de origen foráneo.
Los vehículos que la Unión Europea lograba colocar en Japón eran de precio elevado. La unidad media importada costaba más de 26.000 euros, mientras que los coches japoneses vendidos en Europa tenían un valor promedio inferior a 16.000 euros, lo que refleja la dificultad de competir por volumen en el mercado nipón.
Factores culturales y regulatorios
El arraigado nacionalismo del consumidor japonés, en un contexto regional de tensiones con China y las Coreas, es señalado como un factor determinante. A esto se suman estrictas normativas que han moldeado el parque automotor local. Desde la década de 1960, rige en Japón el Shako Shomeisho, una norma que obliga a los compradores a demostrar que disponen de un espacio de estacionamiento antes de adquirir un vehículo, una limitación decisiva en un país altamente urbanizado.
Además, las duras regulaciones de emisiones y espacio han llevado a que los coches desaparezcan del centro de las grandes ciudades. En este contexto, los fabricantes japoneses han privilegiado modelos como los monovolúmenes y los kei car, vehículos compactos por fuera pero con amplio espacio interior, un segmento que prácticamente ha desaparecido en Europa. En 2025, los modelos Toyota Sienta, Nissan Note y Honda Freed ocuparon el tercer, cuarto y quinto lugar entre los más vendidos del país.
Predominio total de las marcas locales
El dominio de la industria local es abrumador. En el listado de los 20 coches más vendidos en Japón durante 2025, no se encuentra ni un solo modelo extranjero. De esos 20, 13 son de la marca Toyota. El precio también juega un rol clave: los vehículos producidos localmente son más baratos gracias a una producción más competitiva y al valor relativamente bajo del yen frente al dólar, el euro y la libra, lo que otorga a las empresas niponas una ventaja significativa en su mercado doméstico.
Las compañías extranjeras que intentan vender en Japón enfrentan costos adicionales, como la necesidad de adaptar la producción para vehículos con volante a la derecha, debido a que se conduce por la izquierda. Este conjunto de barreras culturales, regulatorias y económicas ha hecho que, a pesar de un arancel del 0%, los coches foráneos sigan siendo una excepción en las calles japonesas.








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