Guatemala atraviesa una de sus crisis de seguridad más severas de las últimas décadas. La peligrosa organización criminal Barrio 18 ejecutó un ataque que terminó con la muerte de 11 policías, mientras en paralelo sus integrantes recluidos en centros penitenciarios lograron tomar el control de tres cárceles del país. La magnitud del hecho llevó al Estado guatemalteco a adoptar medidas excepcionales, como declarar un estado de sitio, una decisión que no se registraba desde el fin del Conflicto Armado Interno en 1996.
Este episodio expuso el poder real que han alcanzado las pandillas en Guatemala, especialmente dentro de las prisiones, donde las estructuras criminales no solo mantienen presencia, sino que operan como verdaderos aparatos de mando, capaces de ordenar ataques, extorsiones y asesinatos desde el interior de los penales.
Según especialistas, el crecimiento de Barrio 18 no responde únicamente a la violencia callejera, sino a una combinación de factores: ausencia de control territorial, falta de prevención social y un sistema penitenciario debilitado que permite que los reclusos se conviertan en autoridades de facto.
La pandilla encontró terreno fértil en zonas vulnerables como la Zona 18, uno de sus principales bastiones. Desde allí consolidó su influencia mediante extorsiones y acciones de terror dirigidas a dominar barrios completos.
Este escenario, advierten expertos, no es un fenómeno aislado y podría replicarse en otros países si las cárceles se convierten en centros de operación criminal en lugar de espacios de rehabilitación.
Alerta exfiscal
En ese contexto, Edgar Morales, exfiscal del Ministerio Público de Guatemala, lanzó una advertencia directa sobre el caso peruano: el Tren de Aragua, megabanda criminal originaria de Venezuela, podría transformarse en el equivalente del Barrio 18 en Perú si no se corrigen las fallas estructurales del sistema penitenciario y de seguridad.
Morales investigó durante más de una década a Barrio 18 y logró impulsar sentencias contra más de 100 integrantes de esta red criminal. Con esa experiencia, sostiene que el crecimiento de las pandillas no ocurre de forma espontánea, sino cuando el Estado pierde capacidad de anticipación y control.
A diferencia de organizaciones verticales tradicionales, Morales explica que en Perú el Tren de Aragua opera mediante facciones autónomas, que actúan bajo distintos nombres pero con patrones similares: extorsión, explotación sexual y violencia sistemática. Estas células, aunque dispersas, mantienen vínculos con una estructura central que las coordina o respalda.
El exfiscal considera que el Perú se encuentra en un punto crítico, ya que la expansión del crimen organizado no solo ocurre en las calles, sino también en los penales, donde las mafias buscan consolidar poder, reclutar internos y organizar operaciones externas.
La advertencia se produce en medio de un debate regional sobre la expansión del Tren de Aragua, cuya presencia ya se ha detectado en varios países de Latinoamérica y que ha sido señalado como una de las organizaciones más peligrosas del continente.
Migración
Morales sostiene que la historia de Barrio 18 demuestra cómo el fenómeno migratorio y la exclusión social pueden convertirse en catalizadores del crimen organizado. Según explicó, el origen del problema en Guatemala comenzó a gestarse a finales de los años 80, cuando el conflicto armado interno generó una migración masiva desde el interior del país hacia la capital.
Ese desplazamiento provocó una explosión demográfica y el surgimiento de asentamientos humanos en zonas marginales, donde el Estado carecía de presencia efectiva. En esos espacios comenzaron a formarse grupos juveniles que inicialmente competían en actividades culturales como el breakdance, muy popular en esa época.
Sin embargo, el panorama cambió con las deportaciones desde Estados Unidos. Morales señala que en los años 80 el epicentro del crecimiento de la pandilla 18th Street Gang se ubicaba en Los Ángeles, California, pero fue en Guatemala donde las primeras células se consolidaron con fuerza.
Las personas deportadas, explica, comenzaron a reclutar jóvenes guatemaltecos, creando “clicas” o subestructuras territoriales. Una de las primeras en consolidarse fue la de la colonia El Limón, considerada clave en el crecimiento de Barrio 18.








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