El sábado pasado, en Las Pampas, vi una de esas cosas que uno no sabe cómo contar sin que se le haga un nudo en la garganta. Don Fernando Meza cumplía ¡Cien años! y allí estaba el hombre, caminando, con sus años a cuestas, mientras a su lado estaba doña Julita, su compañera de toda la vida.
Yo lo miraba caminar y no sé qué me pasaba, me daba alegría, claro que sí, pero también una pena de esas que no son exactamente pena, es algo que se te mete por dentro cuando piensas en el tiempo, en los años que se van y en todo lo que uno quisiera preguntarle a un viejo que ha vivido tanto. Porque uno ve a un hombre de cien años y lo primero que piensa es en su edad, pero después, se pone a imaginar ¿Cuántas veces habrá caminado por esos mismos caminos de Las Pampas cuando era joven? ¿Cuántas veces habrá regresado cansado a su casa? ¿Cuántas preocupaciones se habrá guardado para él solito, sin contarle a nadie? vaya uno a saber cuántas cosas habrá vivido don Fernando en esos cien años y quién sabe cuántas veces habrá tenido que hacerse el fuerte, aunque por dentro las cosas estuvieran jodidas, así es la vida, pues; uno va caminando, trabajando, criando a los hijos, viendo cómo crecen, cómo se van haciendo hombres, y cuando menos piensa, ya tiene cien años y son los hijos los que están pendientes de uno.
Ese sábado estaban Javier, Luis y Gustavo, sus hijos, allí, alrededor del padre, celebrando sus cien años y yo los miraba y pensaba en lo que debe sentir un hijo cuando ve llegar a su viejo hasta esa edad, porque uno puede tener cincuenta, sesenta o setenta años, puede tener sus propios hijos y sus propios problemas, pero delante de su padre siempre queda algo de aquel muchacho que alguna vez necesitó de su mano.
Y estaba doña Julita, ¡Ah, doña Julita! Qué cosa más linda verlos juntos, no sé cuántos años llevarán compartiendo la vida, pero seguramente han pasado por todo, por esos tiempos en que el dinero no alcanzaba, por las preocupaciones de la casa, por las enfermedades, por las alegrías de los hijos y por tantas cosas que solamente conocen dos personas que han envejecido juntas.
Verla a su lado, acompañándolo, fue para mí lo más bonito de la fiesta, porque una cosa es cumplir cien años y otra muy distinta es llegar a esa edad y tener todavía a tu compañera cerquita, tener a esa mujer que conoce tus costumbres, que sabe cómo te gusta el café, que seguramente te ha visto renegando, riendo, enfermándote y levantándote otra vez.
A veces pienso que el amor debe ser justamente eso, no las palabras bonitas que se dicen cuando uno es joven, sino seguir allí, al lado del otro, cuando el tiempo ya te ha cambiado la cara y los pasos se vuelven más lentos.
Mientras tanto, Las Pampas estaba de fiesta, había banda, alegría y los nietos bailaban los Negritos, ¡Qué bonito se veía aquello! La música, la familia reunida, la gente saludándose, los muchachos bailando para su abuelo, uno miraba la escena y sentía que allí estaba reunida buena parte de la historia de una familia.
Y seguramente don Fernando, al ver a sus hijos, a sus nueras y a sus nietos, habrá recordado sus propios años mozos, porque los viejos también fueron jóvenes, aunque a veces nosotros nos olvidemos de eso, también bailaron, se enamoraron, hicieron sus planes y creyeron que tenían la vida entera por delante, hasta que un día los hijos crecieron, llegaron los nietos y los años comenzaron a pasar más rápido.
Yo no sé qué habrá pensado aquel hombre mientras escuchaba la banda y veía bailar a sus nietos, pero me habría gustado sentarme un ratito a su lado, agarrarle la mano y preguntarle por su vida, que me contara cómo era Las Pampas cuando él era muchacho, quiénes eran sus amigos, de qué se enamoró, qué cosas le hicieron renegar y cuáles le dieron las mayores alegrías, me habría quedado escuchándolo toda la tarde, porque cien años no cuadran en una fiesta, ni en todas las palabras que uno pueda escribir, cien años son una vida entera y detrás de esa vida hay gente que ya no está, caminos que han desaparecido, casas que cambiaron y recuerdos que quizá solamente él conserva.
Por eso, cuando lo vi caminar y luego sentado junto a doña Julita me alegré tanto verlos allí, juntos, todavía compartiendo un día que seguramente sus hijos y sus nietos guardarán para siempre y me fui pensando en algo que a veces olvidamos por andar apurados con nuestras propias cosas: qué bonito sería que nuestros viejos vivieran para siempre, pero no se puede, pues, la vida no funciona así. Por eso hay que abrazarlos mientras están, visitarlos mientras nos reconocen, escucharlos, aunque repitan la misma historia, sin mirar el reloj y caminar a su lado cuando sus piernas ya no respondan como antes, porque después, cuando ya no estén, uno daría cualquier cosa por volver a tenerlos un ratito al lado.
El sábado, en Las Pampas, don Fernando cumplió cien años y yo tuve la suerte de verlo junto a doña Julita, rodeado de sus hijos, sus nietos, la música y el cariño de su gente, ¡Cien años! y todavía caminando, qué más se le puede pedir a la vida.
Las Pampas, 01 de octubre del 2026









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