En Las Pampas el café no es solo café, es pretexto, es remedio, es abrazo caliente cuando la vida te mete un sopapo y si hay un café con fama de levantar muertos, o por lo menos ánimos caídos, es el de doña Julia. Ese café no es para señoritos delicados ni para los que soplan la taza veinte minutos, no; ese café es bravo, negrito, con carácter de esos que te meten una cachetada cariñosa y te dicen: ya pues, sigue viviendo . Ese café nace en una casa, de esas donde el viento entra con confianza y las gallinas a veces cruzan el patio como dueñas del mundo, casa de familia, casa de puertas nobles, casa donde uno llega porque es amigo o conocido. Muchos conocimos ese café cuando todavía éramos muchachos con sotana prestada y dudas grandes, tiempos de seminaristas, cuando la fe andaba en formación y el estómago siempre tenía hambre. Ahí entraba en escena Javier, el hijo, amigo de travesuras, de conversaciones largas y de esos silencios donde uno cree que está encontrando su camino. Gracias a él conocimos la cocina de su casa, que era como entrar a otro ritmo de vida. La cosa empieza tempranito, cuando el cielo recién está aclarando y los gallos recién están afinando sus gargantas para cantar, en la cocina de doña Julia ya hay candela prendida, la leña suena crac-crac , como huesitos viejos contando historias. Ahí está ella, con su falda sencilla, su chalina al hombro y esa mirada de mujer que ha visto pasar sequías, fiestas patronales, entierros sentidos y carnavales con talco hasta en el alma. Doña Julia no mide con cucharita, ella mide al tanteo, al cálculo del corazón. Echa el café como quien siembra esperanza, dice que el agua avisa cuándo está lista, que solo hay que saber escucharla y nadie le discute, porque siempre le sale igualito: fuerte, aromoso, despertador de recuerdos dormidos. Ese olor se escapa por la cocina, cruza el patio y se mezcla con el aire frío de la mañana. Más de uno ha dicho: Ese cafecito de doña Julia te acomoda hasta el pensamiento. Y al costado está don Fernando, callado, pero firme como eucalipto antiguo. Hombre de esos que no conversan mucho, pero cuando te miran sientes respeto, mientras ella cuida la olla, él está con la masa. Amasa despacio, sin apuro, como si el tiempo no lo correteara. Sus panes salen doraditos, redondos, con esa rayita arriba que parece sonrisa tímida, pan con olor a horno, a infancia, a casa de abuela, a regreso. Dicen que de joven miraba a su madre hacer pan por horas, tal vez por eso sus manos tienen memoria, porque sus panes llenan algo más que el estómago. La casa de ellos nunca fue negocio, nunca hubo precio ni apuro. Si llegabas, te sentabas, si había café, se compartía, si había pan, se partía; así nomás. Por esa mesa han pasado pampinos de corazón, amigos de Javier, seminaristas medio confundidos, gente con dudas grandes y corazones inquietos. Algunos hablaban de Dios, otros de amores, otros de la vida que no siempre sale como uno quiere, nadie decía “vengo a desahogarme”, solo llegaban. Y en esa casa el silencio no incomoda, se queda flotando como humo de café caliente.Don Fernando tiene su don: leer rostros, si te ve pensativo, ya te acerca otro pan, si nota tu taza vacía, la llena sin preguntar y si te siente callado, te deja pues; no es curioso, es respetuoso, ayuda sin hacer bulla. Doña Julia, en cambio, guarda memoria: «Tú tomas con dos cucharitas, ¿no?, a ti te gusta cargadito; hijito, hoy estás serio», eran siempre sus palabras. Ahí no hay sermones largos, y eso que varios llegábamos con formación religiosa, pero curiosamente, en esa cocina se aprendía más de humanidad que en varios libros, porque nadie te decía cómo vivir, era como si el café bajara hasta las penas y les hablara bonito. Muchos regresábamos por eso, porque a veces uno no necesita respuestas, solo un lugar donde sentarse y sentir que el mundo puede ir más despacio. Decía mi madre que antes las curaciones empezaban en la cocina, cerca al fuego; viendo a doña Julia y don Fernando, uno lo cree. Esa cocina ha visto reconciliaciones, risas de juventud, dudas de vocación y hasta lágrimas disimuladas con sorbo largo. En Las Pampas, cuando alguien dice: «Vamos donde doña Julia y don Fernando» no habla de visita cualquiera; habla de ir donde el alma se aquieta un rato. Ahí uno entiende que hay casas que no solo son paredes, sino que son hogar para el que llega y la de ellos es puro cariño servido en pocillo. Por eso cuando la visitábamos uno se quedaba conversando zonceras, mirando el humo del café, partiendo pan despacio, como queriendo estirar la calma, por esa razón tal vezese café sabe distinto. Hoy tomando un café en el silencio de mi casa los recuerdo, los imagino sentados los dos escuchando a Lucho, su hijo y tal vez pensando, por qué no le visitamos Las Pampas, 05 de marzo del 2026