Entre tantas cosas que me han pasado en esta vida, una de las mejores fue cruzarme en el camino con Lucho Mozombite y Andrés Jara, de eso ya van más de veinte años de pura y dura amistad. Los dos fueron mis profes en la universidad, pero sobre todo mis maestros en las cantinas, en los libros y en la calle. Tanto han influenciado en mi cabeza que a veces no sé cuál de los dos habla por mi boca: según el día, hay ratos en que me amozombito con alguna maña o soltura, y otros en que me jaramaylleo a pura terquedad poética.
Hubo un tiempo en que éramos una fiera, cuando la juventud nos pesaba en el pecho y las noches de Huánuco no tenían hora de cierre, nos creíamos los reyes del barrio, parecíamos tres actores de película vieja: teníamos la parada dura y la mirada confiada de un Clint Eastwood, (personaje de la película El bueno el malo y el feo) y la maña indomable de un Al Pacino. Nos comíamos el mundo a bocados grandes, bajándonos las chelas heladas una tras otra en cualquier rincón o bar de esta ciudad, mientras arreglábamos el país, la literatura y los problemas sociales hasta que el sol nos agarraba con la cabeza caliente, la risa floja y los bolsillos limpios.
Hoy la mesa es otra, las botellas verdes y frías pasaron a la historia y ahora nos conformamos con tres tazas de café que nos calientan la tarde y ya ni nos sentamos en las bancas de la Plaza de Armas; no por vanidad, sino por evitar a los mal hablados de esta ciudad, porque la gente tiene la lengua bien afilada y no va a faltar algún desocupado que nos mire sentados en la madera de una de la bancas y diga entre risas que parecemos un grifo: uno de 90, otro de 85 y el último de 80 octanos, listos para marcar la reserva de algún tanque de carro.
Nos miramos a la cara entre sorbo y sorbo de café, y la verdad es que el tiempo nos ha pegado sin asco, Lucho está con la cabeza sogo, completamente blanca como si le hubiera caído encima la nieve; Andrés anda medio sepla, acusando a un pozo donde se quedó algunos de sus cabellos; y yo, para no desentonar en la foto del recuerdo, ando más calvo que una rodilla. Los rostros que antes se comían la noche hoy tienen grabadas, arruga por arruga, todas las batallas que ganamos, las derrotas que nos tocó aguantar callados e historias de conversaciones interminables.
Por suerte la vejez todavía no nos duele en los huesos, pero las marcas de los años ya están puestas sobre la mesa. A Lucho se le ha ido ese apetito feroz de antes y ahora come como pajarito, picando apenas el plato entre charla y charla. Andrés, en cambio, se resiste a jubilarse de la bohemia: de vez en cuando se clava sus cervezas y se mata de la risa jurando que ya no tiene rival que le aguante el ritmo en el vaso y yo... bueno, yo ando resucitando de un infarto que me agarró del cuello hace apenas unos meses, mirándole la cara a la parca para terminar diciéndole que todavía me quedaban unas cuantas tazas de café por tomarme con mis hermanos.
Y es que, con la comida a medias de Lucho, la terquedad cervecera de Andrés y mi corazón remendado, nos hemos vuelto unos expertos en ganarle tiempo al tiempo. Por eso, en esa lentitud para echarle la cucharadita de azúcar al café, en el chiste repetido por centésima vez y en molestarnos mutuamente con humor, hay una lealtad verdadera que no se compra en ninguna parte ni se aprende en los libros.
Nos une el recuerdo de las lecturas compartidas, de las borracheras memorables que terminaban al amanecer, de las comilonas cuando el bolsillo andaba flaco, pero en la mesa sobraba en cariño y franqueza. Lucho se ríe despacio con esa bondad intacta, Andrés saca un chiste o una historia que esconde un corazón enorme, y a mí me da un nudo apretado en la garganta al darme cuenta de que no hay mayor suerte en esta vida que envejecer al lado de los amigos que te enseñaron a pensar, a sentir y a mantenerte firme.
La tarde se apaga despacio sobre Huánuco y el café se nos va enfriando entre los dedos, igual que nuestras vidas, y eso es la verdad y no hay por qué ocultarla; pero mientras nos alcance el aliento para sostener la taza, mientras haya historias por desempolvar y un recuerdo viejo rondando la mesa, los tres hermanos vamos a seguir juntos, mirándonos a los ojos sin necesidad de hablar, apretando los puños contra la sombra, burlándonos de las canas y desafiando a la vejez con la frente en alto; dándole las gracias únicamente a la vida, a la suerte y a la calle por el milagro pagano y rebelde de seguir vivos, juntos y de pie, para seguir contándolo.
Las Pampas, 08 de octubre del 2026








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