Viajar de Las Pampas a Huánuco —o al revés, porque el sufrimiento es democrático— ya no es un trayecto, es una prueba espiritual, una especie de retiro forzado donde uno conversa con Dios, con los difuntos y hasta con el mecánico que va a cobrar después al chofer. Esa carretera ya no es carretera, es un tablero de sapo gigante, donde el carro es la ficha y los huecos son los hoyos malditos que siempre te tragan. Antes uno decía «voy a Huánuco» con emoción, ahora uno se despide como si se fuera a la guerra.
Y no es exageración, es que los huecos ya no son huecos, son cráteres. En Yanag, por ejemplo, hay unos que están más grandes que las promesas en campaña, ahí ya no entra solo la llanta, sino que desaparece el carro entero con familia incluida, gallina, costal de papa y hasta el chofer con su cumbia a todo volumen.
El otro día un mototaxista se asomó a uno de esos huecos y dicen que vio su pasado, su presente y su futuro, todo al mismo tiempo, bajó pálido, se persignó y decidió cambiar de vida, ahora vende gelatinas.
La cosa es seria, pero también es una burla, porque mientras uno ve al chofer esquivando hueco tras hueco, en sus oficinas con aire acondicionado, los señores que deberían arreglar esto están haciendo quién sabe qué, tal vez estudiando la teoría del hueco infinito, porque esto ya parece experimento científico: cada año crecen más.
Uno quisiera pensar que están trabajando, que hay un plan, una estrategia, aunque sea una ilusión bien armada, pero nada, la carretera sigue igualita, como si el tiempo no pasara, como si los impuestos fueran cuentos de hadas y su mantenimiento un mito urbano.
Y claro, uno escucha discursos bonitos, bien peinados, con palabras elegantes. Que «mejoramiento de infraestructura», que «compromiso con el desarrollo», que «próxima inversión», Me imagino que esa «próxima inversión» debe venir caminando desde Lima, porque nunca llega.
Mientras tanto, el pueblo se las ingenia, Los choferes ya conoce los huecos y le han puesto hasta nombre hay uno que le dicen el “rompe-ejes”, al otro le dicen el “tragallantas”, no discrimina llanta nueva, vieja, parchada, todo se lo come con el mismo apetito municipal y al más grande le dicen el “huérfano”, le dicen así porque el que cae ahí ya no sale igual, sale sin suspensión, sin fe en las autoridades y, a veces, sin ganas de volver a viajar.
Hay quienes dicen que esos huecos deberían ser considerados patrimonio cultural, total, llevan años ahí, más firmes que cualquier autoridad, si los pintamos bonito, capaz hasta turismo logramos.
Y no falta el optimista que dice: «Pero algo están haciendo» Sí, pues, están haciendo que uno aprenda mecánica a la fuerza, medicina cacera para curar los riñones. Lo peor es que uno ya se acostumbra y ese es el verdadero peligro. Nos reímos, hacemos chistes, contamos anécdotas, pero en el fondo sabemos que esto no debería ser normal, no debería ser un deporte de riesgo viajar por una carretera que se supone conecta pueblos, familias, vidas, porque aquí no solo se maltratan los carros, también se maltrata la salud, la paciencia, el tiempo, la dignidad.
Y mientras tanto, el silencio oficial es más grande que los cráteres de Yanag. Un silencio cómodo, bien sentado, sin apuro, como si el problema no existiera o, peor, como si fuera parte del paisaje. Pero el pueblo no es cojudo, se da cuenta, se ríe sí, pero esa risa ya viene con filo, porque cuando la burla crece, también crece la memoria.
Así que, la próxima vez que viajes hacia Ambo o a visitarme y tienes carro, no olvides llevar lo básico: llanta de repuesto, paciencia infinita y sentido del humor, porque en esta carretera, si no te ríes, te vuelves loco. Y eso sí, maneja con cuidado, no por los carros, sino por los huecos que son los verdaderos dueños de la vía.
Las Pampas, 30 de abril del 2026










Comentarios
Comparte tu opinión de manera respetuosa.
Inicia sesión para dejar un comentario.